¿Plebiscito sin resolución?

¿Plebiscito sin resolución?

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Faltando un mes para el plebiscito, las alternativas del Apruebo (A) y el Rechazo (R) aún no terminan por construirse. Ambas buscan apartarse de su núcleo más intransigente y mostrar un perfil moderado. Una desea olvidar su denominación de origen (la Convención, el espíritu octubrista, el imaginario refundacional); la otra, su continuidad con el rechazo de entrada (el inmovilismo, la reacción retardataria, el autoritarismo nostálgico).

Efectivamente, A y R son conscientes de sus propias limitaciones. Para ser favorecidas por el público ciudadano necesitan corregir y mejorar su postura. La consigna compartida entre ambas es pues: ganar para cambiar, corregir y templar. De este modo, en vez de aparecer una alternativa tajante (¡que en cierto sentido lo es!), se exhiben dos opciones que ocupan el medio entre los extremos, queriendo evitar excesos.

En esta fuga hacia el centro, ¿cuál es el punto ciego de cada opción?

El A lucha por liberarse de la gestación del texto, pero sin poder eludir su inspiración más profunda; su carácter refundacional y su ambición de desencadenar un sinnúmero de macrotransformaciones que, de implementarse, llevarían seguramente a una situación de megacrisis. Se ofrece pues revisar, podar, modular, mejorar. Esto provoca inmediatas contradicciones al interior de la coalición gubernamental, arriesgando con debilitar aún más la gobernabilidad. He ahí el punto ciego del A.

También el R tiene límites inherentes. Busca espantar las sombras de ser meramente reaccionario o de proponer cambios de estilo gatopardista. Mas, no puede sortear el hecho de que su victoria significaría un forzado retorno al punto de partida. Esto obliga a comprometerse a nuevos acuerdos constitucionales, reformas incrementales y medidas para su concreción. Tal es el punto ciego de la opción R, que desataría un cambio de marea, pero sin asegurar mayor gobernabilidad.

El Presidente Boric debió prever este cuadro —el de dos opciones que para ganar deben comprometerse a proseguir el proceso constitucional después del 4-S— y desde ya asumir su conducción. Bastaba para eso con orientar su discurso y las acciones del Gobierno hacia la construcción de los acuerdos institucionales que serán imprescindibles a partir del día siguiente al plebiscito de salida.

El Presidente estaba en condiciones de reclamar para sí el liderazgo de una tan compleja construcción y de ofrecerla a un país dividido por los temores y las desconfianzas mutuas. Eligió otro camino, sin embargo: presidir él la opción del A, reduciendo así su liderazgo a la mitad. E incluso al interior de esta corre el riesgo —por las continuas oscilaciones de su discurso— de confundir a sus seguidores y debilitar el carisma de su conducción. Nada de esto contribuye a la causa de la gobernabilidad. (El Mercurio)

José Joaquín Brunner