La veracidad de una paloma

La veracidad de una paloma

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por la noche TVN transmitirá una entrevista a la expresidenta Bachelet. El momento no pudo ser más afortunado (aunque no para ella, sino para el periodista que la interroga y la televisora que transmite), puesto que la conversación se produjo justo cuando se vincula su elección al caso OAS. La campaña de la expresidenta, declaró Pinheiro haciendo uso de la delación compensada, habría recibido 101,6 millones de pesos ilegales.

De ser cierto, no es mucho desde el punto de vista económico (apenas 150 mil dólares en un mar de millones); tampoco desde el punto de vista penal (puesto que la prescripción por financiamiento ilegal es muy breve).

Pero es una bomba desde el punto de vista político.

Interrogada por el caso, se ve a la presidenta Bachelet con el ceño fruncido, levemente contrariada, declarando enfática ante el periodista, una, dos, tres veces, que ella —subrayó la primera persona— no había tenido vínculo alguno con OAS.

Quizá lo más significativo de la entrevista es eso: el cuidado que la expresidenta pone en decir que ella —empleó cuidadosamente la primera persona— no poseyó relación alguna con OAS.

Se trata de un acento significativo porque, como es obvio, la acusación que se ha vertido no la vincula a ella como individuo con OAS, sino a su campaña. Un psicoanalista mal pensado recordaría “La negación” de Freud (“Me pregunta usted —dice el paciente— quién puede ser esa persona de mi sueño. ¡Mi madre, desde luego, no! Eso prueba —dice Freud— que se trata seguramente de la madre”).

Pero no. Es mejor abandonar el psicoanálisis.

Lo que Pinheiro habría dicho es que OAS habría entregado dinero a la campaña de Bachelet a través de la empresa que administraba los fondos electorales. Así entonces es perfectamente posible que la expresidenta diga la verdad (que ella no tuvo vínculo alguno con OAS) y que tampoco sabía de ese financiamiento (hasta que esta semana la prensa informó la versión); pero que así y todo esa financiación ilegal haya ocurrido.

De ser así —que el vínculo entre la campaña y OAS haya existido; pero que la expresidenta no haya tenido noticia— se desnudaría una de las características del liderazgo de Bachelet.

Hacer política sin saber exactamente qué era lo que hacía.

El poder, según la famosa definición de Max Weber, es ni más ni menos que la capacidad de imponer la propia voluntad a otro. Hay, pues, en el político, en todo político, al margen de la ideología que lo anime o los propósitos que persiga, la aspiración, que a veces se posterga o se demora, pero que está siempre presente, de que sea su voluntad y no la de otro la que tenga la última palabra a la hora de configurar el mundo que la ciudadanía tiene en común. Por eso, y aunque los políticos no suelan reconocerlo, tienen a veces que pactar con el diablo.

La política es un credo de reforma social; una idea acerca de cómo manejar el Estado; un cierto ideal moral; el empeño, como se dijo, durante el gobierno de Bachelet, de mover la línea donde empieza lo imposible. Pero todos esos son los pisos superiores del edificio que se llama política.

Su arquitectura completa incluye la oscuridad del sótano.

Quien no comprende esto, dijo Max Weber, es un “niño políticamente hablando”.

La presidenta Bachelet suele mostrarse renuente a ver esos rasgos que la literatura, casi unánimemente, encuentra en la política y que ella, sin ninguna duda, debe también poseer, aunque, sin ninguna duda, modificados por sus rasgos idiosincrásicos. Y eso es lo que salta a la vista en esa entrevista que se verá hoy: una política, una de las más exitosas de la historia de América Latina, asomándose al quehacer al que ha dedicado su vida con la ingenuidad gestual y verbal de un principiante. La presidenta Bachelet manifiesta que le interesa más el proyecto de sociedad que el poder, la causa más que el cargo, el diálogo más que la imposición. Pero es obvio que no radica allí la clave del extraordinario éxito que ella ha obtenido en política. Nadie triunfa en política, se lee una y otra vez en los textos dedicados al quehacer del político, rezando padrenuestros.

Así entonces, quizá el secreto de la expresidenta consista en ejercitar todas las características que, según se sabe, posee la política, solo que sin dejarlas ver. De ser así, la Presidenta Bachelet sería una política sencillamente de excepción, puesto que habría logrado la síntesis que, para el político, aconseja Kant en su famoso escrito para la paz perpetua. El político, dice allí Kant, debe ser astuto como serpiente y a la vez tener la veracidad de una paloma. (El Mercurio)

Carlos Peña

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