Estabilizar, avanzar y transformar

Estabilizar, avanzar y transformar

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Entregaremos un país más estable, con una mejor situación económica y social que la recibida, y aunque esa afirmación moleste a quienes necesitan hablar de crisis para justificar su relato catastrofista, los hechos no mienten. Chile hoy está en mejores condiciones que hace cuatro años.

Los gobiernos no siempre inician su mandato con un país ordenado y estable. A veces lo hacen en medio de incertidumbre, desconfianza y un descontento acumulado. Ese fue nuestro punto de partida: después del estallido social y aún en pandemia, con la vida cotidiana alterada, la economía duramente golpeada y el crimen organizado avanzando sigilosamente. A ello se sumó un escenario internacional convulso, marcado por la guerra en Ucrania y una creciente disputa entre potencias. Las consecuencias fueron concretas: inflación al alza, migración descontrolada y un escenario de inseguridad más violento que el conocido hasta entonces. Frente a ese panorama, la primera tarea fue clara: estabilizar el país y devolver certezas.

Ese trabajo permitió ordenar la casa. Logramos bajar una inflación que llegaba al 14% y que golpeaba el bolsillo de las personas, sacamos la economía del estancamiento y volvimos a hacerla crecer, al mismo tiempo que ordenamos la billetera fiscal con el menor crecimiento de la deuda en más de 10 años.

Reforzamos fronteras que estaban abandonadas, reduciendo significativamente los ingresos irregulares, y recuperamos presencia y fortaleza del Estado en territorios donde por años había estado ausente y débil. También enfrentamos las consecuencias sociales de la pandemia: disminuimos los tiempos de espera en salud, logramos que niños y niñas volvieran a las aulas y recuperaran capacidades de aprendizaje. Todo esto ocurrió en un contexto político complejo, con dos procesos constitucionales fallidos, con una parte de la oposición instalada en el “no” permanente y otra que, cuando optó por el diálogo y los acuerdos, fue descalificada y tratada como “derecha cobarde” por quienes se negaron a cualquier entendimiento. Aun así, pusimos por delante el interés del país y avanzamos.

Porque gobernar no es solo evitar que las cosas empeoren, sino lograr que la vida de las personas mejore de manera concreta. Con buena gestión y confianza en lo público, logramos que ningún niño ni niña muriera por virus sincicial por dos años consecutivos; construimos más de 230 mil viviendas de alto estándar, hechas para la vida en comunidad, además de infraestructura pública a lo largo de Chile; recuperamos más de $3 billones en pensiones de alimentos con la Ley Papito Corazón; avanzamos en centros de salud mental y en la recuperación de la educación parvularia, con niveles de asistencia que no se veían hace cinco años.

Gobernar se trata también de transformar reglas que por décadas reprodujeron abusos e injusticias. Sin voluntarismo y conscientes de no contar con mayoría parlamentaria, optamos por el diálogo tripartito para empujar cambios estructurales. Transformamos el trabajo con la reducción de la jornada laboral y el aumento histórico del salario mínimo; avanzamos en una reforma de pensiones que permitió subir jubilaciones a millones de personas y crear un seguro social previsional; dimos pasos decisivos en la redistribución de la riqueza con el royalty minero y la nueva ley de fraccionamiento pesquero; y fortalecimos el derecho a la salud con el Copago Cero.

Podrán decir que no fue suficiente, o que la velocidad de los cambios fue distinta a la esperada, pero resulta demasiado simplista, o abiertamente oportunista, afirmar que este fue un gobierno desconectado de las necesidades de la ciudadanía o carente de transformaciones.

Durante estos cuatro años, el foco estuvo precisamente en lo esencial de la vida cotidiana: seguridad, ingresos, trabajo, salud, vivienda y transporte, con una mirada universalista y con resultados concretos a la vista. No fue retórica, fue acción.

En definitiva, gobernar significó mucho más que administrar lo posible. Fue hacernos cargo de un país herido, un país roto: estabilizar cuando todo temblaba; avanzando aun cuando el camino era cuesta arriba; y transformando con la mente puesta siempre en quienes más lo necesitan, con justicia y sentido de realidad. Sin lugar a dudas queda mucho por avanzar, pero vendrán nuevas batallas en esta lucha constante por hacer más próspera la vida en nuestra patria.

Camila Vallejo Dowling
Ministra de la Secretaría General de Gobierno