La operación militar que extrajo a Nicolás Maduro de su búnker ubicado en el subterráneo del Fuerte Tiuna duró 140 minutos, según se ha sabido. Las labores de inteligencia, imprescindibles para su éxito, habían empezado algunos meses antes.
La maniobra comprendió un gigantesco despliegue de recursos humanos y financieros, aunque principalmente tecnológicos. Es muy posible que el Presidente Trump tenga razón cuando sostiene que no hay otro país en el planeta capaz de ejecutar algo semejante.
Todo esto ha desatado una vorágine de análisis y aproximaciones en el ámbito de lo político con disquisiciones diversas: sobre el carácter la operación, el devenir del país, lo negativo que sería una transición tutelada, o si es prudente o imprudente de incluir a la protagonista A o B, y así un largo etcétera de temas más bien periféricos. En este sentido, llama la atención el silencio sobre dos facetas claves y con importantes canales de conexión. Por un lado, el impacto en Cuba y, por otro, el significado genérico de la superioridad tecnológica como factor nuevo y definitivo de las relaciones internacionales.
Aquellos dos elementos intersectan en el destino que tuvieron los 32 soldados de élite cubanos muertos en el búnker y pertenecientes a la seguridad de Maduro. Resulta muy revelador de la naturaleza del régimen venezolano que su máximo exponente haya confiado su guardia personal a cuerpos de élite de otro país.
Pero no sólo eso. La dirección cubana -siempre tan sagaz para muchas cosas- debe haber entendido que, con este episodio, quedó herida de muerte. El propio secretario de Estado lo dijo: “si yo fuera un funcionario cubano estaría preocupado”. Trump fue más claro aún: “caerán en breve”.
Hay un dato objetivo. El régimen de los Castro vive una crisis social y económica, especialmente energética, con carácter terminal. Una revolución exhausta y un país favelizado a niveles tan espeluznantes han confluido para generar una inestabilidad gravísima. Es como en el juego del jenga. “Resolución Absoluta” ha sacado una pieza clave, esa que provocará el derrumbe total.
Lo más interesante de todo esto es que el fracaso de la guardia cubana ocurrió no por falta de entusiasmo revolucionario o por incompetencia en el plano militar. No. Lo ocurrido revela que su concepción de la seguridad demostró estar obsoleta.
El enfrentamiento en el búnker indica que la tecnología es la variable ineludible hoy en día. Los datos disponibles son demoledores. Aquello era una mole de cemento, concebida y diseñada por especialistas cubanos, las cual, pese a haber sido construida a 40 metros de profundidad y con varios niveles para resistir un asedio prolongado, de nada sirvió.
Imágenes satelitales aparecidas en varios medios de prensa, en las semanas previas, indicaban la ubicación exacta de ese y de otros dos macizos de cemento construidos como refugios para Maduro. Además, revelaban cuanto ocurría en su interior. Prácticamente todo allí era detectable en tiempo real por los equipos norteamericanos.
Satélites y análisis geoespacial, dotados de capacidades térmicas para inferir cavidades y flujos de energía bajo la superficie, fueron fundamentales. Los sistemas electrónicos y cibernéticos anularon a los radares, descoordinaron y confundieron a las defensas aéreas, provocaron blackouts en los generadores de energía e interrumpieron las comunicaciones de mando. Todo ese arsenal sofisticado, más los drones de vigilancia y otros para ataques de precisión, establecieron una superioridad imposible de igualar. En medios especializados se había comentado tiempo atrás que Venezuela había adquirido en China unos “poderosos” radares capaces de ver artefactos furtivos (llamados anti-stealth). Nada de eso sirvió.
Las poderosas capacidades tecnológicas configuraron un cuadro imposible de abordar con sentido de equivalencia para la cúpula bolivarianista y sus asesores cubanos. Por eso, la extracción de Maduro era técnicamente inevitable y estaba supeditada sólo a la decisión política.
Todo esto sin dejar de lado la infaltable infiltración en filas enemigas; siempre crucial. Sabido es que si ésta se realiza con éxito, es imbatible. Así lo demuestran prácticamente todos los conflictos; desde la antigüedad.
Por lo tanto, lo ocurrido en esos 140 minutos, más lo que pueda ocurrir si se toma la decisión política de extraer a Díaz-Canel y/o Raúl Castro, confirman que el factor de la tecnología aplicada es clave en el nuevo ciclo que se abre en las relaciones internacionales.
Puesto de manera sintética. La soberanía nacional hay que conjugarla más que nunca antes en condicional (tema que está irrumpiendo con fuerza a propósito de Groenlandia); la legitimidad democrática parece estar supeditada a necesidades más prioritarias (claramente, lo energético); la estabilidad de cualquier cuadro dependerá de pactos absolutamente descarnados, donde el lenguaje y la liturgia multilateralistas -tan alambicados, como siempre- pierden sentido. Como se ha escrito, no es correcto pensar que “Resolución Absoluta” haya sido una anomalía. Más vale tomarlo como una prueba general. Son ya varios los focos en el mundo -Ucrania, Gaza, Yemen, Líbano- que sugieren comprender que lo de Venezuela como la inauguración de una etapa nueva.
En resumen, pocas dudas existen sobre las consecuencias definitivas que tiene esta operación para el régimen de los Castro. Su ya larga agonía llega a su fin y el silencio a la hora de abordar las consecuencias para Cuba de “Resolución Absoluta”, sólo se explican en sentimentalismos.
Dirigencia y admiradores del régimen lo presienten. Con el derrumbe del muro de Berlín en 1989, la otrora famosa revolución, quedó tambaleando al borde del precipicio. Ésta vez, salvo intervención divina, no hay escapatoria. Mientras la élite castrista prepara su adaptación a la nueva realidad (o buscando refugio en algún lugar del planeta), los admiradores sienten abatimiento por la cercanía geográfica y sentimental con el régimen. Hubo un monumental conjunto de connivencias, coqueteos, historias cercanas, recursos, nexos, amores, odios y desamores. ¿Cómo enviar todo aquello al desván de objetos olvidados sin al menos una lágrima?.
Las revoluciones de Castro y de Chávez/Maduro derivaron en regímenes siameses y la mole subterránea, construida por el régimen de los Castros para su fiel aliado en el palacio Miraflores, es un símbolo de vulnerabilidad y de atraso. En algunos años más será museo o punto de atracción turística. (El Líbero)
Iván Witker