El estadista-Iris Boeninger

El estadista-Iris Boeninger

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“El estadista piensa en la próxima generación; el político, en la próxima elección.” (James Freeman Clarke)

“Parece que le duró poco el traje de estadista”, señaló el ministro Elizalde tras las palabras de José Antonio Kast en Icare respecto al apresuramiento legislativo del Ejecutivo en sus últimos meses: el reajuste al sector público -la llamada ley de amarre-, el cierre del CAE, la creación del Fondo para la Educación Superior (FES). Añadió que “la condición de estadista debe ser permanente, no un traje que se usa según la conveniencia”.

Pero la vara con la que se mide ese supuesto traje es, al menos, curiosa. Como desarrolla Daniel Mansuy en su notable libro Los inocentes al poder, el actual oficialismo llegó a La Moneda no por la solidez de su propuesta, sino por las insuficiencias acumuladas del viejo orden, que abrieron el espacio para una opción que pareció novedosa y transformadora. Ese contexto les permitió capitalizar el malestar, pero no construir un camino alternativo ni un proyecto capaz de perdurar. Como muy bien expresa Mansuy: “Los inocentes no pueden -ni quieren- transformar el mundo, pues prefieren permanecer fieles a sí mismos, antes de darse el trabajo de pensar”. El legado, en rigor, no existe, salvo quizá el hecho -no menor- de que no hubo estallidos ni violencia masiva en las calles y se mantuvo la tradicional institucionalidad de Chile. Es de esperar que se manifiesten en contra de movilizaciones y cuiden la paz social desde el rol opositor que asumirán el próximo 11 de marzo.

Mansuy muestra que el problema no estuvo en la historia reciente del país, sino en la lectura deformada que el oficialismo hizo de ella, una interpretación que les permitió explicar su triunfo, pero no gobernar. El plebiscito del 4 de septiembre expuso esa fragilidad: tras el rechazo, el gobierno quedó -en palabras del autor- “a la deriva”, sin fuerza política, sin capacidad de persuadir y sin un horizonte que convocara a una mayoría. Hoy, casi el 60% de los chilenos no sólo no los respalda: se siente ajeno a un proyecto identitario que se alejó de los problemas reales de la gente. La frustración alcanzó también al Socialismo Democrático, que se sumó a esta aventura junto al Frente Amplio y al PC, quedando hoy sin unidad y sin rumbo claro. La DC también perdió su rumbo al apoyar a la candidata comunista. Ojalá la reflexión sobre los errores cometidos les permita reconstruir una oposición seria y constructiva, como la que cualquier democracia necesita para garantizar gobernabilidad.

Ese es el trasfondo que vuelve tan paradójicas las palabras de Elizalde: se exige a otros un “traje de estadista” del que el propio oficialismo jamás logró investirse.

Porque, en rigor, ¿qué es un estadista? No es un moralista ni un iluminado. No es quien se encierra en su identidad política o generacional para gobernar desde los afectos propios. Un estadista es quien comprende la dificultad del tiempo histórico, reconoce los límites y las posibilidades del país, y actúa con una mezcla de realismo, templanza y coraje. Es quien gobierna para todos, renuncia al sectarismo y entiende que la grandeza de un líder se mide por su capacidad de hacerse cargo y resolver los problemas que afectan a las personas. En Mirabeau o el político (1927), Ortega y Gasset distingue al verdadero hombre de Estado del político menor: el primero es magnánimo y creador; el segundo, un pusilánime sin misión, atrapado en el corto plazo y en su propio ego. La grandeza llega con sus miserias, como bien lo prueba Churchill, imperfecto, pero indiscutiblemente estadista. Hoy ocurre lo contrario: sobran autoridades pendientes de lo inmediato, gobernadas por temores y rencores que nublan su juicio y les hacen perder el temple ante la menor crítica.

Kast ha mostrado en sus primeras semanas como Presidente electo, otro espíritu, abierto al diálogo y a sumar a los mejores. Su decisión de reunirse con el actual Presidente, de convocar a los dos exmandatarios, de dialogar con el Congreso y con todas las instituciones del Estado, marcó un tono sereno, unitario y respetuoso. Sin estridencias, sin revanchismos, sin pequeñas batallas. Un gesto que Chile, agotado de la confrontación estéril, recibe como un alivio. Este estilo es precisamente el que los ciudadanos esperan del próximo gobierno, y todos los ciudadanos deben tenerlo claro.

Se genera un gran contraste con la reacción del oficialismo a 58 días del fin de su gobierno, que intenta amarrar funcionarios, presupuestos futuros, blindar proyectos identitarios y asegurar un legado que no construyó en cuatro años. Todo en un clima donde la crítica automática se ha vuelto hábito: basta que alguien hable para que surjan detractores que juzgan sin conocer, transformando la conversación pública en un ejercicio de descalificación inmediata.

Mientras tanto, Chile enfrenta uno de los escenarios más complejos en décadas: crimen organizado en expansión, desempleo en alza, fragilidad fiscal, retrocesos educativos y sanitarios, y una ciudadanía que pide soluciones reales, no consignas.

Kast asume ese escenario sabiendo que la oposición no será sencilla. El Partido Comunista ya anuncia movilizaciones y llamados a llenar las calles. La pregunta es si la ciudadanía responderá a esa convocatoria o si, por el contrario, preferirá respaldar a un Presidente que quiera trabajar con un equipo sólido y enfrentar, con realismo y firmeza, los problemas que se han acumulado durante años.

No todo podrá resolverse. Nadie sensato lo cree.

Pero sí es evidente que mucho debe cambiar, y con urgencia.

Por eso, más que discutir quién se pone o se quita el “traje de estadista”, conviene volver a lo esencial: Chile necesita liderazgo, templanza y claridad en medio de un mundo convulsionado. Y necesita que, esta vez, la esperanza no sea un gesto retórico, sino la responsabilidad de quienes decidieron hacerse cargo del país real, no del imaginado. (El Líbero)

Iris Boeninger