Cuando una democracia muere en silencio

Cuando una democracia muere en silencio

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A Venezuela nunca se le tomó como un ejemplo de democracia. Jamás fue un cantón suizo. Pese a ello, el colapso del experimento bolivariano, tras poco más de treinta años de existencia, plantea una gran duda de corte vargasllosista¿Cuándo se jodió Venezuela? 

El aforismo, que se ha aplicado a múltiples países, es útil. Permite extraer algunas lecciones en función de algo bastante crucial. Todo proceso de descomposición es siempre gradual. Rara vez se logra dar con un evento único que condense toda la hecatombe. En América Latina, hay un aditamento. Estos procesos se asocian más a las personas; esas que los protagonizan. Ergo, en el experimento bolivariano se observa una buena cantidad de elementos idiosincráticos de la región. Sus trazos ideológicos se abrazan y funden con el populismo y con el caudillaje.

Mucho se ha tratado de dilucidar los comienzos de este drama. Algunas claves aparecen a fines de los 80, cuando sobre la democracia venezolana se abalanzó un problema mayor, relacionado con aquello que algunos sociólogos denominan circulación de élites. Por ese entonces, la democracia venezolana mostraba signos de escasa transparencia y bastante obsolescencia. La élite se había adosado, y por demasiadas décadas a dos partidos, AD y COPEI. En ambos había ciertos trazos de populismo. Por alguna razón, ni uno ni otro supieron reaccionar ante el descontento que se apreciaba en el país; algo que terminó capitalizando un oscuro coronel llamado Hugo Chávez.

Su falta de reacción fue tan abismante que se llegó incluso a minimizar el riesgo de la intentona golpista perpetrada por éste en 1993 en contra de Carlos Andrés Pérez. El sucesor de CAP, Rafael Caldera le otorgó el indulto. Chávez llevaba casi dos años en prisión.

Incomprensiblemente, la vieja clase política del país creyó todo cuanto éste pregonaba. Por ejemplo, que no había perpetrado un “golpe gorila”, como se le decía por aquellos años a las reacciones militares ante las avalanchas guerrilleras. Que, en el fondo, quería mejorar la democracia. Que su intentona golpista había sido un simple gesto de impulsividad; una aventura aislada. Junto a esta ingenuidad, los medios de comunicación se referían a él como un militar “progresista”.

Pasó un breve tiempo y nadie reparó en el significado que Fidel Castro lo recibiera con honores de jefe de Estado. Habían pasado dos años desde su liberación. Tampoco nadie mostró interés en que anduviese recorriendo el país promoviendo una Asamblea Constituyente. Hasta había sido monaguillo. Todo sería manejable, decían.

Se le tomó como un “rebelde demócrata”, dispuesto a participar en política con ideas “novedosas”, pero en ningún caso peligrosas. Además, el país era una verdadera joya, bendecido con tantas riquezas naturales (tan codiciadas en el extranjero) que nada grave podía ocurrir. Lo de Venezuela era una success story a cualquier evento. Así, hasta que Chávez ganó la elección en 2002.

A poco andar, creció la impresión de haberse cometido un error de apreciación del que costaría salir. Desorden financiero, impericia en el manejo del gobierno y re-orientaciones inusuales en materia de política externa despertaron alertas. Los más avispados tomaron decisiones rápidas. Abandonados por lo trágico -en el decir de Kundera- se fueron del país. Las élites ilustradas y sectores acomodados optaron por Miami, Panamá y España. Luego, salieron profesionales.

El paso siguiente fue dejar los asuntos de seguridad y defensa en La Habana, la que pasó a ser una capital paralela. Se hizo evidente una relación subordinada frente a Fidel Castro. Hubo préstamos sin interés y petróleo a raudales para los cubanos. Todos, sin excepciones, se compraron la vieja fábula del “bloqueo imperialista”. La moraleja era obvia. Venezuela democrática debía asistir a un “país hermano”.

Evidencias irrefutables apuntan a que Chávez envenenó procesos e instituciones de una democracia que medianamente funcionaba. Convirtió a su país en un verdadero laboratorio de cómo erosionar una democracia de manera silenciosa. Con él, la democracia se hundió casi sin hacer ruido. Una forma de erosión a la que mínima atención dedicaron Levitsky y Ziblatt, los grandes referentes teóricos de la descomposición democrática.

Y es lógico. Más allá de las disquisiciones abstractas, hay una cosa epidérmica; la cotidianeidad, lo práctico. Esa superficialidad con que se comenzó a manejar la idea de la democracia generó más ruido que cualquier divagación intelectual. En muy pocos años, Venezuela empezó a vivir en una mezcla de slogans revolucionarios, demagogia y verdaderas orgías de consumo. Algo raras veces visto.

La muerte de Chávez aceleró el tránsito hacia un cloud cuckoo land. La democracia se convirtió en un asunto de fachada. Paralelamente, la economía empezó a deteriorarse de manera persistente con la baja del precio del petróleo, con la pérdida de competitividad de la industria del crudo y con el ahogamiento de toda actividad económica privada.

La dependencia de La Habana pasó a ser lo central. Por eso, para asegurarse la continuidad del sistema, a la muerte de Chávez, se designó un sucesor aún más cercano a La Habana, Nicolás Maduro. Un tiranuelo folklórico, más anclado en la obsequiosidad con Cuba que en los mitos bolivarianos. Decía hablar con los pájaros.

Con él emergió un extraño modelo bi-estatal. Venezuela se convirtió en un buen ejemplo de lo que A. Finkielkraut denomina “historia hirsuta” (trayectorias tan desordenadas que al final no se sabe dónde ni cómo ni cuándo se toman las decisiones).

Maduro transformó en opereta un proyecto que ya a esas alturas era considerado en vastos sectores de la izquierda mundial como disparatado, pero que con Chávez guardaba cierto aroma ideológico. Maduro era un hombre rústico, ajeno a esas exquisiteces. Tenía predilección por jugar con fuego. Estableció turbios nexos con Irán e Hizbollah. Hizo de la economía una anarquía completa. Desató un despilfarro y pobreza agudos. Estimuló una estampida de más de ocho millones de personas fuera del país.

Fue una extraña forma de acabar con la pobreza extrema, pero Castro ya la había aplicado en Mariel. Y si esto fuese poco, llamaron la atención sus tenebrosas reacciones ante las acusaciones de que su régimen alberga a bandas de crimen organizado.

Con Maduro, el país dejó de tener amigos en la región y muy pocos en el mundo. Ni siquiera aliados circunstanciales. Salvo Cuba y Nicaragua. El primero por su dependencia existencial.

El episodio más angustiante para el “progresismo” fue el descaro con que tomó los procesos electorales y las negociaciones con esos países europeos que, si bien ya no encasillan a Maduro en su lista de los “buenos salvajes”, insisten en el sueño de abrir espacios para grupos opositores. Lo peor ocurrió en julio de 2024 con la grotesca manipulación de resultados de la reciente elección presidencial.

Hace pocos meses el régimen recibió un golpe simbólico. Fuertes vulnerabilidades dejó María Corina Machado al escapar atravesando férreos controles policiales y llegar a Oslo a recibir el Premio Nobel de la Paz.

En resumen, estos dos caudillos de vieja escuela, ideologizados a la fuerza por la presión de Castro, llevaron el país a la agonía. A expensas del civismo reconocido de Venezuela y de los derechos fundamentales de las personas, estos dos dictadorzuelos destrozaron su democracia. Nadie quiso advertir sus delirios mesiánicos y la clase política actuó con una ingenuidad que gangrenó la sociedad entera.

La caída de Maduro, ocurrida justo el día en que Noriega fue sacado del poder en Panamá 36 años atrás, deja lecciones adicionales. La salida de estos regímenes es extremadamente compleja. Dejan tras sí redes de paramilitares, vacíos de poder y economías ilícitas de donde se puede alimentar una agonía más larga que el entusiasmo inicial y el romanticismo que acompaña a la caída misma. En el largo plazo, el chavismo -asociado directamente a Chávez y no a Maduro- podría despertar nostalgias, que hagan más lento el restablecimiento de instituciones democráticas. La operación es, en definitiva, un llamado a la importancia de cuidar el sistema democrático. (El Líbero)

Iván Witker