En una entrevista publicada en El Mercurio el domingo último Fernando Atria hace ver “un problema que enfrenta el Frente Amplio”, esperando que el congreso ideológico que está en curso en ese partido sea una oportunidad para enfrentarlo. ¿Cuál sería el problema al que se refiere el entrevistado? Ni más ni menos que a su proyecto político, que en su opinión “no ha sido formulado”. Como dicen los abogados, a confesión de parte relevo de prueba.

Lo que según Atria sería fundamental en ese proyecto es “un compromiso incondicional” con la democracia, algo que en todo caso se encuentra claramente refrendado en su declaración de principios, que reza textualmente: “El Frente Amplio se declara profundamente DEMOCRÁTICO (sic). El Partido impulsa su proyecto político por la vía pacífica e institucional, comprometiéndose con el fortalecimiento de la democracia”.

En su paso por el gobierno ese compromiso incondicional ha pasado la prueba sin tacha. Se podrá reprochar al mandato de Boric de incompetente y de no pocas insuficiencias, pero no de haber incumplido las reglas de la democracia. Acató escrupulosamente el resultado de dos de las elecciones de mayor trascendencia en un régimen democrático: la presidencial, en la que se eligió al gobernante que lo sucederá en marzo próximo, y el plebiscito para aprobar o rechazar la propuesta de la Convención Constituyente. En ambos casos, la opción del electorado fue abiertamente contraria a la preferencia del gobierno y, sin embargo, éste respetó sin reservas el veredicto democrático.

En cambio, lo que brilla por su ausencia en la entrevista de Atria -y también en los principios del Frente Amplio- es de las cuestiones más trascendentales que atañe a la política: la forma como ocurre o se impulsa la creación de riqueza. Las opciones son, sorprendentemente, apenas dos. ¿Se la concibe como el resultado de una economía de mercado en la que las personas deciden libremente lo que producen, compran y venden o, al contrario, se la imagina como el producto de una economía centralizada en la que principal o exclusivamente el Estado toma esas decisiones? Si es la primera, porque la segunda no ha logrado crear riqueza en país alguno que se conozca, entonces habrá de concederse que la creación de riqueza tiene lugar por vía de la modernización capitalista. No hay otra.

Pero esto es justo a lo que el Frente Amplio se ha opuesto frontalmente -e insensatamente, todo hay que decirlo- desde que dio sus primeros pasos en la década pasada. El propio Presidente Boric, en pleno ejercicio de su cargo expresó en 2023 que una «parte de él» deseaba superar el capitalismo, sin explicar cómo se crearía la riqueza en ausencia de él y como, entonces, ocurriría el desarrollo y el progreso.

Es hora de que esta inexplicable indefinición de la nueva izquierda, que influye directamente en el crecimiento económico del país y que afecta sobre todo a los chilenos más vulnerables, sea resuelta de una vez. La necesidad de emprender un nuevo ciclo de crecimiento sostenido no debería enfrentar la resistencia de ningún sector político. De hecho, si algo caracterizó la última elección presidencial fue un marcado consenso de los candidatos en esta materia. Pero el anticapitalismo fundacional del Frente Amplio y su renuencia a reconocer el rol crítico que juega la modernización capitalista podría constituirse en un obstáculo político para avanzar aceleradamente en esa dirección. Harían bien sus líderes en reconocer de una buena vez las virtudes del crecimiento con equidad de los gobiernos concertacionistas que puso a Chile a la cabeza de las naciones más avanzadas en América Latina. Para ello quizá podrían considerar las sabias palabras del expresidente de Uruguay José Mujica que expresó en una entrevista de 2014 -también en El Mercurio- que “no se puede renunciar al crecimiento económico, porque nos da los medios para tener políticas sociales y atenuar las injusticias que solo el capitalismo no puede atenuar. Hay que sacarle algo al capitalismo, pero no tanto como para que no siga tirando, ¿verdad?”. (El Líbero)

Claudio Hohmann