La actual Constitución Política del Estado tiene 120 artículos permanentes y 40 transitorios, lo que da un total de 180 artículos.

Entre hoy y el 4 de julio, fecha límite para escribir la nueva Constitución, hay 180 días.

Supongamos que la nueva Carta Magna tendrá el mismo largo, aunque lo más probable es que sea mucho más larga, ya que tendrá que acomodar nuevos derechos y sistemas políticos.

Vale decir, si la Convención empieza a discutir el texto mañana mismo y, en promedio, dedica un día a analizar, negociar y aprobar cada artículo, apenas podrá terminar con su cometido a tiempo, el 4 de julio. Nótese que para lograr ese objetivo tendría que trabajar todos los días, sin descansos de sábado y domingo, ni semanas territoriales ni distracciones de ningún tipo.

La dificultad en lograr acuerdos para nombrar las autoridades del “segundo tiempo” sugieren que para llegar a buen puerto —lo que finalmente se logró— se requiere tiempo para conversación y diálogo. En realidad, se requiere mucho diálogo y mucho tiempo.

Ante esta realidad hay solo dos opciones, ninguna muy apetecible: o la Convención hace un trabajo a toda carrera, sin darse el tiempo para negociar y decantar las propuestas, o se logra un acuerdo para extender el plazo en a lo menos seis meses. Nótese que seis meses no es nada; si se trabajara todos los días, incluyendo sábados y domingos, habría dos días por artículo. Sería preferible aceptar la realidad —realidad que algunos anticipamos— y extender el plazo por un año.

Entre estas dos opciones, prefiero la segunda. Más vale retrasarse y hacer las cosas bien, que diseñar algo tan importante como la nueva Constitución a tontas y a locas. (El Mercurio Cartas)

Sebastián Edwards