La guerra en Ucrania está marcando una nueva etapa en el desarrollo de armamento autónomo, con drones dotados de inteligencia artificial capaces de identificar y seleccionar objetivos sin depender de manera permanente de un operador humano.

Un reciente ataque ocurrido en Zaporiyia, en el sureste de Ucrania, se convirtió en una señal de esta transformación. Un pequeño dron ruso intentó dirigirse contra una estación de servicio, impactó contra un muro y explotó, causando la muerte de tres personas.

De acuerdo con antecedentes recopilados por The New York Times entre especialistas, militares ucranianos y expertos forenses que analizaron los restos, el aparato habría utilizado un sistema experimental de inteligencia artificial para completar su ataque.

Los investigadores sostienen que operadores humanos habrían programado inicialmente al dron para dirigirse hacia una determinada estación de servicio. Una vez próximo al lugar, sin embargo, el sistema habría seleccionado por cuenta propia un objetivo específico, probablemente tanques de propano, utilizando capacidades de reconocimiento previamente entrenadas.

El análisis de los restos reveló la presencia de una minicomputadora comercializada por Nvidia. La existencia de este componente, junto con la ausencia de determinadas antenas empleadas para controlar remotamente estos dispositivos, llevó a especialistas ucranianos a concluir que el aparato disponía de un mecanismo autónomo de guiado.

Los sistemas de inteligencia artificial utilizados para estas funciones pueden ser entrenados mediante miles de imágenes para reconocer categorías de objetos, vehículos, infraestructura, características geográficas e incluso personas. Mediante sus cámaras, los drones comparan lo que observan con esos patrones para localizar objetivos.

Esta tecnología permite mantener la capacidad ofensiva incluso cuando las comunicaciones con los operadores son bloqueadas por sistemas de guerra electrónica. Al mismo tiempo, abre interrogantes sobre la posibilidad de que las máquinas cometan errores al identificar objetivos o sean incapaces de distinguir adecuadamente entre combatientes y civiles.

El exdirector de la CIA David Petraeus y el especialista Isaac Flanagan habían advertido en Foreign Affairs que la transición hacia la guerra autónoma ya estaba desarrollándose de manera progresiva, principalmente en Ucrania y, en menor medida, en Medio Oriente.

Según ambos especialistas, las condiciones del frente ucraniano han impulsado tanto a Kiev como a Moscú a experimentar con mayores niveles de autonomía. La presencia masiva de interferencias electrónicas y defensas antiaéreas dificulta mantener una conexión permanente entre los operadores y sus sistemas no tripulados.

Ucrania también ha avanzado en el empleo coordinado de estas tecnologías. En diciembre de 2024, la 13ª Brigada de la Guardia Nacional realizó cerca de Kharkiv una operación ofensiva inicial mediante sistemas no tripulados, utilizando vehículos terrestres controlados a distancia y diferentes tipos de drones.

Los equipos fueron empleados para instalar y retirar minas, atacar posiciones rusas, efectuar labores de vigilancia y proporcionar apoyo aéreo. La operación permitió posteriormente el avance de tropas ucranianas sin exponer soldados durante la primera fase del asalto.

Ese procedimiento, sin embargo, todavía dependía directamente de seres humanos. Los operadores observaban las imágenes transmitidas desde distintos lugares y coordinaban manualmente las acciones, sin que los sistemas intercambiaran información o adoptaran decisiones colectivas de manera autónoma.

El episodio de Zaporiyia representaría un avance diferente. Kateryna Bondar, investigadora del Centro de IA Wadhwani del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), señaló que podría tratarse del primer caso documentado de civiles muertos por un dron ruso equipado con este tipo de tecnología autónoma.

Funcionarios ucranianos indicaron que el módulo encontrado en el aparato no estaba cifrado, circunstancia que les permitió analizar información almacenada en el dispositivo. Entre los antecedentes habría imágenes del terreno utilizadas para mantener la trayectoria y código relacionado con las categorías de objetivos que el sistema había sido entrenado para reconocer.

El desarrollo tecnológico apunta además hacia sistemas que no operarían exclusivamente como unidades individuales. Petraeus y Flanagan anticipan la formación progresiva de agrupaciones de drones aéreos, terrestres y marítimos capaces de compartir información, responder a cambios en el entorno y coordinar determinadas acciones bajo instrucciones establecidas previamente.

En ese escenario, los comandantes humanos podrían definir la misión, sus límites y los objetivos autorizados, mientras los sistemas autónomos determinarían cómo ejecutar determinadas acciones cuando las comunicaciones estuvieran interrumpidas. Los operadores conservarían capacidades de supervisión, modificación o cancelación de las misiones mientras existiera conexión.

Actualmente, la mayoría de los millones de sistemas no tripulados utilizados en los conflictos continúa dependiendo del control remoto, mientras solo una proporción menor dispone de mecanismos de identificación y puntería asistidos por inteligencia artificial.

El comandante de la defensa aérea de Zaporiyia, coronel Serhiy Minaiev, advirtió que la creciente capacidad de las máquinas para adoptar decisiones relacionadas con ataques representa un desafío que excede al conflicto ucraniano.

La evolución supone además un cambio respecto de las primeras generaciones de drones militares, que dependían principalmente de enlaces de radio, conexiones mediante fibra óptica o coordenadas programadas previamente. La persecución de los operadores de drones y la expansión de los sistemas de interferencia electrónica están acelerando ahora el desarrollo de dispositivos capaces de continuar sus misiones con una intervención humana cada vez menor. (NP-ChatGPT-La Tercera-Agencias)