La pregunta sobre el mérito es de las más recurrentes en la historia de las ideas, y volver sobre ella, ahora que se le intenta reponer en la selección escolar, puede ser útil.
Intuitivamente el mérito supone la atribución de responsabilidad. Así, decimos que el delincuente merece la pena o que el buen estudiante el premio, y ello supone que cada uno —al delinquir el delincuente o aprender el estudiante— fue responsable del curso causal que lo llevó a ese resultado. Y concluimos entonces que, porque hicieron lo que hicieron, pudiendo haber hecho algo distinto, merecen la suerte que les tocó. En suma, cuando reprochamos o encomiamos las acciones que ejecutamos, suponemos que está en nuestras manos el control de lo que hacemos, de manera que lo que resulte de esas acciones debe sernos atribuido. Merecer algo, en suma, supone la previa capacidad de controlar aquello que hacemos o que nos pasa.
Y, sin embargo, basta detenerse en cualquier acción humana, encomiable o reprochable, para advertir que aquello que nos atribuimos recíprocamente no depende en realidad de nosotros y que hay multitud de circunstancias que se cruzan o se atraviesan o se interponen en nuestro camino, a las que debemos una parte de lo bueno o lo malo que nos ocurre.
Por ejemplo, premiamos al estudiante talentoso y reprobamos al lerdo, alentando y palmoteando al primero y reprochando o ignorando al segundo, a pesar de que sabemos que la inteligencia que el primero ejercitó, y de la que el segundo carece, son circunstancias que escapan al control de uno y de otro. A esa participación de circunstancias que no controlamos, se la llama en filosofía la “suerte moral”.
Así, al hablar de mérito estaríamos en medio de una paradoja, decimos que alguien merece premio o castigo porque hizo algo; pero sabemos que es imposible que él lo haya hecho del todo.
Ello conduce a dos ideas de mérito que en el debate suelen confundirse. Una fuerte, que llama mérito a todo lo que resta luego de descontar la suerte moral; otra débil, que llama mérito al logro en alguna dimensión que en principio está al alcance de todos, poniendo en paréntesis la suerte moral.
Algunos autores, John Rawls entre ellos, sugieren aislar las condiciones sociales y las características naturales a la hora de asignar recursos —como un cupo en una escuela apetecida— porque serían moralmente arbitrarias. De acuerdo con una tesis como esa, solo una vez que aisláramos todos los factores involuntarios, desde la familia a lo asignado en la lotería natural, el mérito podría resplandecer.
Pero como es obvio, si llevamos ese punto de vista al extremo, si fuéramos totalmente fieles al hecho de que el mérito supone contabilizar solo los actos atribuidos a la voluntad y ninguna otra circunstancia, el resultado predecible es que suprimiríamos nuestra condición de agentes puesto que en cada historia personal de éxito o de fracaso, de risas o de lágrimas, descubriríamos una porción muy relevante de circunstancias involuntarias como la cuna, la dotación genética o la suerte. En suma, ese punto de vista supone concebirnos como simples eslabones de una cadena causal y la observación de Sartre —no importa tanto lo que han hecho del individuo, lo que importa es lo que él hace con lo que han hecho de él— no tendría sentido.
Y es que una versión fuerte del mérito arriesga suprimir la condición de agentes de nuestros actos. Por eso parece más razonable discutir una idea de mérito identificando un factor que, en general, parezca estar al alcance de todos, descontando solo algunos factores flagrantes de suerte moral.
Como lo sugirió San Agustín, y también Habermas, nuestra trayectoria tiene una cierta ambigüedad, no es fácil identificar qué pertenece a nuestro esfuerzo y qué no. Así entonces es mejor aceptar que en cualquier trayectoria hay suerte moral y que intentar suprimirla toda, si fuera posible, sería un error puesto que lo que somos, nuestra historia personal y nuestra identidad está llena de ella, de cosas y de eventos que acaecieron sin nuestra participación.
En suma, si suscribiéramos la noción fuerte de mérito, si de veras creyéramos que la suerte moral determina nuestras vidas —que así como la trayectoria de la bala asesina pudo ser interrumpida por el vuelo de un pájaro, el éxito o el fracaso pudieron ser causados por la cuna—, entonces el lenguaje moral, premiar y castigar, encomiar o reprochar, aplaudir o lamentar, todas esas acciones que están a la base de prácticas sociales tan importantes como la educación o el derecho, perderían todo sentido, puesto que dejaríamos de pensarnos como agentes de nuestra vida y pasaríamos a concebirnos como “hojas movidas por el viento” para usar la imagen que emplea por vez primera Aristóteles al caracterizar lo que él llama “acciones involuntarias”. (El Mercurio)
Carlos Peña
