La vida enseña. Mi gozo por las matemáticas me llevó a estudiar y dedicar buena parte de mis días a enseñar bioestadística. Pero con el tiempo, aprendí que los datos son más difíciles de retener que las historias. Como decía una poetisa, creemos estar hechos de átomos, pero en verdad estamos hechos de historias, que son como cuentos significativos e inolvidables.

Me enteré en esta sección de un caso dramático de un padre que hizo público el aborto de su hijo por ser portador de un síndrome de Down. No conoció a su hijo, por cierto, ni tuvo la experiencia de vivir con él. Hay muchos datos sobre esta materia provenientes de otros países, pero yo conocí una historia, una sola, pero inolvidable.

Se la escuché a uno de mis antiguos profesores de medicina. Una familia chilena con dos hijos, el primero, un brillante e inteligente niño, y el segundo, afectado por el Down. Su nacimiento le ocasionó una profunda depresión al padre, que comenzó a vivir el difícil camino, lleno de desafíos, de sacar adelante a su familia que, si mal no recuerdo, vivía de la agricultura.

Pero estos hechos ocurrían en un Chile que comenzaba a convulsionarse por los años 50 o 60 del siglo pasado. El joven inteligente se volvió a la izquierda extrema, cercano al MIR, y el padre comenzó a sufrir con estas nuevas conductas inesperadas, en tanto su hijo mongólico, así los llamaban, lo esperaba tarde a tarde en su casa, para quererlo, simplemente, y sorprenderlo y alegrarlo con las ideas y ocurrencias de los niños.

Pero como sucede a menudo, el síndrome de Down venía atado a otras enfermedades y la alegría de ese hogar se desvaneció un día en que el joven, de unos 20 años, falleció. Como padre solo le quedaban los desagradables enfrentamientos con su otro hijo, en tanto echaba de menos con desesperación, como solo puede suceder con la pérdida de un hijo querido, alegre y sorprendente, tal como lo destacaban las madres en su carta aparecida en esta sección.

Su depresión fue aún mayor que la que pudo haber recordado del impacto del nacimiento de su hijo con Down y la vida se le fue haciendo insufrible, hasta que poco tiempo después tomó la trágica decisión de quitarse su propia vida, pues vivir sin la compañía de su hijo adorado se le había hecho insoportable.

Esta es una historia real, sucedida en Chile hace algunas décadas, pero yo la creo inolvidable. Una enseñanza profunda sobre el significado, el misterio y la trascendencia de la vida humana. (El Mercurio Cartas)

Juan Pablo Illanes