La alarma del periodista Daniel Matamala frente a las distintas expresiones políticas surgidas en la elite chilena contra China revela más ingenuidad que escándalo. Como se sabe, el motivo inmediato fue la reacción de Estados Unidos ante el acuerdo para la instalación de un cable submarino entre Chile y Hong Kong —iniciativa que compite estratégicamente con el proyecto Cable Humboldt— y las sanciones aplicadas por Washington al ministro de Transportes y a su subsecretario.

Pero lo que sorprendió al comentarista no debería sorprender a nadie con mínima experiencia en relaciones internacionales: los Estados no actúan movidos por simpatías ideológicas ni por afinidades doctrinarias, sino por intereses. Esa lógica —incómoda para quienes prefieren el mundo ordenado de las categorías morales— tiene nombre desde hace siglos: realpolitik, una que practican todos los Estados y con mayor adhesión aún las potencias mundiales.

En esa tradición, los alineamientos no son declaraciones de fe, sino movimientos tácticos. Chile, como país pequeño y abierto, ha debido practicarla con particular intensidad. Basta recordar que el régimen de Augusto Pinochet, férreamente anticomunista en el plano retórico y doméstico, cultivó relaciones fluidas con la República Popular China cuando Estados Unidos bloqueó la venta de armas a Santiago en un contexto de tensión con países vecinos. No hubo en ello conversión ideológica alguna, sino cálculo estratégico: asegurar capacidades defensivas cuando el proveedor tradicional cerraba la puerta.

La historia abunda en ejemplos semejantes. Las grandes potencias comercian, negocian y hasta cooperan con sus rivales cuando así lo exige su interés nacional. Estados Unidos hasta poco antes de ingresar a la II Guerra Mundial era principal proveedor de productos industriales y armas de Alemania. La política exterior no es un seminario universitario ni un foro moral: es un terreno de poder, equilibrios y oportunidades. Por eso no debería llamar a arrebato opiniones coyunturales que son emitidas en función de dar contexto a un determinado suceso político o geopolítico que pudiera escaparse de las manos y llevar el incordio a la ultima ratio.

De allí que resulta llamativo que tales opiniones se interpreten como incoherencias, cuando no son sino adaptación. Que sectores políticos chilenos —de distinto signo— exploren vínculos con China en áreas tecnológicas o de infraestructura no implica adhesión doctrinaria al “comunismo chino”, ni tampoco que un aparente ímpetu contrario a la materialización de un acto de negocios sea señal del fin del activo comercio con el gigante asiático. La cascada de ideas diversas surgidas a raíz del tema implica reconocer que la República Popular China es hoy un actor central del comercio mundial y un socio relevante para la economía nacional respecto del cual el país tiene una larga tradición de vínculos de negocios. El que políticamente sea hoy objeto de críticas, no implica cambio alguno respecto de otros ámbitos de esa relación. Del mismo modo, la mantención de vínculos estratégicos con Estados Unidos no obliga a subordinar toda decisión soberana a su agenda geopolítica, por más que una mayoría nacional se exprese más partidaria del modo de vida de la nación del Norte que al que practica la potencia asiática.

La sorpresa del periodista delata, más que una alerta ética, una cierta inexperiencia en la comprensión de cómo operan realmente los Estados. En el mundo ideal de los intelectuales, la coherencia es un valor supremo: las posiciones deben alinearse con un patrón lógico estable, casi algorítmico. Pero en el mundo efectivo del poder, la consistencia absoluta es un lujo que rara vez se pueden permitir quienes deben gobernar. Allí lo decisivo no es ser perfectamente lógico, sino eficaz.

Chile enfrenta un escenario global marcado hoy por la rivalidad entre Washington y Beijing. Pretender que puede abstraerse de esa pugna es ilusorio; pero también lo es asumir que se debe elegir, de modo excluyente y permanente, uno de los polos. La tarea de una política exterior madura consiste en navegar esa tensión, maximizando beneficios y minimizando riesgos.

La realpolitik no es cinismo; es conciencia de límites y oportunidades, una conciencia que no siempre ha mostrado la dirigencia chilena. Y lejos de escandalizarnos porque la elite política actúe conforme a una lógica de aparente inconsistencia al criticar a China, deberíamos exigir que lo haga con inteligencia estratégica, transparencia y claro sentido del interés nacional que es el último deber y cuidado que, en democracia, la ciudadanía transfiere y confía coyunturalmente a quienes nos gobiernan. En materia internacional, la ingenuidad no es virtud. Es vulnerabilidad. (Red NP)

Adso de Melk