Rafael se declara de izquierda y estando yo lejos de su posición política no puedo dejar de apreciar su actitud ante las diferencias que provocan hechos que dividen a las personas en grupos que parecen irreconciliables. El alineamiento que él toma en distintos casos está habitualmente basado en un auténtico proceso de discernimiento, que tiene como base fundamental sus valores. No sigue el rebaño de quienes se suman sin dudas al coro de su sector político, habitualmente mirando ante todo su conveniencia.
Es lo que ha hecho en el caso de la Operación Resolución Absoluta, ejecutada impecablemente por las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos por orden de Donald Trump, que ha terminado con Nicolás Maduro y su esposa capturados en Venezuela por la fuerza de élite Delta Force y trasladados a Nueva York para enfrentar diversos cargos de tráfico de drogas, corrupción y narcoterrorismo. Contra la opinión de muchos políticos de izquierda, el primer impulso de Gumucio ante la caída de Maduro ha sido una alegría visceral, no por Trump, que le cae mal, sino por los venezolanos.
Reconoce Gumucio que esto le ha pasado varias veces, en casos como el estallido en Chile, la realidad que viven los cubanos, la situación en Irán; en que la izquierda tiene un reflejo automático antiimperialista y contra la injerencia. Como si el principio de no intervención, o el derecho internacional, como lo llaman pomposamente los expertos, pesara más que los cuerpos de los venezolanos torturados en el Helicoide, o los que morirían por la represión del régimen de Maduro si éste continuaba en el poder.
Reivindica entonces su posición de izquierda porque cree en la dignidad humana de los venezolanos antes que en abstracciones geopolíticas. En este punto, hay que decirlo, el derecho internacional se ha transformado muchas veces en un significante vacío, una lengua muerta, pues la falta de imperio para aplicarlo deja sin protección a las personas que están a merced de un tirano. La reiterada apelación al derecho internacional de la izquierda es hoy día más bien un ejercicio de hipocresía.
Complicado para Rafael Gumucio, pues la izquierda no pretende apartarse de su posición, que condena a los venezolanos a la tiranía y al hambre. Su reacción, motivada por el júbilo y el alivio de los venezolanos, se acerca más a la del Wall Street Journal, que afirmó que la captura de Maduro fue un acto de higiene hemisférica contra un dictador que sembró el caos, que a la retórica vacía de la izquierda sobre la no injerencia y el derecho internacional. Principios éstos que, por lo demás, aplican con ojo tuerto porque a Cuba o a Irán no se los exigen.
Hay algo de la posición de Rafael Gumucio, no obstante, que me cuesta comprender. Su declarada, y auténtica creo yo, preocupación por los derechos de los más débiles, que lo lleva a mantenerse en la izquierda, choca con la realidad una y otra vez. Más de cien años han transcurrido desde la revolución bolchevique que llevó a Lenin al poder en Rusia y a la creación de la Unión Soviética y la hegemonía del Partido Comunista sobre buena parte de la población mundial. Gumucio nunca ha sido comunista y por el contrario es un cristiano declarado. Pero tendrá que reconocer que los experimentos socialistas que él ha apoyado han fracasado invariablemente. Y lo han hecho, creo yo, porque en esa humanidad que moviliza a Rafael, hay también una condición, la condición humana, que no es compatible con la utopía socialista. Gumucio se aferra a la izquierda, cual personaje de García Márquez que cree en el destino, en lugar de cruzar el charco como lo han hecho otros en Chile que ya han reconocido que la izquierda perdió toda chance. Está también por supuesto la opción de reivindicar una socialdemocracia que fue exitosa en Chile durante la Concertación, pero pareciera que los héroes llamados a hacerlo están irremediablemente fatigados.
No soy nadie para aconsejar a Rafael Gumucio. Más bien siento que mi sesgo para mirar la realidad desde las políticas públicas me hace utilizar la racionalidad para evaluar eventos como el que ha dividido tanto a la humanidad desde la madrugada del sábado. Gumucio en cambio, como en los cánticos de las barras bravas del fútbol, quizás por su historia familiar, mira a la política como un sentimiento y eso no se relaciona con resultados. Esta vez el sentido común y ciertos valores compartidos nos han tenido del mismo lado, pero pronto tendremos nuevamente a Rafael esperando la redención del socialismo.
Valga esta ocasión, en cualquier caso, para reconocer su autenticidad y valentía, que hay que tenerlas para desafiar a la izquierda y a otros grupos también poderosos, como animalistas y ciertas corrientes feministas, que alguna vez las han emprendido contra Rafael Gumucio. (El Líbero)
Luis Larraín



