En el ámbito de la administración de justicia, nuestro país posee una estructura
claramente definida en su ordenamiento jurídico, que no es del caso examinar en el
presente artículo; sin embargo, sería de utilidad observarla cada cierto tiempo desde una
perspectiva ética más amplia. Ello, con el propósito de no perder de vista qué mejoras se
le podría incorporar en sus proyecciones hacia el mediano y largo plazo. Además, porque
todos los ciudadanos estamos sometidos a las normas que lo rigen: desde los más altos
cargos de la nación, atravesando los Poderes del Estado, hasta los más humildes y
sencillos habitantes de este suelo.
A través de la historia, diferentes análisis y diagnósticos, han conducido a la definición de
nuestro régimen de justicia, su funcionamiento, los pormenores de las actuaciones
investigativas, las atribuciones policiales, los tribunales, el sistema penitenciario, y todo
aquello que lo complemente. Nuestra legislación lo recoge en sus distintos niveles, se
establecen los reglamentos, se elaboran planes, programas y políticas públicas para
contribuir a esta delicada tarea. A la vez colisionamos con un detalle: en términos
simples, se presume que todas las leyes se dan por conocidas por los ciudadanos, es decir,
alegar su desconocimiento no implica conseguir algún beneficio para eludir
responsabilidades frente a cualquier transgresión. (Por cierto, existen algunos estudios
críticos sobre esta cuestión, pero esto opera así).
En la práctica, el tema de la justicia y todo lo relacionado con ella, es materia de noticia a
diario, y de tanto aflorar en cuanto medio de comunicación existe, casi nos produce
acostumbramiento. Enfrentamos hechos gravísimos, como el progreso sistemático del
crimen organizado y sus consecuencias, que ameritaría un tratamiento aparte. Allí no hay
delitos comunes de baja incidencia, sino un cáncer social mucho más complejo de atacar.
Algunos botones de muestra podrían ser útiles para reflexionar estas realidades, y quizás a
partir de eso, encontrar maneras más efectivas para las diferentes situaciones que se
deben abordar. A modo de ejemplo, con asombro, año tras otro conocemos informes y
reportajes acerca de la situación carcelaria, en especial cuando se efectúan las periódicas
visitas oficiales o de autoridades eclesiásticas. Cifras impresionantes relativas a
hacinamiento. Segregación inadecuada, complicaciones de seguridad, orden, higiene,
infraestructura y otras. Dramas humanitarios de mujeres que cumplen condenas con hijos
de corta edad, ancianos enfermos terminales que han muerto esposados a una camilla o
en pasillos, personas con discapacidades, prolongadas estadías bajo prisión preventiva, en
ocasiones resultando en inocencia, gendarmes desgastados e incluso algunos acusados de
participar en redes delictuales, problemas sicológicos, sanitarios, de subsistencia, por
mencionar algunos. De una efectiva “rehabilitación”, mejor no hablar.
Podríamos extendernos en un inventario de sentimientos y de situaciones trágicas,
dolorosas para la sociedad, que nos limitamos a escuchar y callar. Asimilamos esto con
cierta resignación; muchas veces sin visualizar cambios estructurales, cayendo con
facilidad en la desesperanza.
No necesitamos esquivarlo, sino dedicarle un sentido de humanidad auténtico, cuanto
más dolorosas resulten estas u otras realidades, pues al centro de todo aquello, está el
ser humano como protagonista. Es imprescindible priorizar, ante realidades que están
detectadas, verificadas, manifiestas. Y, ¿Cómo hacerlo? El estudio de la Ética nos enseña a
abordarlo, por ejemplo, a la luz de las Virtudes humanas, para ayudarnos a vencer las
indiferencias, las inercias. Utilizar la Voluntad para hacer realidad los buenos deseos o las
medidas razonables de solución.
Las palabras son poderosas, pero insuficientes si no se llega a la acción. Un antiguo texto,
del jurista y escritor Ángel Osorio, señalaba:
“¿Por qué el hombre es el señor de la creación? ¿qué aptitud tiene superior a todos? ¿Qué
herramienta maneja? La palabra. Esa que es la manifestación del pensar y del querer, el
órgano vivo del cerebro, del corazón y la voluntad. La palabra es el poder del espíritu
frente a lo que nos apremia”. Trasladándolo a nuestro caso, palabras y apreciaciones
tenemos muchas; hace falta ahora pasar de la palabra a la acción, cambiando lo que se
necesita, como deber moral ante cosas tantas veces postergadas.
Si escarbamos entre los variados problemas que nos afligen, encontraremos numerosos
asuntos sin remediarse, los cuales solemos eludirlos, sin ver cómo socavan los cimientos
de nuestra convivencia, al mismo tiempo que pareciéramos desconocer su trascendencia
en el tiempo.
Luego, podemos concluir que no estamos ante dificultades temporales, de la
administración o de los gobernantes de turno, sino frente a algo mucho más grave:
problemas éticos de la sociedad, no resueltos de tanto pasar por el lado. (Red NP)
José Gregorio Argomedo M.
Magíster en Pedagogía Universitaria. Profesor de Ética
