Qué necesitamos: ¿Democracia antagonista o agonista?

Qué necesitamos: ¿Democracia antagonista o agonista?

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La democracia, como toda obra humana, no es perfecta, por lo que es necesario perfeccionarla siempre y por siempre, lo que será tarea de todas las generaciones

La asamblea constituyente que elegiremos próximamente tendrá que elaborar una nueva constitución y, con ello, probablemente estrenar un nuevo periodo democrático.

En estricto rigor, no hay una sola forma de “hacer” democracia. Tenemos un amplio abanico que va desde democracias que son referentes en el mundo hasta las llamadas por el politólogo Fareed Zakaria como “iliberal democracy”, donde se ejerce un autoritarismo revestido de formas democráticas. Sin olvidar, de la existencia de paises que se han autobautizados de “democráticos” casi obligando a recordar la frase que dice “dime que presumes y te diré que careces”.

En el caso de Chile, hay sectores que aspiran a una nueva democracia, lo que produce una natural incertidumbre si no se conocen los alcances de su significado, toda vez que se trata de una creación que tiene 2.500 años.

La historia nos enseña que la tendencia de las generaciones de relevo siempre será generar algo nuevo, ya sea un ciudadano o una democracia nueva. Con todo, es posible colegir que realmente la amplia mayoría anhela un sistema democrático estable, con Estado de Derecho, donde el foco de atención sea el ser humano y que, entre otros, concilie la autoridad del Estado con la libertad de los ciudadanos, los deberes con los derechos y que haya equidad, pluralismo y seguridad individual.

Todo esto parece fácil, hasta que leer a Tocqueville nos “baja a tierra” cuando nos recuerda que los valores no se pueden expresar en su máxima extensión ya que habrá algunos que le anulan parte de la extensión otros. Un ejemplo es que la libertad de unos llega hasta donde comienza la libertad del otro, por lo tanto no existe una libertad tan amplia como para hacer lo que se quiera.

Isaiah Berlin, uno de los más importantes pensadores del liberalismo, también nos confirma lo anterior a través de su concepto de “pluralismo de valores”. Estas últimas consideraciones nos indican que nunca habrá una democracia ideal, ya que los valores democráticos no tienen un ejercicio ilimitado.

En esta linea de búsqueda de perfeccionamiento democrático, aparece en el mundo de la politología una discusión sobre dos formas de democracia. Por una parte, la antagonista y por otro, la agonista.

La democracia antagonista es un ejercicio democrático en que los proyectos son confrontados entre sí y, por lo tanto, la política se define en términos de “amigo-enemigo”. Este tipo democrático, reconociendo lo anterior, tratara de reprimir de alguna forma la hostilidad y el conflicto. La situación se torna compleja cuando el sistema por sí mismo carece de los instrumentos para frenarlo que es lo natural y deseable. Una de las formas para solucionar el antagonismo es que los sectores en pugna traten de conciliar sus proyectos, de suyo opuestos, generando en algún sentido una propuesta más bien combinada. Este último consenso, es lo más deseado y se transforma en el gran objetivo en la democracia actual. De allí, que los sectores mas moderados, tanto de derecha o izquierda, han fortalecido lo que se conoce como “ir hacia el centro politico”.

Sin embargo, esta solución tiene un problema que se paga en el futuro, cual es que las generaciones de relevo o más jóvenes, fuera de los contextos en que se efectuaron los acuerdos y las síntesis programáticas, no los comprenderán, no los perdonarán y se opondrán creando referentes radicalizados y muy opuestos a sus padres o abuelos.

Por su lado, el concepto “agonista” tiene una definición bioquímica entendida como un componente que tiene la capacidad de aumentar la actividad que realiza otra substancia, a diferencia de lo antagonista que es bloqueadora. Esta definición del ámbito científico es muy explícita y puede ser extensiva a la política como un ideal democrático. Berlín, también asume lo agonista en el liberalismo.

En nuestros tiempos, el concepto fue traído a escena por los politólogos Chantal Mouffe y Ernesto Laclau, este último ya fallecido, proponiendo un modelo que también se le conoce como “pluralismo agonista”, quizás inspirado en el concepto propuesto por Berlín de “pluralismo de valores”. Se trata de legitimar el conflicto politico como algo positivo, más racional y de respeto mutuo, superando la tipificación de enemigo por adversario. Los politólogos mencionados piensan que, aceptando el conflicto en competencia, se evitara la solución autoritaria que puede derivarse de una democracia sin formulas institucionales para enfrentar el conflicto.

En síntesis, en la democracia agonista, el consenso se transfiere desde negociar programas para llegar a una solución de centro, por un consenso muy responsable en la institucionalidad como escenario en que se lleva a cabo la confrontación. Esto implica aceptar que debe existir un marco común de adhesión a los principios éticos y políticos propios del régimen democrático liberal, con libertad e igualdad para todos. Allí se centra el consenso. Por cierto, lo que se persigue es que quien gana lo haga con su proyecto integralmente, pueda hacer los cambios o mantener lo que estime y la contraparte tiene que aceptarlo acorde con las normas.

Por supuesto, ninguna de las dos opciones es ideal ya que colisionan con la democracia como obra humana y con la idiosincrasia de los pueblos que las aplicarán. Tampoco se estima que sean tan excluyente un tipo de otro, pero lo que sea, requiere de ciudadanos educados para la democracia.

La democracia necesita de una educación muy prolija para transformarla en una forma de vida que comience desde el hogar y se refleje posteriormente en la vida ciudadana. No podemos asegurar que ejercer la democracia en la política transforma obligadamente a la persona en un o una demócrata. Para ello, habría que ver su comportamiento privado.

En este proceso educativo se trata de eliminar un hecho deseable cual es que algunos se consideren dueños del concepto democracia y, más aun, de los principios éticos que la sustentan, considerándolo como un atributo exclusivo de sus amigos y partidarios.

Por todo esto, la problemática de la educación para la democracia deberá basarse no solo en memorizar normas cívicas, sino que, desde muy pequeño, ejercitarse en resolver dilemas y desarrollar pensamiento crítico en un clima de respeto, tolerancia y de saber escuchar.

En vísperas de iniciar un proceso constituyente, lo único cierto como punto de partida son los propósitos que se escuchan transformados en slogans y lugar común de carácter plural, como que la nueva constitución debe ser” la casa de todos” y debemos construir “la democracia que queremos”.

Cuando se desarma una casa para construir una nueva, podemos sacar los ladrillos que estén en buen estado para aprovecharlos por economía y eficiencia en la nueva. La otra opción, es botar absolutamente todo, usar los ladrillos antiguos para apedrear lo que quede de la casa anterior y salir a buscar material en otras partes.

De todos modos, con cualquier fórmula que se use, la base debería ser el consenso sobre la necesidad de tener un Estado de Derecho ya que, sin él, a la larga, no habrá democracia para nadie.

Para finalizar, traemos a recuerdo la sentencia de Emile de Girardin (1806-1881)  “La autoridad no gana nada oprimiendo la libertad; pero la libertad no gana nada debilitando a la autoridad”

Jaime García Covarrubias

 

 

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