La libertad es un emblema por el cual el hombre ha luchado en forma continua. Aún resuena en los oídos de muchos el grito de William Wallace en la película de Mel Gibson, Corazón Valiente. Lo cierto es que en la Historia fue Robert de Bruce quien levantó la libertad como emblema de lucha. La libertad es un bien deseado, pero no siempre respetado, ni menos entendido.
La libertad no sólo es la ausencia de coacción, sino más bien es la capacidad de autodeterminación, por tanto, la real capacidad real de decir que no. Quien tiene un vicio y no puede dejarlo, no es libre. Muchos creen que la libertad es hacer lo que uno quiere, cuándo quiere y cómo quiere. La verdad es que esto difiere de la definición esencial de la libertad como tal. La libertad no es libertinaje, hacer cualquier cosa, sino que sólo hacer el bien. Por lo tanto, un acto libre para ser tal se aleja del mal y sólo elige el bien.
El ser humano quiere en el fondo de su alma ser feliz, nadie en su sano juicio no lo desea. Para lograr ese fin, sólo el bien es camino ya que el mal te aleja de lo buscado. Esto ya lo entendían los griegos. Buscaban la Verdad y entendían que había una unión entre los conceptos de Verdad, Bien y Belleza. Entendían que para lograr llegar a la Verdad había que caminar por el camino del Bien y para eso había que fortalecer las virtudes, los hábitos del alma que orientan hacia el bien. Es lo que te permite seguir por el camino deseado y trazado. Cumplir tu meta y sin duda, ganarte el “bono”, en términos empresariales.
Del mismo modo, los griegos tenían claro que había que alejarse de los vicios ya que ese camino sólo llevaba a la perdición. Antes de Cristo ya los griegos entendían qué era la libertad. Con el cristianismo esta idea se completó, ya que se entendió a la Verdad como Dios. El ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios y, por tanto, libre. Por eso, la libertad fue vista como el dominio de uno mismo, el autocontrol para mantenerse en el camino deseado que conduce a la felicidad. Por eso el acto libre implica la real capacidad de poder decir que no, lo que parece al menos a simple vista, algo contradictorio. ¿Como voy a ser libre si me niego posibilidades?
Hay que comprender que la libertad es intrínseca y que todo hombre quiere en lo más profundo de su alma ser feliz. Además, hay que considerar que cualquier hombre mentalmente sano siempre elige el bien. ¿Y cómo entendemos entonces cuando elegimos el mal? Nadie sano elige el mal, por el mal. El mal siempre se presenta con apariencia de bien y por eso lo elegimos. Sin duda “el demonio se viste de Prada”, es sensual y encantador. Nos damos cuenta tras elegirlo que no era un bien, sino que un mal y nos arrepentimos. Así opera nuestro mecanismo de discernimiento.
Vivimos en un mundo pleno de escasez y debemos elegir en forma constante y es en esta elección en la que se ejercita nuestra libertad. Podemos ser lo que elijamos ser. No estamos determinados por nuestra naturaleza y estamos llamados a autodeterminarnos. Escribimos nuestra propia historia. Las personas, a diferencia de otras especies, son únicas e irrepetibles y libres, escriben su propia biografía.
Esta es la visión cristiana del libre albedrío. Somos lo que decidamos ser. No estamos determinados, por lo que en lo que nos convirtamos es responsabilidad propia, sea para bien o para mal. Por eso la noción del libre albedrío cree que si un cristiano va al cielo se debe a sus buenas acciones y si va al infierno se debe a sus malas acciones. En ambos casos es simple y completamente la responsabilidad de cada uno.
No debemos culpar a nadie de nuestras decisiones y acciones. No es culpa de la sociedad, ni del empedrado, sino de nosotros mismos. Siempre es más fácil culpar a otros de los errores propios. De hecho, el pasaje del Génesis de “Adán y Eva” tiene mucho que decirnos sobre este tema aún hoy. Cuando Dios le pregunta a Adán qué hizo, éste dice que fue Eva y cuando le pregunta a Eva ésta dice que fue la serpiente. La verdad es que la culpa nunca es de otro. Adán pudo decir que no y no lo hizo, por tanto, fue su elección y es culpable y Eva pudo decir que no y no lo hizo y es ella entonces, culpable. El hombre tiende a culpar a otros de sus propios errores, pero los culpables somos siempre nosotros mismos. Es por eso que la libertad siempre va acompañada de la responsabilidad, ya que yo debo ser responsable de mis acciones y de las consecuencias de las mismas.
La libertad es una lucha externa contra la coacción y una lucha interna contra uno mismo. Si las buenas acciones tienen buenos resultados y las malas acciones malos resultados, el hombre por naturaleza busca el bien, sólo que a veces se le nubla la visión y confunde. La verdadera libertad liberadora siempre está en el camino del bien, ya que el hombre por naturaleza busca fervientemente y anhela ser feliz.
La vida es una aventura, una “queste” (búsqueda), siendo el camino caminado lo que resultará en las consecuencias posteriores. Somos libres, algo tremendamente difícil y de gran responsabilidad. Pero porque somos libres vibramos con la vida de un modo que otros seres son incapaces de hacerlo.
La libertad es el don mayor del hombre, es en sí, lo que lo hace al ser humano diferente, una persona única e irrepetible. Cada persona es un mundo en sí mismo y no somos un colectivo. (El Líbero)
Magdalena Merbilháa
