Hasta el último día de su mandato el expresidente Boric quemó todos sus cartuchos, quiso dar un último “empujón” a “las fuerzas del progresismo”, como las denomina, con el fin de que se mantuvieran unidas, enfrentarán al gobierno de Kast y defendieran su legado.

  • Intervención que se consideró necesaria puesto que en esos momentos varios partidos hacían gala de un espíritu rebelde, en busca de su propio perfilamiento.
  • Sin embargo, transcurridos 10 días desde el cambio de mando, el cuadro es otro y hoy soplan vientos de unidad entre las huestes opositoras, alimentados, en parte por errores del gobierno y sus parlamentarios empeñados como están en descalificar política y éticamente a la administración anterior.
  • La guinda de la torta ha sido la propuesta de la UDI de interpelar a sus propios ministros para que se explayen   ante el pleno de la cámara de diputados, sobre el “desastre” con que se encontraron al asumir sus carteras.  Una suerte de auditoría (adicional a la ordenada por el ejecutivo) en vivo y en directo.
  • Además de ser una insensatez política, eso constituye una desnaturalización de la institución de la interpelación que se creó para que las minorías-léase la oposición- pudiera interrogar a los ministros.
  • Tanto es así, que en la confección del cuestionario que debe enviarse previamente al interpelado solo pueden intervenir los parlamentarios que firmaron la solicitud.
  • Interpelación que podría ser la antesala de sendas acusaciones constitucionales en contra de los ministros citados, en particular de Carlos Montes y Nicolás Grau.

“Estado de alerta”. Pero lo que descolocó a la oposición, fue la velocidad, el contenido y determinación con la que el gobierno puso sus cartas sobre la mesa. Lo que denominan “copamiento de la agenda” que no es más que el ejercicio sin complejos del poder por parte de un gobierno que entiende que el capital político es, por definición, perecible.

  • La oposición entro en un estado de “alerta” abriéndose a reconsiderar la fracasada receta de la unidad sin exclusiones, que cobija  al PC bajo el paraguas del “progresismo”.
  • Un proyecto “ómnibus” como lo llama la oposición (para crear una asociación de ideas con Javier Milei,) que plantea un reforzamiento del capitalismo y del libre mercado e que implica necesariamente desandar muchas de las medidas adoptadas por el gobierno anterior; lo que la oposición califica como “retrocesos”
  • Recortes en todos los ministerios, ajustes al sistema de gratuidad, revisión de la sobredotación docente en la educación pública, fortalecimiento de los mecanismos de cobro del CAE, incluyendo descuentos por planilla, y la muerte del FES.
  • A ello se suma el retiro del proyecto de negociación ramal (una provocación, según el PC y la CUT), la eliminación de diversas regulaciones, la revisión de decretos ambientales y de derechos humanos, la suspensión de IVA a la vivienda por un año, reducción del aparato estatal y rebaja de impuestos para las empresas.
  • En el ámbito cultural, impulsa una agenda orientada a reforzar valores como la autoridad, la seguridad y la identidad nacional, por medio de cambios en la educación, migración y políticas de orden público con el objetivo de revertir lo que su sector considera un “avance del relativismo y la fragmentación social”.

Una verdad incómoda. Es una “embestida programática” que explicita una agenda de cambios profundos en lo político, social y cultural, coherente con la filosofía política de Republicanos y del presidente Kast.

  • Eso obliga a la  centro izquierda a enfrentar una verdad incómoda:  ¿Quizá fue un error competir con una candidata comunista, que amenazó con dejar el partido solo para terminar quedándose, justo en momentos en que le entrega su apoyo irrestricto a la dictadura cubana por enésima vez?
  • Durante años, una parte importante del sistema político operó bajo la premisa de que existían límites “invisibles” que ningún gobierno podía o quería cruzar. Esa lógica se quebró.
  • Porque este no es un gobierno tradicional de la derecha a la que estábamos acostumbrados. Tampoco es simplemente una versión más intensa de la derecha tradicional. A diferencia de lo ocurrido durante los gobiernos de Sebastián Piñera, que se alineó con el consenso de la transición, basado en un Estado con un rol creciente como garante de derechos, proveedor de bienes públicos y regulador de los mercados; adhiriendo a las tendencias progresistas en el ámbito valórico.
  • Pero no es el caso de la actual administración que está imbuida de una pulsión transformadora, restauradora.
  • Estamos frente a un gobierno profundamente ideológico, probablemente el más ideológico desde la Unidad Popular. Sin embargo, a diferencia de aquel, su apuesta central no es la expansión del Estado, sino la liberación del potencial del mercado con la menor cantidad posible de regulaciones. Lo que inevitablemente conducirá a una polarización.

Desafío existencial. Para la izquierda, se trata de un escenario inédito. No solo enfrenta a un adversario con convicciones claras, sino a uno que no siente la necesidad de moderarlas para ser aceptado.

  • Un gobierno que no busca ser “políticamente correcto”, que reivindica sin complejos un ideario conservador y que, para mayor desconcierto de sus críticos obtuvo una altísima votación y cuenta, por ahora, con respaldo ciudadano.
  • Lo que para el centro izquierda presenta un desafío existencial: Persistir en el error de una unidad sin contenido que la obliga a seguir mimetizándose con sectores radicales y cargar con un legado que la ciudadanía ya juzgó. ¿o asumir con realismo la oportunidad que se le abre de liderar una oposición (una alternativa) sin complejos ni nostalgias frente a un gobierno de rasgos ideológicos antagónicos? (Ex Ante)

Jorge Schaulsohn