El debate sobre la ley de reconstrucción, al mismo tiempo que levanta ácidas polémicas, parece discurrir sobre un feliz consenso: el crecimiento económico importa. En la discusión no emergen voces que critiquen la reforma desde las ideas del decrecimiento u otras similares. Se reconoce que el país lleva más de una década estancado, que es importante crecer más y las diferencias se ponen en torno a la eficacia de las medidas propuestas para lograrlo y en los sacrificios que implica. Este consenso, sin embargo, es menos sólido de lo que aparenta cuando nos preguntamos por qué importa el crecimiento. En los derroteros que abre esta pregunta se esconde un debate subterráneo que merece salir a la luz.
Cualquier manual de economía ofrecerá respuestas muy razonables a esta pregunta, exhibiendo impactos virtuosos entre el crecimiento y variables que nadie podría subestimar: reducción de la pobreza, expectativa de vida, niveles educativos, mortalidad infantil y un largo etcétera. Sin embargo, todas estas curvas se aplanan cuando se alcanza cierto nivel de desarrollo. De ahí que algunos se pregunten si el crecimiento es algo que vale la pena perseguir con tanto ahínco en un país desarrollado. Esta pregunta tiene una larga historia. A mediados del siglo XIX John Stuart Mill, sostuvo que los países no podrían crecer indefinidamente y que esto no sería motivo de lamentación. Luego de alcanzar un nivel respetable de riqueza un país podría dedicarse a objetivos más importantes: una mejor redistribución, una buena educación o la persecución de intereses intelectuales. Mill apoyaba esta propuesta en otra conjetura: las leyes de la producción y la distribución corren por carriles separados. Esto implica que podemos imaginar diversas maneras de repartir la torta sin preocuparnos demasiado sobre cómo ello afectará su tamaño.
Por esotéricas que parezcan estas disquisiciones, lo cierto es que quienes impulsaron las reformas del segundo gobierno de Michelle Bachelet fueron entusiastas epígonos de Mill. Un discurso con el que se defendía la reforma tributaria de ese gobierno decía que los gobiernos de la Concertación habían alcanzado un suficiente nivel de desarrollo: el 2010 entramos a la OCDE, la pobreza se había reducido drásticamente, pero la desigualdad aún era muy grande. De lo que se trataba ahora era de “pelar mejor el chancho”. El ex Presidente Lagos, marcando distancia respecto de estas ideas dijo el 2017 en un seminario “(…) en Chile la tarea número uno es crecer, todo lo demás es música”. El Presidente Kast ha defendido la ley de reconstrucción citando las palabras de Lagos.
¿Quién tiene razón? ¿Los laguistas ortodoxos o los melómanos milleanos? Despejemos, en primer lugar, una arista fáctica del debate. No es cierto que las leyes de la distribución y de la producción sean fácilmente separables: el tamaño de la torta es altamente sensible a cómo se reparte. El gobierno de la Nueva Mayoría ha sido el que menor crecimiento acumulado registró desde el retorno de la democracia. Esto, por supuesto, no implica causalidad y los economistas han debatido en qué medida el deterioro del crecimiento se ha debido a las reformas de Bachelet o las circunstancias internacionales desfavorables. Aunque la magnitud de ambos factores es objeto de debate, nadie discute el hecho de que las reformas no fueron inocuas para el crecimiento.
Ante esto, alguien que valora las reformas de la Nueva Mayoría podría morder la bala y responder “¿Y qué? se creció menos, pero ganamos en igualdad y otros valores más importantes que el crecimiento”. Esta respuesta abre una variedad de debates factuales. Mencionaré solo uno de ellos: ¿En qué medida el estallido social del 2019 se explica por el estancamiento que observamos desde el 2013? Puede que en mucho. Desde Tocqueville es razonable pensar que las revueltas se tienden a producir no en los países que están peor en términos absolutos, sino en aquellos que, dada su trayectoria de progresos, han generado expectativas de continuidad de ese progreso que se ven defraudadas por un repentino estancamiento.
Con todo lo relevante que son estas conjeturas, creo que lo fundamental sigue estando en la pregunta normativa: ¿Por qué importa el crecimiento económico? ¿Por qué podría importar en países que ya han alcanzado el desarrollo? La centroizquierda se agrupa en torno a la siguiente respuesta: el crecimiento no importa en sí mismo, sino que lo hace en tanto aporta la materia prima con la cual el Estado hace políticas redistributivas, educativas, intelectuales, morales. Es un gobierno con voluntad social el que transforma la fría riqueza aportada por el crecimiento en algo valioso. Por otra parte, el oficialismo lo defiende por su capacidad de ofrecer empleo de manera menos mediada por el Estado.
Creo que ambas defensas no logran capturar lo importante. Y es que la respuesta debe partir por destacar lo siguiente: el crecimiento, realmente, no importa ni en sí, ni instrumentalmente. El concepto de crecimiento es una metáfora. No hay algo así como “la economía de un país” que año a año se extienda en el espacio y podamos decir que “crece” o que despliegue sus potencialidades como un organismo vivo y podamos decir que “se desarrolla”. Menos aún esa ficción “nos da” cosas como el empleo o las políticas sociales. Lo que hay son individuos, hogares, empresas, organizaciones que apuestan a la creación de riqueza y que cada año fracasan o triunfan más respecto del año anterior. Así como lo que nos interesa es la tormenta y no el barómetro que mide su intensidad, lo que importa estará o no estará en este proceso que el “crecimiento” mide (muy imperfectamente).
¿Y por qué importa la dinamicidad de este proceso? Porque en las sociedades modernas el crecimiento es fundamental para satisfacer conjuntamente tres cosas que valoramos: la creatividad, la autonomía y el reconocimiento. Durante la enorme mayoría de su historia, la especie humana ha vivido en sociedades que no crecen. Estas sociedades llevan nombres que destacan las acotadas actividades en las que hallan la manera de reproducir su existencia: pueblos alfareros, guerreros, agricultores. Existe una o unas pocas maneras de alcanzar el sustento y el reconocimiento social. Un niño que naciera en Esparta con talentos o aspiraciones distintas a la aptitud guerrera no tendría jamás la oportunidad de desarrollar una vida satisfactoria.
El crecimiento económico sostenido se produce por instituciones inclusivas que convocan las fuerzas creativas de la población. Y es precisamente esa condición lo que permite que más personas, con talentos y aspiraciones diversas puedan llevar una vida satisfactoria. El crecimiento de un país depende de que más personas logren hacer cosas distintas a las que se estaban haciendo y encuentren una validación de esa apuesta en el mercado. Y por “creatividad” no debe entenderse sólo la creación artística e intelectual o la innovación tecnológica de punta. Es precisamente una de las mayores virtudes del crecimiento el que quienes no tienen los talentos o aspiraciones que una sociedad considera más elevados, puedan ser y sentirse también creativos. Desde quien abre un nuevo negocio en un barrio o el que crea una nueva variedad de alimentos, hasta el que estudia una carrera extraña, la dinamicidad del crecimiento le da la oportunidad de ser y sentirse creativo.
Y el hecho de que estas apuestas vengan acompañadas de una ganancia económica, corona la creatividad con una fuente de autonomía y de reconocimiento social. El estancamiento de un país, por tanto, nos priva de mucho más que “mera plata”, empleos o políticas. Priva a aquellos que aún no han encontrado una manera de llevar una vida satisfactoria de las oportunidades de inventársela. (El Líbero)
Lucas Miranda
