Hay una virtud democrática que casi nunca se elogia porque no tiene brillo, la de saber perder. Tocqueville lo vio con una lucidez que el tiempo no ha desgastado. La salud de una democracia no se mide tanto en cómo celebra a sus vencedores, sino en la forma en que procesan los vencidos, en esa alternancia tranquila por la cual quien manda hoy entrega mañana sin que el suelo se abra. Donde esa alternancia se da por descontada, hay república. Donde se discute cada vez como si la entrega del poder fuera un despojo, hay otra cosa, una rivalidad permanente disfrazada de política. Lo que parece un trámite administrativo, aceptar que se perdió, es en realidad el músculo más fino de la convivencia, el que sostiene todo lo demás. Y conviene decirlo desde ya: perder no exime de servir, apenas cambia el lugar desde donde se sirve.

Pienso en una noche de enero de 2008. Barack Obama venía de ganar Iowa y todos esperaban que arrasara en New Hampshire. Perdió frente a Hillary Clinton. El discurso que pronunció esa noche suele citarse como el mejor de su carrera, y la paradoja es que era un discurso de derrota. En lugar del ataque previsible al rival, del lamento o de la búsqueda de culpables, transformó la caída en un manifiesto de esperanza, y de ahí nació el estribillo que recorrería su campaña, ese ‘Sí se puede’ (Yes we can) que era a la vez convicción y promesa. La lección no está en las palabras, que cualquiera puede pulir. Está en el momento elegido para pronunciarlas. La grandeza apareció justo cuando había que aceptar una derrota, no cuando había que celebrar.

Hay una vieja sentencia, atribuida a Clemenceau y también a De Gaulle cuando dejó el poder, que conviene tener a mano: los cementerios están llenos de hombres que se creyeron imprescindibles. Prefiero darle la vuelta y enunciarla en positivo, porque así dice mejor lo que importa, no hay hombres imprescindibles, hay acciones imprescindibles. Todo el problema de la ética política cabe en ese desplazamiento, del que ocupa el lugar a lo que se hace desde el lugar, de la persona a la conducta. Una democracia no se sostiene por las figuras providenciales que la habitan, sino por un puñado de acciones que cualquiera, en su sitio, está llamado a encarnar: perder con altura, entregar a tiempo, legislar sin trincheras, decir la verdad, hacerse cargo del error.

Ortega y Gasset describió hace casi un siglo al reverso de esa actitud, el hombre satisfecho de sí, el que no se exige nada porque se siente completo tal como es. Su rasgo no es la maldad sino la comodidad, esa convicción tranquila de que el mundo existe para confirmarlo. Trasladado a la política, produce un personaje reconocible, el que confunde su permanencia con un bien público, el que ha llegado a creer sinceramente que la causa que dice servir no sobreviviría sin él. Se cree imprescindible, y por eso no concibe la salida como un acto posible.

Cualquiera que siga la política chilena reciente reconocerá la conducta: la del que ante el revés no concede sino que descalifica; la del que explica su derrota por la torpeza ajena antes que por el mérito del adversario; la del que ha confundido tanto su figura con su proyecto que ya no distingue entre defender una idea y defenderse a sí mismo. No hace falta poner apellidos. A buen entendedor, pocas palabras bastan.

Y no es un diagnóstico abstracto. La última encuesta del CEP volvió a poner el dato sobre la mesa con crudeza: los partidos políticos reúnen apenas un seis por ciento de confianza y el Congreso un 13%, los últimos de una lista que encabezan la PDI, las universidades y Carabineros. La justicia tampoco escapa, instalada desde hace tiempo entre las instituciones peor evaluadas y de mayor percepción de corrupción, lo que es de la mayor gravedad, porque sin un árbitro en quien confiar la convivencia entera se vuelve sospecha.

Conviene no leer estas cifras como una condena que solo cabe lamentar, ni como un arma para arrojar al adversario. Una encuesta bien mirada es un espejo, y su mayor valor es que ofrece a los cuestionados la oportunidad de corregir la forma, el rumbo y la conducta. Negarse a mirarlo es ya una forma del viejo orgullo del imprescindible, el que supone que el problema está siempre afuera.

Los partidos son la columna vertebral de la democracia, y por eso un respaldo de seis por ciento no es una estadística incómoda, es una interpelación moral, una obligación ética de recomponerse con hechos, no con relanzamientos de figuras ni con declaraciones. Es alentador que algunas dirigencias hayan empezado a preguntarse cómo reconstruir la convivencia; la prueba será si esa pregunta se vuelve acción.

Porque las acciones imprescindibles no son una abstracción, se ponen a prueba cada semana. Mientras una reforma central avanzaba en el Senado por un solo voto, unos acusaban al gobierno de pasar la aplanadora, y otros se levantaban de la mesa anunciando que se habían cansado de dialogar y que rechazarían hasta la idea de legislar. Una sola abstención, ofrecida como señal de apertura, fue mirada como una rareza. Ser oposición no obliga a oponerse a todo, igual que gobernar no autoriza a avanzar sin escuchar a nadieLa dignidad de una oposición no se mide en el portazo, sino en la alternativa que es capaz de poner sobre la mesa; la de un gobierno, no en reunir los votos justos, sino en salir a buscar los que le faltan.

Dialogar con quien asume el poder es una responsabilidad ética que corre en las dos direcciones, la del que llega y la del que perdió. Legislar sin trincheras es una de esas acciones imprescindibles, y se reconoce porque deja algo en pie cuando la sesión termina.

En estos días, otra prueba, más dura, la de decir la verdad y hacerse cargo del error. El país se estremeció con la noticia de decenas de niños haitianos cuyo paradero se daba por perdido, y la alarma escaló en horas hasta hablarse de trata, de prostitución, de tráfico de órganos. Después vino la corrección: los sesenta y cuatro niños no ubicados aparecieron, todos, con sus familias, y la Contraloría, en su informe final, no halló trata sino algo distinto y también grave, que el Servicio de Migraciones había flexibilizado por simple memorándum, al margen de la ley, los requisitos de ingreso, y que tres organismos del Estado que debían coordinarse no lo hicieron.

Cuando el episodio parecía cerrado como un bochorno administrativo, la Fiscalía formalizó a dos personas por una red que cobraba millones a familias haitianas por traer a sus hijos, niños que a veces no llegaban nunca. Ni el pánico inicial ni el alivio apresurado dieron en el blanco; la verdad, como casi siempre, era más incómoda que ambos relatos. Defender la verdad y reconocer el propio error —el que infló la alarma sin pruebas, el que flexibilizó lo que no debía, el que cantó victoria antes de tiempo— no es una concesión al adversario, es lo mínimo que un niño tiene derecho a esperar de los adultos que dicen protegerlo. Usar su desamparo como tribuna, en cambio, es la forma más baja del imprescindible, la de quien convierte el dolor ajeno en escenario propio.

Conviene bajar a un caso concreto, porque la historia reciente ofrece uno casi de manual. La fuerza que llegó a La Moneda en 2022 subió montada en la ola del estallido y en la promesa de una nueva Constitución, con el presidente más joven de nuestra historia y una épica refundacional. Cuando el texto que abanderó fue rechazado por casi el sesenta y dos por ciento, con la participación más alta jamás registrada y derrota en las dieciséis regiones, no supo leer el golpe. En vez de procesar la lección y reconstruir, quedó sin plan, vio fracasar también un segundo proceso y deshacerse entre las manos la promesa que la había encumbrado. No supo perder. Hoy, ya en la oposición, llega fragmentada y sin proyecto común, y su ala más dura parece haber reducido la política a una sola palabra: no. Quien no supo soltar el poder tampoco acierta a ejercer la oposición, porque en ambos trances le falta lo mismo, la voluntad de proponer en vez de resistir.

La ética política no se juega del todo en los grandes discursos ni en los programas. Se revela sobre todo en los gestos pequeños y decisivos, y entre ellos en ninguno con tanta nitidez como en la manera de retirarse. Se puede mentir en una plataforma, se puede simular una convicción durante años, pero la forma de retirarse desnuda lo que de verdad hay debajo. El que sale agradeciendo y reconociendo al que ganó muestra que servía a algo más grande que su propia carrera. El que sale dando portazos, o que sencillamente no sale, muestra que ese algo más grande era, en el fondo, él mismo. Por eso la salida es la prueba última, la que ningún relato puede maquillar.

Las instituciones no se sostienen por hombres imprescindibles. Se sostienen por acciones imprescindibles, por personas dispuestas a perder con altura, a entregar a tiempo, a legislar sin trincheras, a decir la verdad y a hacerse cargo del error, que entienden que su paso es prestado, que el lugar no les pertenece y que, ganen o pierdan, siguen debiéndole servicio al país y no a sí mismasMientras sigamos premiando la testarudez del que se queda y mirando con sospecha la entereza del que se va, seguiremos confundiendo la fuerza con la dignidad. Y son cosas distintas. La dignidad, casi siempre, está del lado de quien sabe perder sin dejar de servir. (El Lìbero)

Iris Boeninger