Pakarati y el desgobierno comunicacional

Pakarati y el desgobierno comunicacional

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El año cerró como transcurrió el gobierno: con crisis de comunicación evitables que revelan ausencia de controles básicos. La última es protagonizada por la embajadora Manahi Pakarati, pero el problema es mucho más profundo.

«Nosotros entendemos que son expresiones a título personal y no reflejan necesariamente la posición del gobierno y de la Cancillería», declaró el canciller Alberto van Klaveren intentando contener la crisis. Con esta frase confirmó lo evidente: este gobierno carece de control sobre su propio discurso público.

Porque en comunicación estratégica existe un principio inviolable: cuando se ostenta un cargo de representación, no existen las opiniones personales. Punto.

La cronología es reveladora. En septiembre, Pakarati concedió una entrevista a un medio radial en Nueva Zelanda donde declaró: «Tenemos que trabajar en cómo vamos a obtener el autogobierno, porque en mi isla necesitamos el autogobierno». El gobierno no se enteró. Tres meses después, el 24 de diciembre, publicó en redes sociales un mensaje a favor de la autodeterminación de Rapa Nui. Recién entonces estalló la controversia. Al investigar, se descubrió la entrevista de septiembre. El canciller tuvo que reconocer que «tomaron conocimiento bastante tardío» y están verificando «si se cumplieron los protocolos vigentes».

El argumento sobre las «expresiones a título personal» es la confesión involuntaria de un gobierno que renunció a gobernar su propia narrativa. Es admitir que cada funcionario puede decir lo que quiera, cuando quiera, y después veremos qué hacemos. Esto no es casualidad. Es consecuencia de nunca entender que la comunicación es dimensión estratégica del poder que requiere disciplina, protocolos y consecuencias claras. En cualquier organización seria, cuando un vocero se sale del libreto, hay consecuencias inmediatas.

Pero en este gobierno, las «opiniones personales» parecen ser la norma. Con ello asumimos que cada embajador tiene su propia política exterior, y el gobierno central reacciona tarde y confundido. La pregunta que debería hacerse Van Klaveren no es si Pakarati cumplió los protocolos, sino ¿existen realmente protocolos o sólo improvisación permanente?

Porque si existieran y se cumplieran, no estaríamos descubriendo en diciembre lo dicho en septiembre. Si hubiera control real, no tendríamos el desfile de contradicciones que caracteriza a esta administración.

Y lo preocupante no es sólo lo que sabemos, sino lo que no sabemos. Si una embajadora comunicó sin supervisión durante meses, ¿cuántos otros funcionarios hacen lo mismo? ¿Cuántas opiniones personales más se emiten en nombre del Estado sin que nadie en La Moneda tenga idea?

Pakarati habló investida como embajadora de Chile, cargo que la convierte en vocera oficial del Estado. En esa condición, no existe una separación posible entre opinión personal y posición institucional.

Gobernar también es controlar qué se dice, quién lo dice y cuándo se dice en nombre del Estado. Cuando eso se pierde, lo que queda es una crisis de autoridad.

Con todo, el próximo gobierno haría bien en tomar nota: lo que revela Pakarati no es un problema de protocolos. Es un problema de comprensión básica de lo que significa ejercer el poder. (El Líbero)

Claudio Ramírez