El año 2026 ya inició su segunda mitad, y la incertidumbre climática que tanto preocupa al agro pasó de ser una amenaza para convertirse en realidad palpable en los valles de Chile que va a plantear desafíos a la temporada de riego 26-27, situación que resuena fuertemente con la megasequía que afectó a nuestro país por más de 10 años, hasta el año 2023.

Los primeros seis meses de este año han dejado un balance poco auspicioso. A pesar de un mediático anuncio sobre un fenómeno de El Niño muy intenso, el cual se inició recién en junio según ha sido confirmado por el NOAA (Departamento Administración Oceanográfica y Atmosférica de los EE. UU.), hasta el momento tenemos un déficit significativo en las precipitaciones en todo el territorio nacional, que va desde un 75% en la zona central hasta un 30% en la zona sur. Más grave aún, la acumulación de nieve en el tramo que comprende la cordillera de Los Andes desde Coquimbo hasta Biobío no registra acumulaciones significativas de nieve según el último Boletín Hidrometeorológico de la Dirección General de Aguas (DGA) del MOP. Este informe señala un déficit general del 92% para altura del manto nival y del 95% para su equivalente en agua, respecto a los valores históricos.

Por su parte, los grandes embalses para riego muestran niveles de acumulación de agua que comienzan con 46% en Atacama, un 10% en Coquimbo, y en torno al 60% en O’Higgins, Maule y Ñuble.

Para el segundo semestre de 2026, las proyecciones dibujan un escenario de contrastes marcados. Se esperan lluvias para lo que resta del invierno meteorológico, pero todo parece indicar que el fenómeno de El Niño ya no garantiza inviernos lluviosos. Sí se están anticipando precipitaciones con altas temperaturas, lo que significaría que no acumularíamos más nieve de la que hay actualmente (incluso perderíamos la que pudiera haber), esto compromete seriamente los caudales de deshielos en verano. Más aún, implica riesgos reales de eventos climáticos dañinos como los que hemos conocido en años recientes. Todo lo anterior, además, acompañado de una mayor probabilidad de heladas tardías y agresivas.

Los párrafos previos ilustran que la vulnerabilidad de Chile a los fenómenos climáticos extremos es real, tan real como lo era hace 15 años, pero ahora tenemos la experiencia de la extensa megasequía, interrumpida localmente por los aluviones de Atacama de 2015 y 2017, y terminada con las inundaciones en O´Higgins, Maule y Ñuble de 2023 y 2024.

A pesar de lo anterior, poco hemos avanzado en generar cambios estructurales para adaptarnos de mejor manera al cambio climático, y eso es muy preocupante. Pareciera que cada vez que llueve, el agua arrastra con la preocupación por los temas de sequía, y otras problemáticas urgentes nos impiden ver este tema tan importante.

Es prioritario que las autoridades en Chile consideren el agua como un recurso estratégico para el país. Que, atendiendo a las particularidades y actores de cada cuenca, se aborden soluciones de infraestructura, de institucionalidad y de reglas claras para abastecer de agua y alimentos a su población, para mantener sus ecosistemas y para apoyar a la industria que requiere agua en los procesos productivos, y eso no puede depender de la cantidad de milímetros caídos en un año puntual. (El Líbero)

Federico Errázuriz

SNA