Hay que advertir contra este hombre, y conviene hacerlo antes del almuerzo, porque anda suelto, sonriendo, y —lo que es imperdonable— convenciendo a gente. Es un tipo peligroso, de esos que todavía creen cosas. Ya sé que suena increíble a estas alturas de la civilización, pero es literal: el hombre cree cosas, y las cree verdaderas, y encima piensa que la verdad tiene algo que decir sobre la vida en común. Nosotros, que hemos sudado siglos para desintoxicarnos de semejante vicio y bautizar la resaca con el nombre de tolerancia, no podemos permitir que un aficionado nos estropee la abstinencia. Vigílenlo. Y no le devuelvan la sonrisa, que es contagiosa.

Su primer defecto —menor, pero exasperante— es que pregunta demasiado, y peor: pregunta bien. Uno le explica, con la paciencia que reservamos para los niños y provincianos, que el poder debe tener límites. En vez de aplaudir, levanta el dedo y pregunta quién pone el límite. Uno le contesta lo elegante, lo que se responde en los buenos salones: que el límite nos lo ponemos nosotros, de común acuerdo, entre todos. Y ahí sonríe. Y dice que un límite que uno mismo se pone y se puede quitar el día que le apriete no es un límite, sino una nota adhesiva de color rosado. Miren la impertinencia. Habíamos levantado una cerca espléndida —votada, inclusiva, con placa conmemorativa— y viene el rústico a observar que la puerta se abre desde dentro. Detalles. Manías de quien no entiende que la cerca no era para el toro, sino para la foto.

Su segundo defecto es de una insolencia ya metafísica: sostiene que hay algo por encima de la voluntad de todos nosotros juntos. Respiren hondo, porque duele oírlo. Habíamos conseguido por fin el cielo despejado, sin techos, sin dueños, sin nadie por encima salvo el resultado de la próxima votación. Y el sujeto insiste en que hay un techo, y que no lo alcanzamos ni haciéndonos escalera unos a otros. Un cándido. Un hombre del año mil. Lo malo es que, si uno comete el error de escucharlo cinco minutos, se le mete una duda ridícula entre ceja y ceja: que el día en que un poderoso de veras grande meta la mano en lo nuestro, este atrasado será el único con un clavo firme donde sujetarse, mientras nosotros, los sin-techo por elección propia, palparemos la pared buscando el asidero que tuvimos la brillante idea de arrancar. Bobadas, claro. Supersticiones de campanario. Sigamos.

Y llegamos a la tercera abominación, la que ya nos provoca acidez estomacal: el hombre ha abandonado la neutralidad, y encima en materia religiosa, que es donde nos gusta cobrar. Porque nosotros somos los neutrales, nosotros no imponemos ninguna visión del hombre. Sólo organizamos la escuela para que enseñe que ninguna verdad obliga, redactamos la ley sobre la base de que nadie puede hacer del bien un asunto público, y trazamos la plaza para el único culto permitido, que es el de cada cual a lo suyo. Todo ello, por supuesto, en nombre de no imponer nada. El iliberal tiene la mala educación de sacar la cuenta en voz alta y anunciar el resultado: que la neutralidad que profesamos es una religión con todas sus letras —tiene su dogma, que es que no hay dogmas; su moral entera, que es la autonomía; y hasta su clero, que somos nosotros—. Y remata, el grosero, con la única frase que de veras no le perdonamos: que él al menos confiesa su credo a plena luz, mientras nosotros administramos el nuestro jurando que no es un credo. Porque un hombre que le enrostra a uno la doctrina que uno predicaba creyéndose sin doctrina no comete una impertinencia: comete una herejía contra la iglesia que juraba no ser iglesia.

Pero lo que ya no tiene nombre es la pirueta con que nos devuelve nuestras propias amenazas envueltas para regalo. Le mostramos, para que se le hiele la sangre, el retrato del pensador tenebroso que redujo la política al capricho de un soberano que zanja el nudo de un tajo. Se lo ponemos delante como un espejo: «éste es usted, iliberal». Y el hombre mira el retrato, ni parpadea, y contesta que el monstruo no es hijo suyo, sino nuestro. Que el soberano caprichoso no combate al mundo sin verdades: lo hereda. Porque —dice— cuando se decreta que nadie puede hacer del bien un asunto público, no se abre un claro luminoso de neutralidad; se abre un trono vacío, y los tronos vacíos no duran vacíos ni una tarde. Alguien acaba sentándose, y se sienta sin razones, porque para eso las jubilamos. Tiene el descaro de decirnos, a nosotros, que derribamos el establo con nuestras propias manos, colgamos el cartelito de «aquí las ovejas se autodeterminan», y ahora convocamos ruedas de prensa para condenar al lobo. Una infamia, por supuesto. Una infamia de una coherencia irreprochable, que es la única especie de infamia contra la que no tenemos vacuna.

Se dirá en su descargo —siempre los hay— que al menos el hombre es coherente, y que no defiende a cualquier déspota con tal de llevarnos la contraria. Peor todavía, porque le da alas: condena al poder que atropella a la gente por el humor de uno solo, y lo condena con más dureza que nosotros. Nosotros sólo sabemos reprocharle al abusador que se pasó de la raya de la autonomía de cada quien, esa raya que cada quien traza donde le conviene. Él le suelta algo más pesado: que un poder así no es fuerte, es huérfano, y los huérfanos con ejército dan miedo. Nosotros nos indignamos en la tribuna; él juzga desde un suelo firme. Y hay que admitir, apretando los dientes, que juzgar pesa más que indignarse, aunque haga menos ruido y presente menos libros.

Ahí lo tienen. Un hombre que pregunta quién limita al poder y no se paga con espejos; que cree en un techo que nos cubre a todos justamente porque no lo clavamos nosotros; que confiesa su credo a plena luz mientras nosotros escondemos el nuestro; que nos prueba, sonriendo, que el déspota que nos quita el sueño nació en nuestra cocina; y que condena el abuso con razones más hondas que las que nos quedan a nosotros, que ya casi no tenemos razones, sólo encuestas. Un hombre que quiere la libertad tan escandalosamente en serio que se niega a dejarla colgada del aire, y exige plantarle raíces, no vaya a llevársela el primer ventarrón. Ésa es la calaña.

Llámenlo iliberal. Escúpanlo con desdén, como escupimos todas las palabras que no sabemos rebatir. Y si un mal día, al pronunciarla, la palabra les suena de pronto sospechosamente a elogio —a hombre que ata corto al poder, que no se arrodilla ante el número, que prefiere el bien de personas con nombre al aplauso de las abstracciones—, no cunda el pánico. Es sólo que se les ha escapado una oda por debajo de la diatriba. Pasa en las mejores familias. (El Líbero)

Álvaro Ferrer del Valle