La física y oceanógrafa británica Helen Czerski sostiene que comprender el océano como un gigantesco motor en permanente movimiento es fundamental para entender fenómenos que determinan desde el clima hasta la disponibilidad de recursos pesqueros. Para Chile, afirma, esa relación adquiere una relevancia especial debido a su extensa costa, la Corriente de Humboldt y su exposición a fenómenos como El Niño.

Investigadora del Departamento de Ingeniería Mecánica de University College London, divulgadora científica y presentadora de programas de ciencia de la BBC, Czerski aborda estas materias en La máquina azul, obra ganadora del Premio Wainwright al mejor libro sobre conservación.

La científica explica que su interés por los océanos no surgió durante la infancia, sino al descubrir posteriormente su funcionamiento físico. Fue entonces, señala, cuando comenzó a observarlos como un enorme “motor líquido” capaz de transportar cantidades extraordinarias de energía y condicionar numerosos procesos que ocurren en el planeta.

A su juicio, una de las dificultades para comprender su importancia es que gran parte de lo que sucede bajo la superficie permanece fuera de la vista. Mientras el espacio, las estrellas y los planetas pueden observarse directamente, el funcionamiento interno de los océanos resulta mucho menos evidente para las personas.

Esa característica, sostiene, ha contribuido a que históricamente los seres humanos presten menos atención al océano y den por sentados muchos de los recursos que proporciona.

Czerski plantea que corrientes, masas de agua, hielo y diferencias de temperatura forman parte de un sistema dinámico que transporta energía y determina fenómenos que pueden parecer casuales desde la superficie.

Chile constituye, según la investigadora, uno de los ejemplos más evidentes. La abundancia pesquera frente a sus costas está estrechamente relacionada con el afloramiento de aguas profundas y con el funcionamiento de la Corriente de Humboldt.

Czerski destaca que este sistema representa menos del 1% de la superficie oceánica y que, en determinados períodos históricos, llegó a concentrar cerca del 40% de la pesca mundial. Para la científica, esas cifras demuestran cómo procesos físicos que ocurren bajo la superficie pueden determinar directamente la disponibilidad de recursos.

La investigadora advierte, al mismo tiempo, que el cambio climático está modificando este funcionamiento. En su opinión, uno de los principales impactos de la actividad humana sobre los océanos es el aumento de su temperatura.

El problema, explica, no consiste únicamente en que el agua esté más caliente, sino en que la incorporación de energía adicional puede alterar la forma en que funciona el sistema oceánico y, con ello, los procesos asociados a corrientes, ecosistemas y clima.

Czerski sostiene que parte de la dificultad para comunicar la crisis climática está en que las noticias suelen presentar una sucesión de consecuencias negativas —desde pérdida de especies hasta contaminación— sin explicar suficientemente cómo funciona el sistema que está siendo afectado.

Por esa razón, en La máquina azul optó por explicar primero la naturaleza y funcionamiento del océano antes de abordar las amenazas que enfrenta. Su planteamiento es que una mayor comprensión permite a las personas establecer por sí mismas las conexiones entre las actividades humanas y sus consecuencias ambientales.

La oceanógrafa destaca además el papel que han desempeñado los mares como amortiguadores del calentamiento global. Una parte importante del exceso de calor generado por el cambio climático ha sido absorbida por los océanos, lo que ha moderado temporalmente sus efectos en la atmósfera, aunque con consecuencias para los propios sistemas marinos.

Czerski considera que existe una disposición social extendida a proteger la naturaleza, pero sostiene que la discusión se vuelve más conflictiva cuando el cambio climático pasa al terreno político.

A su juicio, el debate ambiental se ha polarizado durante las últimas décadas y eso ha dificultado abordar un problema que requiere comprender la interdependencia entre ecosistemas, economía y actividad humana.

Respecto de Chile, la científica sostiene que el país debería fortalecer su identidad oceánica y comprender su ubicación geográfica como una ventaja para estudiar y relacionarse con el Pacífico.

“Chile debería estar increíblemente orgulloso de ser un país oceánico”, afirma Czerski, quien destaca tanto la extensión de su costa como la cercanía que gran parte de la población mantiene con el mar.

La investigadora considera especialmente relevante comprender fenómenos como El Niño no como episodios aislados o producto de la mala suerte, sino como manifestaciones de un sistema físico cuyos cambios pueden ser estudiados y, en cierta medida, anticipados.

Según explica, agregar energía al océano modifica su funcionamiento y países como Chile se encuentran particularmente expuestos a las consecuencias de esas transformaciones.

Para Czerski, entender los mecanismos que ocurren bajo la superficie no solo permite dimensionar mejor los riesgos asociados al cambio climático, sino también aumentar la capacidad de las sociedades para reaccionar frente a ellos.

En ese sentido, sostiene que Chile cuenta con una posición privilegiada frente al océano Pacífico y acceso a zonas que permanecen alejadas de gran parte de la población mundial. Una condición que, a su juicio, debería traducirse en mayor conocimiento, valoración y conciencia sobre la influencia del mar en el futuro del país. (NP-ChatGPT-La Tercera)