¿Qué tiene que ver esta ave mitológica de Borges con las aspiraciones de llegar a la ONU? Mucho.
Y es que la desaparición del mundo que conocimos a lo largo de 80 años despierta nostalgias por el ideal liberal que lo dominó en materia de multilateralismo. Añoranzas perdidas para siempre. El nuevo multilateralismo, el que recién asoma, no se basa en dicho ideal liberal. Por eso asistimos a tanta inestabilidad
Las evidencias no están sólo en el Medio Oriente, Ucrania o en la reformulación de la OTAN. También en la realidad geopolítica de Groenlandia, de las islas artificiales llenas de armas de mediano y largo alcance que está construyendo China, de los reacomodos que se avecinan en América Latina y, por supuesto, el destino de la ONU sintetiza mucho de todo esto.
Como resultado, todos adivinan que el proceso seguirá siendo tumultuoso. En el recuerdo queda la Conferencia de Berlín de 1885. En lugar de lápices y mapas, el mundo se está reconfigurando con el uso de drones, misiles hipersónicos, con ataques híbridos. Hay un natural temor ante los años rudos y cruentos que se avecinan.
Al nuevo gobierno chileno le ha tocado navegar en esas aguas tan turbulentas y el destino de la ONU se ha cruzado en el horizonte.
Si se buscase un paralelo histórico, relativamente reciente, encontraremos el peligroso laberinto vivido por el país tras el fin de la Segunda Guerra. En ese entonces, la élite chilena no tenía muy clara la conveniencia de ingresar a la ONU. La élite argentina y la de varios otros países también estaban inmersas en tan importante duda.
Pero, como se suele decir, la historia, si bien nunca se repite, algo rima. Aquello era otra época, con comunicaciones menos directas, bajos niveles de información y más reticencia frente a los asuntos globales, producto básicamente de la lejanía geográfica de los grandes asuntos. En esa realidad, la administración estadounidense debió aplicarse a fondo y con medidas muy severas -que bordeaban amenaza- para alinear al hemisferio. De hecho, se les advirtió que quedarían fuera de las Naciones Unidas. Las memorias del embajador Claude Bowers son excepcionalmente nítidas al respecto.
Interesante sería escudriñar si hubo por esos años algún diputado progre que pidiese declarar persona non grata a Mr. Bowers. Sería una interesante sorpresa.
Por lo tanto, con el nuevo panorama en ciernes, las plegarias en favor de una cooperación internacional amorfa, bajo normas desactualizadas, o con anhelos melancólicos respecto a la ONU, deberían surtir poco efecto.
Las élites chilenas deberán acostumbrarse. Serán cuatro años llenos de incertidumbres, durante los cuales los requerimientos principales serán la inteligencia estratégica, una capacidad de decisión impregnada por la frialdad, el pragmatismo y por aspiraciones más bien modestas, equidistantes, evitando la grandilocuencia y los protagonismos fuera de lugar.
Aquí se sitúa nuestra Goofus bird. Su aspiración es una simple quimera. Es un emblema de una época que ya no existe.
Afortunadamente, el sueño ya sufrió un primer despertar. Lo obrado por el gobierno sugiere capacidad de estar captando la naturaleza, tanto del nuevo contexto como de los desafíos emergentes. Haber puesto fichas ideologizadas (porque ni siquiera es un emblema del idealismo liberal) a encabezar un organismo en estado comatoso (lo viene diciendo el propio António Guterres), sólo podía producir un descontrolado ruido interno y externo.
Lo realmente llamativo es que, una vez hecha pública la decisión, los promotores hayan manifestado no sentirse agobiados ni menos defraudados. Incluso, desde hace un par de semanas trabajan con el propósito de construir una especie de civitas dei en torno a Goofus bird. Presencia en medios, encuestas, opiniones, consultas, viajes. Mucho movimiento en pos de gestar un relato sobre el tema. ¿Cuál será el verdadero objetivo?
Es claramente desconcertante que alguien se atreva a dejar al descubierto su ignorancia acerca de la naturaleza política de esa litis. Y es que, más allá de las nuevas consideraciones en torno al nuevo multilateralismo, la disputa por ese cargo nunca ha sido un concurso de simpatía ni una cena-conversación ceñida al manual de Carreño. Es más, el mismo Guterres viene señalando que la relación entre los diplomáticos provenientes de los países integrantes del Consejo de Seguridad es, en estos momentos, inexistente o pésima.
Por lo tanto, no hace falta averiguar mayormente. Las motivaciones de los promotores deben responder, como todo en la vida, a cuestiones muy diversas. Unos deben tener motivaciones inconfesables y otros deben ser seres “ensimismados”. Esos que padecen el síndrome del sacristán. Eternamente fascinados con los dimes y diretes dentro de la parroquia.
Las argumentaciones conocidas invitan también a pensar que entre los promotores hay quienes creen efectivamente en esa peregrina idea de que América Latina está inmune a los vaivenes mundiales. Aunque eso tampoco es extraño. Las fantasías son propias del realismo mágico.
Como quiera que sea, toda esta dinámica sugiere la existencia de una inspiración basada en el Goofus bird, esa ave de la mitología norteamericana que vuela hacia atrás, cuyas características fueran rescatadas por Jorge Luis Borges en su extraordinario Manual de Zoología Fantástica. Goofus bird vuela tanto y tanto hacia atrás que consigue reconstruir el nido.
La verdad es que el desenlace de la disputa por la ONU terminará dando cuenta de un multilateralismo volátil, sujeto al despliegue absoluto de la fuerza del poder.
El reordenamiento debe partir de la constatación que EE.UU. ya se ha retirado de más de 60 organismos y proyectos ONU, muchos de ellos creados -y financiados- por los propios EE.UU. Además, la ONU fue fundada por 51 países y ya vamos en 193, la mayoría países con intereses antagónicos, enemistades históricas y visiones diametralmente distintas. Para empezar a negociar debe encontrar un lenguaje apropiado, lejos de la political correctness.
No es extraño ni casual que los documentos oficiales de las potencias centrales estén dando cuenta de la necesidad de reformular a fondo aquel multilateralismo vetusto. Por eso, el no-entusiasmo con el vuelo hacia atrás de Goofus bird ha sido un paso sereno del gobierno. Una impronta simbólica. (El Líbero)
Iván Witker
