La influencer española María Pombo —muy popular en Chile— osó decir, hace unos meses, que leer “no se le daba”. “Hay que empezar a superar que hay gente a la que no le gusta leer. Y encima no sois mejores porque os guste leer”, dijo. Ardió Troya y recibió todo tipo de reacciones, desde un tajante “lo siento, pero sí, somos mejores”, hasta horribles calificativos, como “hija de Satanás”.
Bueno, estoy en las antípodas de María Pombo. No solo por su esplendorosa melena o sus 3,4 millones de seguidores en Instagram. A diferencia de ella, me encanta leer. La lectura de un buen libro queda en mi memoria como un tiempo feliz. Recuerdo el gozo de leer “Patria” (de Aramburu) mientras llovía en el sur. O “Nunca me abandones” —de Ishiguro— junto al mar. Y “Cien años de soledad” durante esas eternas vacaciones de juventud.
Pero entiendo el punto de Pombo. Tampoco creo que leer nos convierta, necesariamente, en mejores personas. Sí está bastante estudiado que la lectura acarrea importantes beneficios cognitivos, como fortalecer la memoria, ampliar el vocabulario y hasta —según algunos— favorecer un mejor raciocinio cerebral.
Dos miradas sobre este tema, la del famoso crítico John Ruskin y la del escritor Marcel Proust, son presentadas por Flora Champy —de la universidad de Princeton— en una reciente publicación. Ruskin defendía que leer grandes libros constituye una herramienta moral: nos educa y nos aleja del materialismo. Proust, según Champy, se aparta de esa idea moralizante. Los libros nos ayudan a sentir la vida con más intensidad y matices, pero no a ser “buenos” en el sentido moral.
Concuerdo con que leer nos puede proteger de las narrativas simplistas. Pero no siempre. Igual que en las redes sociales, uno puede quedarse en una cómoda burbuja, escogiendo solo lecturas que afirmen nuestras convicciones y gustos. Y claro, se publican libros buenos, pero también muchísimos mediocres o malos, que no aportan nada (o de frentón pueden dañar). Para complejizar las perspectivas personales, también hay opciones como ver documentales y películas, oír audiolibros o escuchar música, entre otras posibilidades.
Lo que molesta, más allá de la discusión sobre la lectura, es que ciertas personas o grupos —sea porque lean, porque andan en bicicleta, porque hablan en difícil o porque son actores de teatro (con excepciones, por cierto)— se sitúen en un pedestal, dictaminando tajantemente lo que es bueno o malo para la sociedad. Son los que hablan de proteger “LA CULTURA” con voz impostada, sin admitir la posibilidad de diálogo o discusión, dueños de una superioridad moral irrebatible.
Bien nos vendría una mayor flexibilidad y apertura a nuevas fórmulas, a la hora de abordar temas complejos y relevantes en el ámbito de la cultura, como la continuación del GAM, la protección del patrimonio arqueológico o el financiamiento de distintas iniciativas culturales (algunas excelentes, otras nefastas, como hemos visto). Entablar un diálogo constructivo, que se aleje de la superioridad moral y de la amargura de quienes se pasan la vida quejándose de “este país”. (El Mercurio)
Elena Irarrázabal
