Hace un par de años, un reel dio la vuelta al mundo: el republicano Spencer Cox y el demócrata Wes Moore, gobernadores de Utah y Maryland respectivamente, reconocían que los separaban temas tan controversiales como la ideología, la raza o la ruralidad, y que discrepaban apasionadamente en muchos asuntos políticos; pero que eso no los hacía enemigos ni permitía desacreditar la opinión del otro. “La política es importante, pero no nos debería definir ni menos destruir las amistades”, rezaba una de las líneas del video.
Esta frase me ha marcado especialmente, al recordar cómo el debate se destruyó exponencialmente a partir del 18 de octubre de 2019, y también al reflexionar lo que muchos de los que bordeamos las cuatro décadas hemos recibido de boca de nuestros padres: durante la UP o tras el golpe de Estado, la fragilidad política era tan inestable que simplemente uno no podía tener amigos “del otro sector”.
Fue tanto lo que me gustó el video, que lo compartí en mis redes sociales, y un amigo dedicado a la producción audiovisual —curiosamente adversario mío en términos políticos— me dijo que podríamos buscar a los Cox y Moore chilenos y hacer algo similar acá. Le dije que lo veía muy difícil; la polarización está demasiado instalada en Chile y hay poca movilidad para salir de ese pantano.
Hasta que apareció el documento de los alcaldes Jaime Bellolio (UDI) y Tomás Vodanovic (FA), en el que nos invitan a pensar en los próximos 30 años.
En esta misiva, publicada en formato breve en El Mercurio, pero cuyo documento extenso ya ha comenzado a circular por redes sociales, los autores reconocen que, a pesar de estar en arenas políticas distintas, son capaces de buscar ciertos mínimos comunes. Y aunque el documento no cuenta con la chispeza y la parafernalia yanqui del video de los gobernadores, es por supuesto un avance. Y tiene muchas gracias.
La primera de ellas es que ha dejado a pocos sin opinión. Y, de hecho, a los que opinan, se les puede agrupar en tres grandes grupos: están por un lado los que, como yo, celebramos el documento y esperamos que no quede sólo en el papel, sino que logre un lento pero decisivo cambio en nuestra cultura política. Luego están los del “sí, pero”: valoran la idea en abstracto, aunque presentan serias dudas de llevarla a la práctica, por la desconfianza hacia “los contrarios”. Y finalmente están quienes consideran el documento una soberana tontera. Son quienes creen que los consensos están sobrevalorados y que, cuando se tiene el poder, hay que avanzar sin transar, porque tarde o temprano se perderá. Para ellos, cualquier concesión al adversario es una derrota.
Hay otra gracia: deja registro. Las palabras se las lleva el viento; los documentos, aunque tampoco estén escritos en piedra, obligan al menos a cierta consistencia posterior. Por eso fue notable la pregunta que Eduardo Sepúlveda, director de este medio, le hizo a Vodanovic en Tolerancia Cero: el espíritu de la carta es diametralmente opuesto al comportamiento que tuvo el FA durante el segundo gobierno de Piñera, cuando incluso intentaron destituirlo mediante una acusación constitucional. Vodanovic respondió que habían aprendido la lección. Y eso hay que destacarlo. Que quede por escrito.
Una tercera gracia está en el número: son siete temas. Un amigo me decía el fin de semana que, si hubieran elegido uno o dos, el mensaje habría tenido más fuerza. Creo exactamente lo contrario. Uno o dos asuntos no construyen una agenda. Siete, en cambio, sí. El siete, además, es buen número para la comunicación política. Probablemente nadie recuerde mañana cuáles eran los siete puntos, pero puede ayudar a instalar la idea de que existen siete temas en los que la izquierda y la derecha pueden ponerse de acuerdo. Y eso tiene fuerza por sí mismo.
Y ya que hablamos de números, la última gracia es que el documento tiene como horizonte, los próximos 30 años. Acá es imperativo hacer el paralelo con el “no son 30 pesos, son 30 años”. Con la perspectiva que entrega el tiempo, quizás una de las lecciones de aquel atribulado período fue precisamente valorar esos 30 años: crecimiento económico, reducción de la pobreza y avances sociales, pero también una convivencia política donde hubo discrepancias profundas sin convertir al que pensaba distinto en alguien que debía ser eliminado de la conversación.
Por eso es sugerente que Bellolio y Vodanovic nos propongan fijar el horizonte en los próximos 30 años. No para idealizar los anteriores, sino para preguntarnos qué cultura política queremos construir hacia adelante.
En Free Market Fairness (2012), el politólogo de Brown John Tomasi intenta conciliar dos tradiciones que suelen mirarse con desconfianza: la justicia social, asociada a la izquierda, y el libre mercado, asociado a la derecha. En la introducción cuenta algo todavía más interesante: señala tener amigos de izquierda y de derecha, no “a pesar” de que piensen distinto, sino precisamente “porque” piensan distinto. Sus argumentos, críticas y perspectivas —dice— han sido indispensables para construir su propia visión; prescindir de cualquiera de ellos habría mutilado parte de su reflexión.
Quizás de eso se tratan los próximos 30 años. No de pensar igual, ni de renunciar a las convicciones, sino de descubrir que el que piensa distinto puede tener algo que aportar. Y que Chile podría sonar bastante mejor si volvemos a escuchar en estéreo. (El Líbero)
Roberto Munita
