Durante estas últimas semanas, en el escenario latinoamericano se entrecruzan, por un lado, la desesperación de la cúpula cubana por encontrar alguna válvula de escape a sus angustias y, por otro, las imploraciones en los ambientes latinoamericanos proclives a aquel régimen para que la presidente de México, Claudia Sheinbaum y el de Brasil, Lula da Silva discurran algún tipo de salvataje.

Un ruego claramente irrealizable. Pese a la afinidad y a los malabares de ambos mandatarios para ganar tiempo y tratar de superar el momento “gris y amargo”, los dados están echados.

No sólo la quirúrgica operación estadounidense en Caracas para extraer a Maduro y la la dura presión sobre quienes pretendan regalarle combustible al régimen de La Habana, sino también un conjunto de elementos domésticos, han cambiado sustancialmente la situación. Ahora se sabe que las advertencias de Washington van en serio y que el desfonde de la otrora famosa revolución cubana es de tal magnitud, que el desenlace no sólo es inminente, sino también irreversible. Lo único que queda por determinar son algunas de las formas que moldearán la transición.

Surgen entonces legítimas interrogantes acerca del trasfondo que tiene la dupla Lula/Sheinbaum para intentar salvar el experimento de los Castro. También vale la pena reflexionar acerca de sus capacidades para maniobrar en pos de algo que huele a gatopardismo.

En primer lugar, por mucho entusiasmo que muestren, ni Brasil ni México están en condiciones de regalar los 22 mil barriles de petróleo diarios que Venezuela donaba este último tiempo y que actuaban como una especie de equipo de respiración artificial de la distopía cubana. Menos aún de reponer los más de cien mil barriles que le regalaba en los años de bonanza chavista. Ni México ni Brasil se pueden convertir en una segunda Venezuela, país que, una vez desaparecida la URSS, se convirtió en la joya de la corona para los Castro. Por eso, muchos, partiendo por Brasil y México, prefieren hablar de “asistencia humanitaria”.

Luego, hay una poderosa razón doméstica cubana. El deterioro del régimen es de tal magnitud que las posibilidades de re-estabilizarlo responderían más bien a un milagro. La imposibilidad de proveer productos básicos a la población es ahora absoluta y la obsolescencia de sus infraestructuras críticas también. Importante es añadir el hartazgo de la población, reflejado en una estampida migratoria sin parangón. Esta, por sí sólo, constituye un factor de enorme inestabilidad. Las autoridades del régimen admiten algo escalofriante. Más de un millón de personas han abandonado el país estos últimos cinco años. Cifras con mayor credibilidad indican más de dos millones.

En definitiva, se divisa un cuadro dramático a ser visto en clave política. Por ejemplo, descartar una “destrucción shumpeteriana”, para un posterior renacer vigoroso -como ocurre en el capitalismo- es inexistente en regímenes comunistas. No hay antecedentes que avalen tal posibilidad. La práctica indica la irreformabilidad de estos regímenes.

¿Cuál sería entonces la motivación de las maniobras gatopardistas de Sheinbaum y Lula?.

Por un lado, cuestiones generales, como sentirse depositarios de las imploraciones de los nuevos y viejos admiradores del régimen cubano. Por otro, hay algo de pulsión histórica en cada uno. Diferenciada, por cierto, aunque son dos dialectos de una misma lengua.

Por otro lado, tanto ella como él reconocen los límites que tienen sus maniobras. El principal es el Zeitgeist. Como políticos curtidos captan que sus deseos colisionan con las nuevas realidades internacionales.

En Lula se advierte el fuerte dolor personal de esta encrucijada. Fue socio de Fidel Castro. Incluso, debe haber sentido afecto personal al verlo ya decrépito, captando la fragilidad de la vida. Para él, como para muchos, era una figura inextinguiblemente carismática y robusta.

El ya octogenario mandatario brasileño debe reconocer también otro límite, fijado por su propia trayectoria. Nunca fue un guerrillero, sino un líder sindical y un muy astuto dirigente político. Prefirió el sistema electoral y no algún “foco insurreccional”. Como político cazurro intuye los costos de un involucramiento excesivo. Hipotecar su legado con un salvataje sin destino no le debe parecer buena idea.

Luego, Lula enfrenta límites estructurales. Pronto hay elecciones presidenciales en Brasil y su victoria no está asegurada. Tampoco están los tiempos para generar más desequilibrios regionales graves.

En suma, un cuadro letal, que invita a morigerar las pulsiones y preferir el camino de una diplomacia inocua. Actuar de forma subterránea y plegarse a los esfuerzos por suavizar la desarticulación de la elite castrista.

Para Claudia Sheinbaum, en cambio, las cosas se presentan algo distintas. Sabe que, a diferencia de Lula, no puede permitirse el más mínimo error de cálculo. Pese al estupor, está consciente de lo que significa para su país la reconfiguración del orden hemisférico que propugna Trump y entiende que debe jugárselas por entero a favor de una especie de convivencia pasiva con todos.

Luego, hay un dato histórico relevante. MORENA no es el Partido de los Trabajadores. A diferencia del brasileño, el partido de AMLO y Sheinbaum se reconoce heredero de esa extraña conducta del viejo PRI hacia la revolución cubana. Se asumen hijos de una época durante la cual se tejió mucha intra-historia; esa con trasfondo poco mensurable. El PRI, amparado en cuestiones domésticas, forzó la mantención de relaciones diplomáticas con la Cuba de los Castro, pese a lo acordado por la OEA. Siguen llevando en el corazón episodios claves, como la organización del Granma en México y el exilio de Fidel Castro, tras ser amnistiado por Batista en 1956. En MORENA ha anidado una entrañable nostalgia por los inicios de la revolución cubana. Es esa visión mítica (y mística) la que los incita a un gatopardismo, aunque sea obligadamente soft.

En síntesis, Brasil y México terminarán aceptando la idea de cambios transicionales tutelados, y que la tragedia cubana desembocará en cambios sustanciales, renunciando al gatopardismo, que es como la ciencia política define aquellas maniobras destinadas a propiciar cambios vacuos. Como se sabe, el origen del término es una novela y una película, donde un perro llamado Bendico, que había sido embalsamado, es lanzado por una ventana, como símbolo de un pasado que niega a irse y adopta la forma de un leopardo jaspeado (un gatopardo).

A estas alturas, muy pocos reniegan lo evidente. La revolución cubana se marchitó de manera definitiva y la isla se prepara para una transición más parecida a la venezolana que al desplome apoteósico de Europa central en 1989. (El Líbero)

Iván Witker