El próximo lunes se cumplirán 150 días del nuevo gobierno. Ya hizo un ajuste de gabinete, reforzó su déficit en seguridad y combate a la delincuencia, tuvo tiempo de marcar diferencia en control migratorio, enfrentó de manera razonable su primera emergencia climática y aprobó en el Congreso su reforma estrella para retomar el crecimiento económico.
Sin embargo, la adhesión al gobierno continúa deteriorándose. Las cifras de julio en Cadem para el presidente Kast son las peores: 37% de aprobación -5 puntos menos que en junio- y 59% de desaprobación, 6 puntos más que el mes pasado. Los números de Panel Ciudadano UDD son similares (34/56), 3 puntos peor en aprobación y rechazo respecto de junio y a 15 puntos porcentuales de la cifra de aprobación del 24 de marzo. Las cifras de Criteria este fin de semana son casi idénticas: 34% de aprobación y 55% de desaprobación.
La misma tendencia muestra Pulso Ciudadano de Activa Research en su última encuesta quincenal, 25,6% de aprobación (era 30,5% en junio y 47,5% en marzo) y 58,9% de desaprobación, 5,6 puntos más que en mayo pasado. Los niveles de apoyo no son todavía críticos, pero su tendencia es descendente, a pesar del cambio en seguridad, las acciones en migración y el éxito político en su reforma económica.
La luna de miel del presidente Kast fue incluso más breve que la del expresidente Boric, pues a la tercera semana ya Cadem marcaba una desaprobación por sobre su aprobación. La decisión de traspasar a la población el alza del petróleo de una sola vez provocó el distanciamiento crítico de buena parte de quienes habían respaldado al presidente Kast en segunda vuelta contra la candidata que representaba la continuidad del gobierno anterior, pero en lugar de remontar a medida que logra éxitos políticos, continúa retrocediendo en respaldo ciudadano.
Es que le ha hecho mucho daño al gobierno de Kast el desorden provocado por su diseño inicial que puso el control político y de gestión gubernamental en el segundo piso y no donde radica el poder formal. La salida de más de 30 autoridades nacionales y regionales han mostrado un gobierno que repite amplificada la inexperiencia y el amateurismo en el que precisamente se esperaba marcara diferencia con el gobierno anterior.
Ha quedado en evidencia, además, la necesidad de un elenco de ministros empoderados, protagonistas, con agenda propia, que tomen riesgos, con agenda y ambiciones propias, mostrando el craso error de un diseño de segundo piso fuerte y ministros ordenados detrás de su conducción. Doce de las veintidós autoridades ministeriales registran niveles de conocimiento inferiores al 40% en la encuesta Criteria y el gobierno no es protagonista de la conversación pública por sus iniciativas en los distintos ámbitos de su gestión.
Tampoco consiguió que la ley de Reconstrucción, foco principal de la agenda de estos meses, tuviera respaldo mayoritario, a pesar de que el crecimiento económico y el empleo están hoy compitiendo con la seguridad en el orden de prioridades ciudadanas. Hasta ahora el gobierno va perdiendo la batalla comunicacional, pues para la mayoría la reforma está orientada a favorecer a las grandes empresas y los altos ingresos como pregona la oposición, y no a favorecer la inversión y el empleo, como plantea el gobierno.
El vocero indiscutido de la reforma, sindicado por la gente, además, como el ministro más influyente del gobierno, es la autoridad que concita mayor rechazo y uno de los más reducidos niveles de aprobación. Sin duda que la popularidad del ministro y su reforma han empujado hacia abajo la valoración del gobierno.
Es cierto que la vecindad política latinoamericana se ha tornado más amable y acogedora para el gobierno de Kast. Bolivia, Colombia y Perú se han sumado a Argentina en la ola de triunfos electorales de derecha, la administración venezolana intervenida por Estados Unidos muestra ya sus primeras señales positivas en su relación con Chile y los países gobernados por la centroizquierda -Uruguay y Brasil- prefieren el pragmatismo chileno a la radicalización ideológica trasandina.
Pero el principal respaldo internacional del presidente Kast, presidente del país que el canciller define como “nuestro aliado estratégico”, ha deteriorado significativamente su posición en Chile. Cadem esta semana reporta que sólo 22% tiene una imagen positiva de Donald Trump y que apenas al 14% le parece que a Chile le conviene privilegiar a EEUU como socio estratégico.
Esto se agrava con la decisión de Trump de imponer aranceles a los productos chilenos, anulando el efecto positivo para el gobierno de Kast de los cambios políticos en el vecindario. Porque deja en evidencia la inutilidad práctica de la cercanía política al presidente estadounidense. La caída de popularidad de Trump impacta también en la adhesión al gobierno.
Por último, aunque la agenda gubernamental esté concentrada en los temas de mayor interés y respaldo ciudadano, las distintas voces en la derecha que se disputan el rol de DJ generan una cacofonía que anula la comunicación del gobierno, con Kaiser y los Nacional Libertarios picando como tábano desde el extremo derecho y con Republicanos que no termina de asumir su condición de principal partido de gobierno distorsionando el posicionamiento de una gestión que se quiere pragmática y enfocada en las prioridades ciudadanas, pero su identidad termina distorsionada por los suyos y le da verosimilitud al propósito opositor de que sea identificado como un gobierno de ultraderecha, respecto del cual la única conducta posible sea la cerrada y radical oposición.
Es evidente que remecer el avispero de la nacionalización de empresas públicas, plantear obstáculos para la aplicación de la ley de aborto en tres causales o introducir el debate sobre una ley de indulto general para los crímenes de lesa humanidad, aunque no sean respaldadas activamente por el gobierno, como provienen del partido del Presidente o de la formación política que éste considera ideológicamente más cercana, contaminan la identidad del gobierno.
Porque los gobiernos no sólo son identificados por lo que hacen, sino también y a veces mucho más por lo que dicen. Piensen en el gobierno de Boric, que objetivamente en su segunda fase desarrolló una importante batería de acciones legislativas y de gestión contra la delincuencia y, sin embargo, la falta de convicción de parte importante de los suyos, impidió que capitalizara mínimamente su trabajo en ese ámbito.
De pronto pareciera que no pocos olvidan que el triunfo de Kast no correspondió a un desplazamiento ideológico tectónico de la sociedad chilena, sino más bien al acierto del concepto de gobierno de emergencia, con foco en seguridad, crecimiento económico e inmigración, comprometiendo no incursionar en los asuntos valórica e ideológicamente y divisivos y que el 58,2% de la segunda vuelta contiene una franja decisiva que votó contra la continuidad del gobierno de Gabriel Boric.
Las opciones planteadas son quizás demasiado polares, pero los números son tan categóricos que nos sirven para ilustrar el efecto potencial de tomar uno u otro camino en la disyuntiva entre poner foco en las prioridades populares o embarcarse en la batalla cultural (77% vs 9%) en Cadem) y entre gobernar de manera más pragmática o más ideológica (80/8).
Atrincherarse privilegiando la respuesta a la demanda de la tribu puede servir para ganar o mantener la presidencia de un partido, pero es perfectamente inútil y contrario al propósito de conseguir mayorías para gobernar el país.
Entiendo que el gobierno no pierde aún la templanza porque puede vivir con respaldos de un tercio y rechazo mayoritario, como lo demostró el gobierno de Boric, y a diferencia de éste, enfrentará su primera medición electoral en 27 meses más, por lo que tiene un tiempo razonable para intentar hacerse cargo de estos problemas. Claro que, como también lo mostró el gobierno precedente, cuando se consolida un juicio sobre la identidad de un gobierno entre los chilenos, modificarlo es una tarea titánica. (Ex Ante)
Pepe Auth
