Conversando hace un tiempo con un abogado chileno, autor de varios libros superventas y una de las figuras de la nueva derecha (cuyo aporte al debate ha sido valioso), entendí qué hay detrás del estilo político que va extendiéndose en todo el mundo, también en Chile: “compartimos los principios, pero ustedes serán arrasados porque los han defendido con buenos modales”.
En representantes de las nuevas izquierdas y derechas se instaló como sinónimo de liderazgo y arrojo el comportamiento indecoroso, la retórica violenta, no pocas veces la vulgaridad.
Para los primeros, la cortesía es una expresión burguesa, una trampa para que nada cambie y se mantengan los privilegios. Para los segundos, los buenos modales y la búsqueda de entendimiento son una concesión cultural al progresismo y una señal de sometimiento, propias de la excesiva convivencia con el adversario (los rechazos oficialistas a la acusación constitucional contra el exministro Grau fueron interpretados por sus impulsores como muestra de “amistad” con la izquierda).
Si antes la impugnación a la autoridad estuvo en las tomas de liceos, servicios públicos y hasta la mismísima sede del Congreso en Santiago (año 2011, inolvidable y preámbulo de lo que vendría años después), hoy es la actitud matonesca en las salas del Congreso. Funcionarios de parlamentarios encima de otras autoridades grabando los momentos estelares de sus empleadores con un teléfono. Empujones, lienzos con consignas, gritos y bombos en el recinto de un poder del Estado.
Les ha costado a algunos parlamentarios comprender la diferencia entre ocupar un escaño y una silla en los streaming, donde se ejercitaron largo rato en malos modales y “valentía”. Una senadora opositora decía hace poco no estar dispuesta a “hablar bajito para no molestarlos”, cuando se le llamaba al orden por una intervención destemplada contra el Gobierno en la Sala.
Desde luego en Chile no hemos inventado la rueda. Hay un largo y hasta sabroso registro de malos modales fuera de nuestras fronteras. Las bromas ordinarias, la desmesura impúdica, la retórica burlesca de Donald Trump. El desaliño y una boca que escupe odio de Pablo Iglesias. Los insultos en discursos oficiales y el ataque a los medios de Javier Milei. Los innumerables episodios de Gustavo Petro, que abochornan incluso a los propios.
El comportamiento en política no se remite a una cuestión de mera forma. Mantener el código de austeridad y reserva cuando se entra y, sobre todo, cuando se sale de un gabinete expresa respeto a la institución presidencial y a la responsabilidad que se ejerció. Fundar una posición frente a debates importantes para el país con serenidad, un discurso inteligente y actitud respetuosa con el adversario demuestra convicción, no debilidad. La bravuconada, la retórica ramplona y para la galería esconde el vacío de contenido. Sí, es poco frecuente que los malos modales se asocien a personajes que hayan dejado huellas por su liderazgo, legando a Chile pensamiento y obras.
Jaime Guzmán, que sigue inspirando a una nueva generación en las derechas, veía en la templanza un deber político. Su estilo para debatir era implacable en contenido, educado en el trato. Es reiterada su apelación a la dignidad del adversario, su rechazo a la demagogia y a “los impulsos meramente emocionales”, que consideraba los primeros síntomas de la decadencia de un proyecto político.
El carácter y las convicciones se prueban en el decoro y la sobriedad; en el atuendo apropiado para la dignidad que está representándose; y en el respeto a los códigos que han cruzado siglos y siguen respetándose en las democracias más sólidas. Los buenos modales nunca pasarán de moda, porque en ellos se expresa el auténtico coraje que exige la vocación pública. (El Mercurio)
Isabel Plá
