Gran debate se ha producido acerca de un proyecto de ley que exige que una madre, para disponer el aborto del hijo que lleva en su seno, debería primero, como condición necesaria, escuchar los latidos del corazón de este último. Muchos son los que han estimado que esta condición es atentatoria contra la libertad de la madre para decidir acerca del futuro de esa criatura. Incluso han afirmado que establecer esta condición es una verdadera tortura para la madre y que a esta le correspondería la posibilidad de ordenar el aborto sin sujetarse a ningún requisito previo.
Recuerda este debate a aquel que se produjo cuando Galileo Galilei, en la Italia de la primera mitad del siglo XVII, corroborando lo que había enseñado Copérnico, concluyó que la Tierra giraba en torno al sol y no viceversa como se creía hasta entonces. Fue grande el escándalo que suscitó con sus afirmaciones, lo que lo llevó a invitar a sus detractores a que observaran por su telescopio los movimientos de los planetas que corroboraban su tesis. Pero, fueron muchos los que se negaron, porque no querían reconocer sus errores. ¿No sucederá lo mismo con quienes se niegan a escuchar los latidos del corazón del hijo que se desarrolla en el vientre de su madre? Si, de verdad, oírlos puede constituir una tortura para la madre es porque ellos constituyen una prueba fehaciente de la vida de quien está en su interior y de su condición de hijo de ella misma.
Pero, más allá de los latidos, la solución a este problema va por otro camino. Hoy, más que nunca, necesitamos en Chile que aumenten los nacimientos. Nuestra comunidad, de la cual esa madre es parte, tiene por lo mismo el deber de ayudarla y no permitir que nunca se den las condiciones que la induzcan a inferir la muerte a su hijo.
Cada nacimiento es un triunfo para todo el país y, la pérdida de un niño o de una niña que se gesta en el seno de su madre, es una derrota para todo el país. Derrota tanto más grave, por cierto, si ella es provocada por un acto que da muerte a esa criatura. No lo permitamos en nuestra patria y, por eso mismo, hemos de hacer de la protección y acompañamiento de las madres una causa que nos convoque a todos. Que nunca lleguemos a necesitar una prueba como la de oír los latidos de la criatura que lleva en su seno. ¡Viva la vida! (El Líbero)
Gonzalo Ibáñez
