La semana pasada, en una entrevista radial muy difundida en redes sociales, Carlos Peña criticó la condescendencia de periodistas y panelistas frente a sus entrevistados. El rector de la Universidad Diego Portales se guardó poco: cuestionó, con su forma sofisticada, los paneles, las conversaciones con tono familiar y el análisis superficial que, según él, impera en los medios de comunicación.

El juicio tiene bastante de cierto. Muchos espacios están dominados por grupos de amigos que deciden, en función de la amistad y no del mérito, sobre qué o quién debe hablarse. Un ejemplo son algunos libros muy comentados en los medios que son poco leídos y comprados en la práctica.

Esas conductas, sin embargo, son parte de algo que trasciende los medios de comunicación. En realidad, son tendencias que se observan y se replican en nuestra élite: un grupo medio endogámico, que muchas veces prefiere evitar hacer cosas por temor a sus consecuencias, o que cuando se atreve a hacerlas, después no está dispuesto a asumir sus efectos. Nuestra capital, insinuó alguna vez Luis Orrego Luco, es una casa grande.

El rector Peña advierte bien el asunto: en los espacios de decisión y opinión de este país, todos se conocen. Por lo mismo, criticar a alguien o algo suele traer aparejados costos personales. En Santiago no se acepta la crítica, porque siempre es recibida como un ataque directo que ofende la honra de la persona en cuestión o como un juego de intereses. Sumemos, además, que somos el país del chaqueteo por la espalda: preferimos que se nos enrojezcan las orejas a que alguien nos encare de frente y con nombre y apellido. Es preferible hacer oídos sordos que presenciar vergüenzas. ¿No?

Desde luego, en este asunto de las opiniones condescendientes hay de todo. Aparecen envidias, rencores, aprecio y admiración sinceros. La cosa es que muchos analistas se mueren por conseguir aquello que llaman “influir”, cuando, en verdad, desean estar en los espacios para ser vistos (“salir en la foto”).

El anhelo es ser famoso e influyente antes que elaborar un diagnóstico original. Lo delicado es que ese analista desea ser parte de una élite que, en ocasiones, debe tener la libertad de criticar. Y el pago por aparecer es mantenerse en silencio frente a algunos actos. Entonces, la pregunta es si se está dispuesto a romper con la tendencia.

Los condescendientes descritos por Peña forman (a veces de manera tácita) una especie de club que se reserva el derecho a la admisión. Son personas que, en virtud de sus redes u otras características, logran destacar por algo y pertenecer al círculo. Este proceso es casi fundacional de nuestra nación y fue descrito con maestría por Jenaro Prieto en El socio, recientemente editado por Planeta.

El personaje principal de esta novela es un sujeto desadaptado que entra al mundo de los negocios, es decir, a la élite de su época. En ese momento, nota cómo su lenguaje, sus jergas y sus actos empiezan a cambiar: para ser vistos por los demás como un igual, debe imitarlos mientras se da cuenta de que tampoco eran tan hábiles como pensaba.

La uniformidad, en efecto, es la característica del condescendiente. Por eso, ven las mismas series, películas y obras, leen los mismos libros y frecuentan los mismos restaurantes y cafés. ¿Quién no ha ido a comer al Baco en ciertos días y horas? Si usted no ha ido, entonces todavía le falta para ingresar al Jet-Set.

El problema para la discusión pública es que esas dinámicas absorbentes tienden a homogenizar la opinión y eso provoca que, en alguna medida, los análisis y los temas terminen siendo semejantes. Basta con leer las columnas sabatinas o dominicales. Salvo notables excepciones, las miradas son casi idénticas y quienes se atreven a disentir suelen ser reconocidos por su estilo, pero muchas veces a costa de algunos sacrificios. Estas personas que parecen insoportables son, paradójicamente, las más encantadoras.

Así como Julián Pardo, el personaje de Jenaro Prieto, algunos se han percatado de que pueden alcanzar esos lugares, pero que nunca serán iguales. Solo los Rock&Pop son Rock&Pop y solo los CQC son CQC. Una salvedad excéntrica de alguien que logró ingresar a un espacio distinto tal vez sea el Marqués de Cuevas en el siglo pasado; aunque, de todas maneras, lo llamaban “Cuevitas”. La paradoja es que se puede entrar en tales dinámicas sociales con la salvedad de que uno siempre se sentirá un extraño. Allí, como dice la canción de Sumo, es mejor no hablar de ciertas cosas. (Ex Ante)

Álvaro Vergara