El Presidente de la República es una vieja criatura bicéfala. En él conviven dos instituciones: el Jefe de Gobierno y el Jefe de Estado. El primero, a grandes rasgos, conduce la política interna y, el segundo, protege la unidad y la continuidad del Estado. A veces, sin embargo, estas almas pueden entrar en conflicto y quien encarna la investidura debe intentar conciliarlas. La tarea es difícil y los errores se pagan caro. Para peor, no hay medias tintas: o se logra mantenerlas en armonía, o terminarán destruyendo su legado.

Por eso Alberto Edwards tenía razón cuando en la Fronda aristocrática, sostuvo que el Presidente debía erigirse por sobre el conflicto y los grupos de presión internos. Él era el único capaz y legitimado para hacerlo, porque encarnaba la República. El Jefe de Estado debía ser más astuto que quienes participaban en las pugnas y no dejarse dominar por interesados. Nuestro Oswald Spengler criollo advirtió que un Presidente sometido a esos intereses y rapiñas terminaría realizando actos en beneficio de unos pocos poderosos o de minorías particularmente ruidosas.

Es cierto que los últimos cuatro años tuvimos un Presidente que sucumbió precisamente a aquello y terminó, como un ciudadano más, enfrascado en la fronda. Gabriel Boric buscó entrar en conflicto directo con el presidente de los Estados Unidos, fue un tuitero del conflicto en Medio Oriente y, de vez en cuando, increpó incluso personalmente a sus adversarios. Su obsesión en esas recriminaciones fue el partido de la oposición que le colaboró: la UDI. En múltiples ocasiones, Boric no comprendió su rol de Jefe de Estado, aunque sí el de Gobierno; de hecho, tal vez abusó de este último. Su exceso fue creer que su nombre y apellido estaban por encima de la investidura, y eso debilitó su administración.

En otras palabras, el expresidente Boric nunca logró conciliar las dos almas presidenciales. Eso explica, en parte, por qué muchas personas lo terminaron viendo como un hijo con buenas intenciones. Nunca pudo representar, como diría Octavio Paz, a la figura del “padre” presidencial: ese que protege y cuida a su nación.

Sin embargo, la investidura presidencial es superior al mismo Boric, al Frente Amplio, al Presidente Kast, a los Republicanos o a cualquier proyecto partidista. Pasaron colectividades de todo tipo y color, pero el Presidente, como animal bicentenario, se mantiene y entremezcla con los orígenes de nuestra República. Los chilenos, de alguna manera, se representan en él y tienen razón en hacerlo: es el elegido de la única votación directa de Arica a Magallanes y, al mismo tiempo, es a quien se le responsabilizará por la mayoría de las decisiones del Estado, aunque algunas le excedan. En otras palabras, es la concentración pura de la soberanía popular.

Debido a esa naturaleza e historia, siempre se le recriminará al Presidente de la situación nacional hasta en los detalles más particulares: desde la dificultad para encontrar trabajo hasta la falta de multicanchas en un barrio determinado.

Es cierto que José Antonio Kast mostró, durante años, una actitud directa y confrontacional. Y la izquierda, campeona del victimismo y espantada de recibir el mismo trato, sigue (y seguirá) sacando rédito de la suma de esas actitudes. Hasta ahora, el Presidente actual parece haber comprendido que, como Jefe de Estado, sus actos deben estar envueltos de una prudencia superior a la de cualquier otro acto de la política cotidiana. El Presidente Kast, en la victoria o la derrota, debe recordar siempre su rol: contribuir a la conciliación nacional como Jefe de Estado.

Para conseguir esa difícil tarea cuenta con diversas atribuciones exclusivas, como los decretos para actuar de urgencia, el manejo de las relaciones internacionales y, por supuesto, los indultos, que se han vuelto a poner de moda con el anuncio de algunos posibles para uniformados. El Presidente Boric aprobó los suyos entre gallos y medianoche y, le perdonó la pena a delincuentes que se aprovecharon del estallido social para hacer de las suyas; incluso uno de ellos fue detenido después en un intento de secuestro.

La advertencia, entonces, es clara: el Presidente Kast debe estudiar y meditar esos indultos con predisposición de Jefe de Estado y no de Gobierno, aprobando solo aquellos que sean justificados y que sirvan efectivamente para recomponer la paz y la concordia. Este tipo de actos son los que distingue a los presidentes de Estado de los presidentes politiqueros. Los primeros ponen la continuidad de la República y la concordia nacional a su proyecto político; a los segundos, en cambio, valoran más su propio nombre y apellido que su cargo. (Ex Ante)

Álvaro Vergara