La acusación constitucional en contra del exministro de Hacienda Nicolás Grau, impulsada por el Partido Nacional Libertario y apoyada por el Partido Republicano, terminó por volverse en contra de las derechas, tal como fue advertido por sus detractores del mismo sector. Se profundizaron las diferencias entre las dos derechas y las recriminaciones cruzadas, al punto que el Presidente Kast decidió intervenir e invitar a los timoneles de los partidos oficialistas a una reunión de coordinación en La Moneda.

Buscando superar el episodio, una de las conclusiones extendidas luego del encuentro ha sido la de intentar avanzar en la configuración de una coalición entre los partidos del sector, incluido el Libertario de Johannes Kaiser, que hoy se encuentra fuera del gobierno. La apuesta podía parecer auspiciosa, pero el propio interpelado en una entrevista concedida a La Tercera el fin de semana, respondió con un portazo. Conviene detenerse en sus declaraciones, pues más allá de su negativa, en sus declaraciones se asoma algo que excede el problema de coordinación y que revela diferencias más profundas.

La posición del PNL durante estos meses ha sido paradójica: habiendo decidido permanecer fuera del gobierno del partido con el que compartió lista parlamentaria, no ha querido sin embargo renunciar a la pretensión de incidir en su conducción. Así, critica desde la comodidad de su llamada “oposición amigable” y, a la vez, pretende fijar el ritmo al Ejecutivo y que no sea Chile Vamos –que sí forma parte del gobierno– quien lo haga. Kaiser alega en su entrevista que una de las razones para no sumarse al oficialismo es que ellos están en política para defender principios claros, algo que no estarían haciendo con suficiente vehemencia los partidos de gobierno, perpetuando un déficit histórico de una derecha reducida, a su juicio, a la mera representación de intereses. Ahora bien, convendría recordarle al excandidato que es su mismo partido el que en otras oportunidades ha operado en una lógica transaccional, llegando a exigir cuestiones para apoyar al gobierno en materias que ellos supuestamente auspician.

A partir de su crítica a la derecha por no defender suficientemente sus principios, el timonel libertario aclaró que lo que ellos entienden por gobernabilidad difiere con la posición de los partidos oficialistas. Esta no consiste, afirma, en alcanzar acuerdos, sino en implementar el poder recibido para avanzar una agenda, de manera que acordar no sería propiamente ejercer poder. La afirmación tiene valor por su franqueza, pero tiene también dificultades: un país no se conduce jugando al todo o nada, porque ese juego desemboca con frecuencia en confrontación y parálisis (como acaba de comprobarlo la fallida acusación a Grau). Dado que Kast ganó a partir de un programa con el que se comprometió, debe ser algo flexible para adaptarse a las circunstancias y así lograr sacarlo adelante. Además, quienes le dieron sus votos en diciembre pasado no se convirtieron necesariamente a un ideario de derechas, sino que valoraron una promesa de orden en todas sus dimensiones, y esa promesa no se cumple con intransigencia ni estridencia.

Pero las diferencias, que hasta ahora parecen más de método, se van mostrando de a poco más profundas, como reconoce el propio Kaiser al distinguir dentro de la derecha a conservadores, socialcristianos y liberales/libertarios, admitiendo que son visiones no siempre compatibles. En sus palabras, los conservadores no necesariamente son anti estatistas, mientras que los libertarios quieren “sacar al Estado de la vida de las personas”. Pero ellos siempre han sabido que Kast es un conservador y que proviene de una matriz que, si bien es más liberal en lo económico que sus aliados de Renovación Nacional, sí tiene inspiración socialcristiana, y, por ende, es menos escéptico de la acción estatal que los libertarios. Otra cosa es que varios republicanos tengan –en la práctica– más afinidad con las ideas de Kaiser, pues, al fin y al cabo, su colectividad es una escisión del Partido Republicano.

Estas corrientes dentro del sector difieren en la relación que tienen con el Estado, en la centralidad del individuo y en su concepto de libertad. Y es ahí donde el libertarianismo cae en la ilusión de dar por sentadas las condiciones —económicas, políticas o materiales— que hacen posible el ejercicio de la libertad, cuando en realidad aquellas deben construirse y defenderse, a veces con la ayuda del Estado. Como bien advertía el pensador francés Raymond Aron al discutir con Hayek (aunque este no fue propiamente un libertario), para que una sociedad sea libre, antes tiene que ser sociedad. En esa convicción, precisamente, se distingue un gobierno liberal-conservador de uno libertario; pero el partido de Kaiser sí puede aportar desde su visión al gobierno actual en varios de los temas prioritarios para este, sea la economía, el empleo o la seguridad.

En conclusión, lo que demuestra lo ocurrido la semana pasada es que la empresa de coordinación que está trabajando el gobierno con los diversos partidos de las derechas no será fácil. De ahí que lo decisivo en este ciclo sea el liderazgo del Presidente Kast y su capacidad de articular a un sector disperso en una coalición que esté a la altura de cumplir lo prometido en campaña. Para ello, todos los sectores y partidos del oficialismo tendrán que adaptarse y ceder en algunas cuestiones, pero de eso se trata construir un proyecto de mayorías y de largo plazo para Chile. (El Líbero)

María Asunción Poblete