Los efectos de las guerras alrededor del mundo están finalmente llegando a América Latina. El presidente Luiz Inácio Lula da Silva, de Brasil, anunció la semana pasada la necesidad de fortalecer las Fuerzas Armadas y elevar la inversión militar ante las tensiones geopolíticas globales.
La tensión no solo proviene de la guerra en Europa, también están las guerras en Medio Oriente, la creciente actividad militar china en el Pacífico y, desde luego, la inusual presión de la Casa Blanca, incluyendo el curioso caso de la incursión estadounidense en Venezuela, todo lo que ha contribuido a darle forma a este nuevo entorno donde la única certeza es que veremos un incremento sustancial en los presupuestos de defensa.
Lejos de espantar y lamentarse, hay que actuar y encauzar, pues de ser bien aprovechada esta inercia, sus recursos podrán ser encauzados a fortalecer procesos de producción, investigación científica, desarrollo tecnológico, educación, industrialización y digitalización, y dejarán de ser solo “gasto” militar.
Brasil es el único país latinoamericano que presenta un caso de éxito en cuanto al desarrollo de su industria de defensa. La Base Industrial de la Defensa (BID) brasileña está compuesta por tres tipos de entidades: 1) grandes paraestatales encargadas del desarrollo de tecnología y producción de armamento para uso casi exclusivo nacional, 2) compañías privadas que buscan internacionalizarse y 3) subsidiarias extranjeras, que buscan un pedazo del pastel local, así como beneficiarse del talento e innovación brasileña.
La BID brasileña no es nueva; ha sido producto de una serie de políticas lanzadas en la década de los sesenta, encaminadas a fortalecer la soberanía tecnológica del país.
Para los años 70, comenzó a exportar productos de calidad aceptable a precios competitivos y para los años ochenta se convirtió en proveedor significativo de algunos de los principales consumidores de armamento en el Medio Oriente. Libia e Irak (sí, Muammar y Saddam), Arabia Saudita, Egipto e Irán fueron sus principales clientes. Hacia finales de la década, la calidad de sus productos pasó de aceptable a competitiva, abriéndose mercado en Francia y Reino Unido.
En los 90, la BID brasileña enfrentó una tormenta perfecta compuesta por crisis económicas, el final de la Guerra Fría y la transformación de sus principales clientes en férreos enemigos de Occidente, y algunas de sus compañías naufragaron.
Con el nuevo milenio y el pragmatismo radical de Mangabeira Unger, el filósofo encargado de reorganizar el primer gabinete de Lula da Silva, vino una rearticulación de necesidades y una reorganización de la BID. Se crearon una serie de incentivos fiscales para promover su resurgimiento y que los grandes corporativos brasileños establecieran presencia en el sector y sirvieran de motor para fomentar la investigación, desarrollo y producción. Se lanzaron programas para construir familias de vehículos militares, helicópteros, aviones de carga y combate, fragatas, submarinos convencionales y nucleares. La BID brasileña ha comenzado nuevamente a reencontrar sus mercados: apalancados en Europa y Medio Oriente, pero buscando penetrar también en África y América Latina.
El caso de éxito de la BID brasileña tiene mucho que ofrecer para países como México, que lejos de ser bélicos, tienen una infraestructura industrial desarrollada y que necesitan articular políticas para enfrentar este momento histórico en que la inversión en defensa no sólo es relevante sino necesaria. (El Heraldo de México)
Íñigo Guevara Moyano
Director de la Compañía de Inteligencia Janes
Profesor adjunto Universidad de Georgetown-Washington DC
