A inicios de la década de los ’90 el colapso de Unión Soviética tuvo dramáticas consecuencias para la economía cubana, largamente beneficiada por el envío regular de petróleo crudo, el que fue descontinuado después de 1991. Esa grave decisión dio lugar a lo que se conoce como el “período especial” en Cuba, una severa crisis económica en la isla como resultado de una caída del PIB del 36% entre 1990 y 1993. Los efectos fueron devastadores para los cubanos: apagones constantes, colapso del transporte y, sobre todo, escasez de alimentos. De pronto, la inseguridad alimentaria se convirtió en una impensada realidad en la isla. El recrudecimiento del embargo estadounidense en 1992 sólo vino a empeorar una situación que a poco andar se volvió crítica.

Simultáneamente, al otro lado del mundo la China comunista de Deng Xiaoping iniciaba una profunda reforma para adoptar la economía de mercado, dando lugar a un acelerado proceso de modernización capitalista que ha llevado al país asiático a convertirse en una potencia económica, lo que logró sin renunciar al sistema comunista de partido único que concentra el poder político sin división de los poderes del Estado.

Resulta inevitable imaginar qué habría sido de Cuba de haber seguido ese camino hace poco más de tres décadas, en lugar de persistir en la “revolución” que para entonces se había vuelto insostenible. De haber emulado al comunismo chino, abriéndose a la economía de mercado sin renunciar al sistema político comunista, el país caribeño pudo haber gozado casi con toda seguridad del bienestar social de una economía pujante y hasta, quizás, pudo convertirse en un paraíso económico de la región, aprovechando a fondo el potencial turístico y su cercanía con la principal potencia mundial. Aunque sin libertades políticas ni democracia -las mismas que han brillado por su ausencia en casi 70 años- los cubanos pudieron haber evitado, de haber seguido el ejemplo chino, las previsibles consecuencias de las políticas económicas más obtusas que pudieron implementarse en país alguno durante más de medio siglo-.

Es difícil exagerar la magnitud de ese desatino histórico de los Castro, que terminaría definitivamente por hundir a la revolución. El problema fundamental al que se enfrentaron -como crear riqueza en forma sostenida- fue deliberadamente eludido porque el libre mercado, y el capitalismo que le es consustancial, chocaba de frente con el irreductible anticapitalismo que profesaba y proclamaba a los cuatro vientos Fidel Castro.

La llegada de Hugo Chávez a la presidencia de Venezuela en febrero de 1999 no hizo otra cosa que invisibilizar por un tiempo esa falencia manifiesta. Millones de barriles de petróleo subsidiados fluyeron por años desde Maracaibo a La Habana hasta que ese excepcional beneficio comenzó a menguar debido a la grave crisis económica de la propia Venezuela, que hizo imposible la continuidad de los envíos al ritmo de sus mejores años.

¿Qué relación tiene la revolución cubana con nuestro país como para merecer un espacio en esta columna? Una que salta a la vista: su enorme influencia sobre generaciones de jóvenes chilenos que la vieron -y no pocos aún la ven- como el camino a seguir, inspirados sobre todo por el anticapitalismo radical del castrismo. La concepción de Fidel Castro respecto del capitalismo -una «selva» depredadora que genera desigualdad, pobreza, destrucción ambiental y explotación- se convirtió en el relato fundante de la izquierda chilena, y también de la mayoría de las izquierdas latinoamericanas. La profunda reforma económica que impuso el Partido Comunista chino en los noventa, que a todas luces debió ser el modelo a seguir, estaba demasiado lejos para competir con la épica de la “revolución”. Le faltaba justamente ese ingrediente esencial que inflama a los corazones jóvenes: la épica del asalto al Cuartel Moncada y la imagen del Che Guevara. Y le sobraba mercado y capitalismo, justo lo que la ideología revolucionaria había convertido en su primerísimo anatema.

La “revolución terrible” es la prueba fehaciente de la eficacia extraordinaria y temeraria que puede adquirir un relato sostenido por décadas, contra viento y marea, resistiendo hasta las últimas consecuencias -la ruina de una nación- el duro test de la evidencia y, todavía más, de la realidad. Y es que como escribió el intelectual comunista francés Regis Debray en su libro «Crítica de la razón política» de 1981, «una idea no es eficaz porque ella sea verdadera, sino por ser creída como tal». (El Líbero)

Claudio Hohmann