La ultraizquierda se articula. Los rostros más emblemáticos del gobierno del Frente Amplio y el Partido Comunista reaparecen con fuerza, elevando el tono de sus críticas contra el gobierno del Presidente Kast. Boric abandona el silencio, Vallejo vuelve a la primera línea y el Frente Amplio cierra su último Congreso Ideológico reafirmando su adhesión al proyecto socialista y eligiendo como presidenta a Gael Yeomans, exmilitante de las Juventudes Comunistas. Y, como no podía faltar, desempolva una vez más su propósito de superar el neoliberalismo.
Hace algunos días mencioné que la izquierda se iba a articular para atacar al gobierno del Presidente Kast y a nuestras ideas. No era una simple acusación, sino una constatación política. Tiene todo el derecho a reorganizarse, ejercer oposición y defender sus convicciones. Lo importante es que observemos con atención las señales que está dando sobre el proyecto que pretende volver a impulsar.
Más relevante que su reafirmación socialista y su ya obsesiva ofensiva contra el neoliberalismo es la conclusión que el Frente Amplio extrae de su paso por La Moneda: “los cambios profundos no dependen solo de un gobierno”, sino de construir “una fuerza social y política” capaz de sostenerlos. La autocrítica, entonces, no recae sobre el contenido y la vigencia de sus propuestas, sino sobre su capacidad para reunir el poder necesario para materializarlas.
Algo que Boric ya anticipaba tras el contundente triunfo del Rechazo: “pretendimos ir más rápido que el pueblo”, pero las “transformaciones duraderas deben ser abrazadas por grandes mayorías”. La lectura resulta inquietante: no fueron ellos quienes se alejaron de la ciudadanía; fue el pueblo el que iba demasiado lento para sus transformaciones.
Una idea que recuerda inevitablemente aquella controvertida afirmación de Giorgio Jackson sobre una “escala de valores y principios” distinta de la generación que los antecedió, convertida entonces en símbolo de la pretendida superioridad moral del Frente Amplio. No concluyeron que debían renunciar a su proyecto refundacional, sino que necesitaban acumular el poder suficiente para materializarlo.
Hace algunos días, en Uruguay, Boric llamó a la izquierda a no “bajar las banderas”, criticando lo que denominó el “fanatismo por la moderación”. Cabe preguntarse, entonces, cuáles son esas banderas que la ultraizquierda insiste en enarbolar. La respuesta está a la vista: las mismas que inspiran su proyecto refundacional y que la ciudadanía ya conoció de cerca durante el proceso constituyente y rechazó tajantemente hace cuatro años.
El 4 de septiembre no se definía un gobierno circunstancial; lo que estaba en juego era algo mucho más profundo: un modelo de sociedad. Y esa, precisamente, es la batalla cultural.
De ahí se entienden sus otras conclusiones: volver al “territorio”, fortalecer municipios, ampliar su base electoral, disputar la seguridad y mejorar su comunicación. El fin permanece; lo que están cambiando son los medios para alcanzarlo. No están revisando su ideología; están perfeccionando la estrategia para imponerla.
Por eso llama la atención escuchar a Camila Vallejo advertir sobre una supuesta deriva autoritaria y pérdida de libertades. Resulta difícil recibir esas lecciones de quien llamó a Fidel Castro “un gran visionario”, consideró sus reflexiones una “carta de ruta” y afirmó que Hugo Chávez había dado “una lección de dignidad y humanidad al mundo”.
Además, milita en un Partido Comunista cuyo presidente, Lautaro Carmona, reafirmó hace apenas unos meses su “carácter leninista”. Bienvenida su preocupación por los límites al poder. Ojalá sea permanente: en Santiago, Caracas y La Habana; con Kast, Boric o quien gobierne. La libertad es un principio, no un argumento a conveniencia.
Mientras el Ejecutivo gobierna, la izquierda vuelve al “territorio”, modifica su lenguaje, estudia cómo ampliar su base social y busca recuperar la hegemonía perdida. Su objetivo no es simplemente volver a La Moneda, sino construir el poder político y social que reconoce que le faltó para llevar adelante su proyecto. Ellos están estudiando nuestras victorias. Nosotros no podemos limitarnos a administrarlas.
La disputa por la hegemonía de las ideas nunca termina. Las elecciones definen quién llega al poder. La batalla cultural determina los principios sobre los que se construye una sociedad. Y esas mayorías se gestan mucho antes de una elección: en universidades, medios, redes sociales, cultura, poblaciones, regiones y conversaciones cotidianas. Precisamente los espacios que el Frente Amplio quiere volver a disputar.
Los autodenominados “progresistas” siguen presentando como novedosas fórmulas que la historia ya ha puesto a prueba. Nosotros, en cambio, debemos defender con orgullo las ideas de la libertad, que han sido fuente de prosperidad y desarrollo para las sociedades que las han abrazado: la propiedad privada, el libre mercado, el Estado de derecho, el emprendimiento, la responsabilidad individual, una sociedad civil fuerte y un Estado limitado pero eficaz.
Pero esa misma historia también nos enseña que no podemos confiarnos: ninguna conquista de la libertad es definitiva. Ronald Reagan lo advirtió con claridad: “la libertad nunca está a más de una generación de desaparecer”.
La ultraizquierda se está articulando. Ha revisado su estrategia, no sus convicciones. Sería imperdonable que la derecha, después de los avances alcanzados, se olvidara de las suyas. (Ex Ante)
Mara Sedini
