En el desierto de Atacama, la minería vive un momento de bonanza. La alta productividad y los buenos precios internacionales sostienen una parte importante del Producto Interno Bruto de Chile. Se avecinan inversiones millonarias y debemos estar preparados para transformar la renta extractiva minera en un legado territorial permanente para las regiones mineras.

Esa riqueza convive con una herida abierta: las regiones mineras exhiben un desarrollo escaso y una calidad de vida gravemente afectada por las externalidades de la actividad. Somos un gran hub minero, industrial y de servicios de calidad global, y valoramos las inversiones de la industria y su aporte al desarrollo. Este no es un alegato contra la minería. Es un reclamo a favor del desarrollo de las regiones mineras y de su gente; es la petición de una buena vecindad. Aspiramos, legítimamente, a recibir una parte justa del bienestar que nuestro suelo genera para el país.

ESPACIOS DE FLUJO O LUGARES CON IDENTIDAD Y AFECTIVIDAD

Hoy, las ciudades de las regiones mineras se han transformado en una extensión del patio de operaciones de la industria, con todas sus externalidades. El geógrafo Yi-Fu Tuan propone distinguir entre el espacio abstracto y medible, donde ocurren los flujos —productos, dinero, personas, cargas—, y el concepto de lugar: ese mismo espacio cargado de simbolismo, afectividad, compromisos, confianza, experiencia y memoria. Marc Augé llamó «no lugares» a los sitios de tránsito anónimo —aeropuertos, autopistas— donde nadie construye identidad. Edward Relph advirtió sobre la «carencia de lugar» que provoca la estandarización.

Así vive el norte minero. Hemos sido tratados como espacios de operación, nodos logísticos y campamentos de paso, no como «lugares» con valor simbólico. Es la lógica del enclave: dentro de la faena, estándares tecnológicos de nivel mundial; hacia la ciudad, las externalidades: polvo, contaminación, congestión y una carestía que ahoga a las familias. No hay compromiso territorial.

La conmutación laboral agrava la herida. En los territorios mineros, un tercio de los trabajadores son foráneos: llegan en avión a cumplir sus turnos y regresan a sus hogares en otras regiones. Su gasto, su inversión y sus tributos se van con ellos. Demandamos compensación. La paradoja es brutal: esto afecta nuestros servicios. A modo de ejemplo, tenemos aeropuertos saturados de vuelos para trabajadores de faena, incluso directos a Concepción, mientras los habitantes del norte carecemos de conexión aérea directa entre nuestras ciudades vecinas. Lo viven Antofagasta, Iquique, Arica, Calama y Copiapó: para conectarse entre sí hay que pasar por Santiago.

EL CUERPO SIN ALMA

Hay una paradoja elocuente: se firman contratos, circulan flujos financieros y se levantan obras, pero los territorios siguen subvalorados, sin identidad y en franco deterioro. El problema no es de ingeniería ni de dinero.

En el ámbito privado, falta compromiso de los directores y ejecutivos de la minería, la industria y los servicios con nuestras comunidades. En el ámbito público, existe un centralismo aplastante y una influencia política asimétrica que genera odiosos privilegios en la distribución de la riqueza minera, sin la debida reciprocidad con las zonas que la producen.

Los territorios mineros son tratados como enclaves: espacios de flujo y circulación destinados a la operación. Pero, sin alma, no hay compromiso con su desarrollo humano ni con su identidad. El alma —la emoción, la empatía, la pertenencia— no se decreta ni está en cátodos, ánodos o concentrados. Se cultiva con identidad, respeto, vínculos, confianza, solidaridad y reciprocidad. Hoy, la relación entre la minería y su entorno es de irrespeto, edulcorada con simples medidas de mitigación.

CENTRALISMO FISCAL Y PROMESAS INCUMPLIDAS

Los tributos que genera el norte viajan más de mil kilómetros hacia la capital. Las comunas acomodadas de Santiago, donde se asientan las casas matrices y residen los ejecutivos, disfrutan los rendimientos del cobre sin padecer la escasez, el alto costo de la vida, las externalidades de la industria ni la saturación de los servicios.

Existen avances —patentes mineras, royalty, instancias locales—, pero la pregunta sigue abierta: ¿son suficientes, oportunos y proporcionales? La responsabilidad social empresarial debiera comprometerse con el desarrollo del territorio; sin embargo, suele reducirse a donaciones asistenciales y eventos de imagen. Obras sin alma.

También cabe la autocrítica. La gestión regional y municipal de los recursos exige mayor excelencia: planificación, visión prospectiva y participativa, y mejores proyectos estructurales. Se requiere fiscalización, pero esta funciona precariamente. No se aprecia un control efectivo sobre las autoridades por parte de los fiscalizadores por excelencia —diputados, consejeros regionales y concejales—. La cultura del mérito ha sido secuestrada; hasta ahora ha primado la motivación político-partidista, que ha traído corrupción y mediocridad en el uso de los recursos públicos.

CAPITAL SOCIAL Y RECIPROCIDAD: EL AYNI

James Coleman demostró que los mismos recursos rinden frutos distintos según el grado de confianza, diversidad y compromiso de sus redes. Robert Putnam mostró la estrecha relación entre participación cívica y bienestar. Pierre Bourdieu añadió el concepto de capital simbólico: sin participación comunitaria, las obras carecen de legitimidad. Invertir en educación y salud es vital para generar capital humano y capital social.

Las culturas andinas del norte nos ofrecen una lección viva: el ayllu, la comunidad, y el ayni, la reciprocidad. Dar y recibir sostiene la red social; no es una deuda contractual, sino un compromiso de mutuo cuidado y respeto. Desde el Vivir Bien andino, Javier Medina recuerda que el bienestar radica en el equilibrio de las relaciones. Todo recurso extraído exige una devolución equitativa. Extraer sin restituir rompe el ciclo del cuidado mutuo y siembra resentimiento.

EL DESARROLLO EQUILIBRADO Y ARMÓNICO NO ES UNA UTOPÍA

El Índice de Desarrollo Humano, basado en el enfoque de capacidades asociado a Amartya Sen y posteriormente desarrollado también por autores como Martha Nussbaum, permitió superar una mirada exclusivamente económica del bienestar. Pero los indicadores cuantitativos no siempre reflejan la calidad de los vínculos sociales ni el sentimiento de pertenencia. Las obras también deben medirse por la comunidad que ayudan a sostener.

La experiencia internacional ofrece modelos que buscan una mayor reciprocidad entre explotación de recursos y desarrollo territorial. En Canadá existen acuerdos de impacto y beneficios entre compañías y comunidades indígenas que pueden contemplar empleo local, participación económica y otras compensaciones. En Australia, el marco del título nativo otorga derechos de negociación a pueblos originarios frente a determinados proyectos. En Suecia, el traslado de sectores de Kiruna debido a la expansión minera ha incorporado procesos de planificación destinados a preservar elementos de la identidad y el patrimonio urbano.

UN NUEVO PACTO

Las regiones mineras pedimos un nuevo pacto público-privado: que nuestras ciudades tengan estándares de calidad acordes con los exigidos dentro de las faenas; que exista arraigo laboral y oportunidades para la población local; que mejore la conectividad entre nuestras ciudades, y que la administración pública esté comprometida con la excelencia y con una fiscalización efectiva del uso de los recursos públicos.

Esto requiere aunar voluntades y ejercer un liderazgo capaz de movilizarlas. Ese es el llamado. El norte no pide caridad ni favores. Pide reciprocidad justa y legal por la riqueza que aporta al país.

Queremos que la minería siga creciendo, pero con alma: que sus beneficios también permanezcan entre quienes habitan, sueñan y resisten en el desierto. Si las promesas siguen incumplidas, los diagnósticos dóciles darán paso a la movilización social.

Aún estamos a tiempo de que, además de procesar minerales y multiplicar capacidades en el hub minero, transformemos el enclave en lugar, y el lugar en comunidad.

Carlos Cantero Ojeda

Geógrafo, máster y doctor en Sociología