El intercambio de cartas entre Carlos Huneeus y Eugenio Tironi merece ser leído con atención porque obliga a revisar uno de los grandes mitos de la transición: la pretensión de que una generación habría “moldeado” el Chile contemporáneo.

La expresión no es inocente. Revela una concepción elitista de la política: la creencia de que un pequeño grupo puede moldear un país y luego atribuirse el mérito de su historia. Hay en esa afirmación una dosis de soberbia tan antigua como el MAPU. Las naciones no son arcilla en manos de sus gobernantes; son comunidades vivas que construyen su historia mediante el esfuerzo, las convicciones y los sacrificios de millones de personas.

Carlos Huneeus habla de una “generación fracasada”. Comparto ese juicio, aunque por razones complementarias. No fracasó solamente porque abandonó el marxismo o terminó administrando el modelo económico que antes combatía. Fracasó porque renunció a una política inspirada en ideales y terminó negando ese derecho a las generaciones siguientes. Es probable que esa imposición tenga mucho que ver con el rechazo que hoy millones de chilenos sienten hacia la política y los partidos.

La generación del MAPU no moldeó un país. Moldeó una élite: extraordinariamente eficaz para ocupar posiciones de influencia y proporcionar a la derecha económica el intelecto y la sofisticación política de la que históricamente había carecido.

Hay, además, una continuidad difícil de ignorar. Cuando eran el sector más radicalizado de la izquierda estaban convencidos de conocer el rumbo que debía seguir Chile. Hoy el discurso es distinto, pero la premisa parece ser la misma. Cambiaron las ideas y las alianzas, pero no la convicción de pertenecer a una minoría llamada a conducir al resto del país.

Quizá esa sea su verdadera herencia. No haber moldeado un país, sino haber instalado una cultura política donde el poder dejó de ser un medio para realizar ideales y pasó a convertirse en el ideal mismo. (El Mercurio Cartas)

Guillermo Pickering de la Fuente