La próxima semana tengo invitados a comer varios días y estoy planificando los menús. Para variar, a uno de los grupos —de confianza— le tocará un confit de canard en versión ensayo. Para no improvisar del todo, llamé a mi querida tía, una eximia cocinera. No me dio una receta paso a paso. Me habló de tiempos, de texturas, de errores comunes y de señales que solo se aprenden haciendo. Ahí está la diferencia: no todo aprendizaje cabe en un manual.
Siempre me ha intrigado cómo aprenden los adultos. Es distinto de lo que solemos asociar a los “ambientes de aprendizaje”: una sala, un profesor al frente, una exposición, comentarios y contenidos que se acumulan. Quizás los MBA fueron de los primeros en entender que el uso de casos y simulaciones, que permiten experimentar en entornos controlados, equivocarse y aprender no solo del error propio, sino también del ajeno, son formas de aprendizaje que dejan huella.
Pero ¿cómo se aprende sin un MBA o un curso formal? ¿Cómo se ingresa a un trabajo nuevo y se aprende realmente cómo se hacen las cosas, cuál es la política interna, qué procesos importan y qué no tolera la cultura? En teoría, ese aprendizaje debiera estar mediado por el jefe directo o por una inducción estructurada. En la práctica, los datos muestran que las inducciones son breves y poco sistemáticas, que los jefes se desentienden rápido y que quien llega queda sentado sobre una balsa que se mueve según el oleaje. O aprende o se ahoga.
Sabemos que repetir tareas y obtener feedback es clave para consolidar habilidades. También sabemos que las organizaciones eficaces fijan hitos y metas de aprendizaje semanales o mensuales para medir avances. ¿A cuántos de ustedes les ha pasado algo así al cambiarse de trabajo? A mí, pocas veces. Y eso que tuve jefes extraordinarios. Me habría servido un plan de 30, 60 y 90 días para conocer políticas, practicar procesos y empezar a agregar valor. Tuve inducciones, que no se malentienda, pero hoy las miro entendiendo que fueron más parte del “tarea cumplida” que de un verdadero proceso de entrega y traspaso de conocimiento.
Y una vez dentro de la organización, ya sintiéndose cómoda en el rol, viene la siguiente trampa: creer que ya aprendimos suficiente. En un mundo obsesionado con la inteligencia artificial, se habla mucho de qué tareas serán reemplazadas. Se habla poco de lo verdaderamente irremplazable: la capacidad de aprender cosas nuevas cuando nadie te las enseña. De moverte entre disciplinas incómodas. De entender biología si vienes de las matemáticas, o comprender las ciencias si vienes de las artes; en definitiva, de hacer el esfuerzo cognitivo de cruzar fronteras. Este aprendizaje es clave.
Mi tía —que además tiene Instagram (@jacquelinerecart)— comparte su conocimiento sin manuales y con recomendaciones simples. Te corrige, te pregunta, te induce a afinar el criterio. Ayer me sugirió acompañamientos para el confit de canard que jamás habría encontrado buscando en internet. No es magia: es experiencia bien transmitida.
Aprender de alguien que ya recorrió el camino sigue siendo un privilegio. Pero más todavía lo es aprender a aprender sola, sin instrucciones claras y sin aplausos. Esa habilidad subestimada —mucho más que cualquier título— es la que decide quién flota… y quién se hunde. (El Mercurio)
María Olivia Recart



