La presión militar de China sobre Taiwán suele considerarse una antigua disputa entre ambas orillas del estrecho, como si sólo concerniera a Taipei, Beijing y Washington. Sin embargo, el verdadero peligro no radica únicamente en la posibilidad de una invasión. El Partido Comunista chino ha perfeccionado un método para someter a países más débiles: cuestiona su soberanía, combina presiones militares, económicas y políticas, y luego presenta los hechos consumados como parte irreversible de un nuevo orden. Taiwán es su laboratorio más visible, pero difícilmente será la última víctima.
De Taiwán a los países vecinos
El 20 de julio, Filipinas denunció que efectivos de la Guardia Costera china golpearon con un bastón e hirieron a un marino filipino cerca del banco de arena Second Thomas, conocido en Manila como Ayungin. Días después, embarcaciones chinas volvieron a utilizar cañones de agua y maniobras peligrosas para expulsar naves filipinas de las cercanías del arrecife de Scarborough. Beijing sigue desconociendo el fallo arbitral de 2016 que rechazó sus pretensiones sobre gran parte del Mar de China Meridional y actúa como si esas aguas ya estuvieran bajo su jurisdicción.
Casi simultáneamente, un destructor chino realizó por primera vez ejercicios con fuego real dentro de la zona económica exclusiva reclamada por Japón, mientras Beijing volvía a efectuar maniobras militares cerca del estrecho de Taiwán.
No se trata de tres episodios aislados, sino de distintas versiones de una misma estrategia. Bonny Lin y otros investigadores de la RAND Corporation han advertido que China ha probado algunas de sus tácticas de “zona gris” contra Taiwán antes de aplicarlas en otros escenarios. La zona gris es el espacio ambiguo entre la paz y la guerra: un cañón de agua no es un misil, una guardia costera no es una armada y un ejercicio militar no equivale formalmente a un bloqueo. Así, el país agredido difícilmente sabe cuándo y cómo responder.
La intimidación no siempre llega en buques de guerra
Beijing adapta sus instrumentos a cada país. Contra Taiwán, Filipinas o Japón puede emplear barcos, patrullas y ejercicios militares. Frente a Estados más distantes utiliza el acceso a su mercado, las inversiones, el aislamiento diplomático o la influencia política.
Un análisis publicado por Foreign Affairs recuerda que China ha castigado económicamente a países que mantienen vínculos con Taiwán o apoyan la democracia en Hong Kong. Por su parte, el especialista estadounidense en China y América Latina R. Evan Ellis advierte que el peso económico chino lleva a dirigentes políticos y empresariales de la región a evitar ciertas palabras y decisiones para no poner en riesgo sus negocios.
En buen chileno, no siempre es necesario dar un portazo; a veces basta con insinuar que la puerta del mercado chino puede cerrarse. Beijing no necesita enviar buques de guerra a América Latina para conseguir que algunos gobiernos terminen respetando sus líneas rojas.
El dilema de Washington
La estrategia china también aprovecha las limitaciones de Estados Unidos. Si Beijing atacara abiertamente a Taiwán o Filipinas, Washington podría verse obligado a intervenir. Pero si recurre a patrullajes, cañones de agua, maniobras militares o sanciones económicas selectivas, resulta difícil que Estados Unidos arriesgue una guerra por cada provocación.
China puede así negociar con Washington mientras altera gradualmente la realidad sobre el terreno. Estados Unidos, sin embargo, tampoco resolverá el problema exigiendo a América Latina que se aleje de China sin ofrecer alternativas creíbles en comercio, inversión y financiamiento. La región no necesita alinearse ciegamente con ninguna potencia, pero sí evitar que una dependencia excesiva termine vaciando de contenido su autonomía diplomática.
Taiwán no es una excepción lejana
La principal lección de Taiwán para América Latina no consiste solamente en calcular si una guerra afectaría al hemisferio sur. Lo fundamental es comprender cómo el PCCh concibe la soberanía de los países más pequeños. Cuando Beijing define algo como parte de sus “intereses fundamentales”, pretende que otros Estados ajusten su lenguaje, su diplomacia e incluso sus decisiones económicas.
Si el mundo acepta que la intimidación contra Taiwán es un simple “asunto interno” chino, también estará aceptando que una gran potencia decida qué países merecen ejercer plenamente su soberanía y cuáles deben limitarse a obedecer. Hoy se intenta silenciar a Taiwán. Mañana podría ser cualquier nación que se niegue a entregar el control de un puerto, sus datos, sus recursos minerales o su independencia diplomática. América Latina tampoco está al margen. (Red NP)
Andrés Liang
Analista en política internacional y relaciones Asia-Latinoamérica
