Han pasado apenas cuatro meses y medio desde que asumió el Gobierno, y ya comienzan a aparecer señales de ansiedad dentro de las propias fuerzas que contribuyeron a instalarlo. Primero fue el Partido Nacional Libertario (PNL), con iniciativas como «Escucha tu Corazón» o algunas indicaciones a la megarreforma; y ahora también es el Partido Republicano de Chile (PRC), al instalar el debate sobre una eventual privatización de Codelco.

Lo peor, algo que quizás no alcanzan a ver los partidos, es que esta impaciencia por marcar una agenda propia, muchas veces alternativa al Ejecutivo, cuando éste recién comienza puede ser nociva para el buen desarrollo del gobierno. Quiero exponer tres razones para pensar en ello.

La primera es que esta ansiedad programática dificulta el relato. Kast fue elegido prometiendo un Gobierno de emergencia, concentrado en devolver seguridad, reactivar la economía y ordenar el Estado. Era una narrativa simple y potente: priorizar lo urgente antes que embarcarse en las grandes discusiones ideológicas. Sin embargo, cuando los propios partidos que lo respaldan (por más que uno esté formalmente en la oposición) intentan instalar temas que dividen al país y que estaban lejos de esa promesa inicial, terminan debilitando el principal activo político del Gobierno: su capacidad para controlar la agenda.

La segunda es que constituye una estrategia bastante miope. Iniciativas como éstas no sólo tensionan la relación con la oposición, sino que también vuelven a dividir a la propia derecha en debates en los que es difícil que el Ejecutivo obtenga réditos políticos. Mientras tanto, la izquierda observa el partido desde la galería, con un paquete de cabritas en la mano, viendo cómo sus adversarios discuten entre ellos sin necesidad de intervenir.

Finalmente, este comportamiento instala la sensación de que algunos partidos ya están pensando más en el escenario post-Kast. Y esto es algo tremendamente nocivo para un gobierno, especialmente en su primer año: hoy todos los partidos deberían estar enfocados en fortalecer la administración que ayudaron a construir, y no en la próxima campaña. Desde la década de los 70 se habla de la teoría de la «campaña permanente» (idea atribuida a Caddell y luego a Blumenthal), pero hoy, 50 años más tarde, esa lógica ha terminado por colonizar prácticamente toda la actividad política. El problema es que, cuando la competencia interna comienza demasiado temprano, el riesgo es evidente: en el intento por posicionar nuevos liderazgos, algunos podrían terminar debilitando precisamente el liderazgo que hoy les permitió llegar al poder.

Hace un par de años, el psicólogo Jonathan Haidt popularizó el concepto de «la generación ansiosa» para describir a una generación marcada por la inmediatez, la sobreestimulación y la dificultad para esperar. Por supuesto, él se refería a los actuales adolescentes, pero el mismo juicio se puede hacer de la actual generación política. La ansiedad por instalar temas, diferenciarse y comenzar desde ya la próxima campaña puede terminar desordenando y haciendo insignificante el presente. Porque si los que se consideraban pilares de un Gobierno comienzan a disputar el protagonismo, el riesgo no es sólo desviar la agenda; es torpedear el mismo proyecto que ayudaron a construir. (El Líbero)

Roberto Munita