En días recientes se dio a conocer un estudio sobre el estado de la democracia en el mundo que no trae buenas noticias para el régimen político a cuyo amparo han progresado todos los países que consideramos desarrollados. Esa y otras investigaciones sobre la materia revelan que en la actualidad la democracia pasa por uno de sus peores momentos en décadas.
De acuerdo con el V-Dem Institute —que estudia la variedad de las democracias en el mundo—, apenas un 7% de la población mundial vive bajo un régimen de democracia liberal. Por su parte, la Unidad de Inteligencia de la revista The Economist estimó el año pasado que solo 25 naciones disfrutaban de una democracia plena. Lo que muchos en Chile dan por descontado, esto es, que el régimen democrático del que gozamos ininterrumpidamente desde 1990 sería una incuestionable normalidad —cual si fuera el resultado de un orden natural—, es en realidad del todo excepcional.
Lo cierto es que la mayoría de los países en el mundo se gobiernan por una democracia iliberal o, derechamente, por una autocracia, donde la democracia tal como la conocemos en nuestro país no tiene cabida. Para peor, nunca como ahora se habían visto tantas naciones en proceso de autocratización (el paso de una democracia a una autocracia), ni tan escasas las que se encuentran en proceso de democratización.
¿Por qué debe importarnos a los chilenos el estado de la democracia en el mundo? En primer lugar, porque lo que sucede allende del mar suele arribar a nuestras costas más temprano que tarde, como ocurrió con la mayoría de los fenómenos políticos mundiales durante el siglo XX, que no tardaron en manifestarse con fuerza en nuestro territorio, con independencia de sus virtudes o beneficios —que en algunos casos escasearon.
En segundo lugar, y esto es lo que debería interesar a las generaciones del futuro, porque la democracia parece ser una condición sine qua non para lograr el desarrollo pleno, sobre todo para las naciones de economías medianas o pequeñas. Existe una indiscutida correlación entre la calidad de sus democracias y los niveles de desarrollo humano que han alcanzado. Las naciones más desarrolladas, la mayoría de ellas occidentales, se gobiernan por sistemas democráticos que se cuentan entre los más avanzados del mundo. Lo contrario también es cierto: las menos desarrolladas casi no conocen la democracia.
Quienes parecen confiar en que un régimen autoritario podría mejorar sus condiciones de vida no deben en esto llamarse a engaño: cuando se quebranta el sistema democrático se debilita fuertemente el desarrollo. En América Latina abundan los ejemplos, pero quizás como ninguno destaca Venezuela, que hace décadas —cuando era el país latinoamericano más desarrollado— perdió su democracia a manos de la revolución chavista y con el tiempo, se empobreció hasta convertir la emigración de sus ciudadanos en una vía para sobrevivir.
Es cierto que el régimen democrático está siendo desafiado por nuevas realidades que impactan con fuerza sobre la gobernabilidad y sobre su eficacia para gestionarlas oportunamente. Es cierto también que la democracia es la víctima favorita de la polarización gestada por el uso intensivo de las redes sociales —cuyos algoritmos rentabilizan con ella—. Pero ni por un instante los ciudadanos deberían considerar seriamente la alternativa del autoritarismo. El bien más preciado de nosotros los chilenos, nunca debiéramos olvidarlo, es nuestra democracia —y la libertad que le es inherente—, que aunque imperfecta es la segunda mejor clasificada en América Latina, según V-Dem, y una de los mejores 25 del mundo. Debemos cuidarla como hueso de santo, perfeccionarla desde luego, y en modo alguno desmerecerla, o peor aún, contribuir a depreciarla. (El Mercurio)
Eduardo Frei
Expresidente de la República
Claudio Hohmann
Exministro de Estado
