La ética en política-Álvaro Góngora

La ética en política-Álvaro Góngora

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Hace tiempo hay desinterés manifiesto por la política y no tiene explicación clara. Varias opiniones negativas surgen en conversaciones cotidianas. Se refieren a la conducta de parlamentarios incapaces de entenderse y lograr acuerdos, demostrando intransigencia o menoscabo a priori por los planteamientos de adversarios. Se atribuye a legisladores sin formación y experiencia, con actitudes triviales, planteando cuestiones insustanciales o apoyando proyectos inapropiados, pero efectistas, develando mayor interés por la popularidad que reflexionar con sensatez sobre propuestas de mayor trascendencia. Incluso se cuestiona la falta de respeto de autoridades de distinta naturaleza por la investidura del cargo que detentan.

De instituciones centrales y regionales dependen los buenos resultados de la administración y la integridad de sus actuaciones, máxime de los cargos de mayor graduación —poderes Ejecutivo y Legislativo, gobernadores y alcaldes—, porque disponen de autonomía para adoptar decisiones relevantes. Existe una bibliografía coincidente en sostener que la política requiere formación valórica, principios éticos, gravitantes en la moralidad de los gobernantes. Para Aristóteles, la fórmula ética y política propicia el bien común.

Una disciplina que aborda la moralidad de los actos humanos es ética aplicada o “de la responsabilidad”, al decir de Weber: un desempeño razonable, con diligencia, honestidad, madurez y sentido del deber. Hay exigencia, pues, el bien común se concreta en actos que se deciden, y ella aporta discernimiento para proceder criteriosamente. Pero conocemos conductas políticas extraviadas que generan desconfianza: discusiones nada importantes, fondos desviados, tráfico de influencias, visiones ideológicas estrictas en materias de bien común, varios etc.

No tan lejano, hubo un período —años 90 y algo más— en que predominó una cultura política diferente. Prevalecieron las convicciones, el entendimiento, respeto y actuaciones políticas que engrandecieron al país, donde no existió este ambiente ciudadano receloso de autoridades sin distinción. Una noción injusta de ser tan general. Pero es que impera la idea de que existe desinterés por esta disciplina o menosprecio, por falta de vocación política y más atracción por una carrera que lleve al poder, o porque priman compromisos ideológicos o de partidos.

¿Cómo recuperar el significado positivo de la política, esa confianza? Es factible según tratadistas, fortaleciendo las convicciones, hábitos y valores. Diferentes medios públicos debieran concienciar; también auténticos políticos y personalidades nacionales. Nada se saca de abogar, con tono engreído, por una mejor democracia. Importante es contar con un sistema político que evite la fragmentación, con mayores exigencias que cualifiquen a quienes optan a cargos de representación y, pensando en el largo plazo, haciendo prioridad del Estado una educación pública de calidad, comenzando desde el ciclo básico con una formación basal a la altura, consolidada en el ciclo medio. Es la llave que abre puertas al desarrollo social, político y más. Lo remarcan quienes sí saben. (El Mercurio)

Álvaro Góngora