A pocos meses de las elecciones de medio término de noviembre, los demócratas parecen tener viento a favor. Los promedios de las últimas encuestas nacionales los muestran con una ventaja de entre seis y siete puntos en la intención de voto para el Congreso. Conviene, sin embargo, leer el dato completo: en muchas de esas mismas encuestas los votantes siguen confiando más en los republicanos para manejar la economía y la inmigración. No es, entonces, una ventaja de ideas, sino de ánimo. Si la economía fuera suficiente para explicar el fenómeno, bastaría con observar el crecimiento, el empleo o la inversión. Pero esos indicadores, por sí solos, no alcanzan para entender el clima político actual. Hay algo más profundo que las cifras: una emoción antigua que reaparece una y otra vez cuando encuentra quien la convierta en un programa político.

Parte de la respuesta es trivial: en Estados Unidos las elecciones de medio término casi siempre castigan al partido del presidente. Pero debajo de esa mecánica hay una corriente más honda y más antigua, que conviene nombrar sin eufemismos: la envidia.

La envidia es un sentimiento humano universal. Probablemente tuvo alguna utilidad evolutiva —vigilar que nadie acumulara de más a costa del grupo pudo ser, en su momento, una forma de cohesión—. Durante cientos de miles de años vivimos en grupos pequeños donde la envidia existía, pero donde también todos se conocían. Y ese conocimiento mutuo operaba como control. Al envidioso que pretendía vivir a costa de otro —con la excusa de que tenía menos, o menos suerte, o menos capacidad— se lo identificaba: se lo ponía a trabajar o se lo apartaba. Acotada así, la envidia rara vez hacía estragos. El sociólogo Helmut Schoeck, en su clásico Envy: A Theory of Social Behavior, mostró precisamente cómo toda comunidad pequeña desarrolló mecanismos para contener al envidioso, porque sin ese freno la cooperación se vuelve imposible.

El problema aparece cuando pasamos a vivir en sociedades grandes y anónimas. La envidia no desaparece; se transforma. En la masa, el resentimiento de algunos se contagia y se vuelve enojo colectivo. Pero ahora falta el freno. No conocemos a quienes propagan dogmas alimentados por la envidia, pero también por la pereza y por el deseo de vivir del trabajo ajeno, y por eso no podemos identificarlos ni acotarlos como antes. El envidioso anónimo, bien presentado, ya no es apartado: es citado. Y sus dogmas, a diferencia de la envidia personal de la aldea, sí hacen estragos económicos.

Esos dogmas tienen nombre. La idea de que la desigualdad es el mal supremo —el relato de Thomas Piketty y de Mariana Mazzucato—; la consigna de que paguen “solo los ricos”; la noción de que hay que castigar la inversión y el ahorro como si fueran pecados. Son ideas que se presentan con ropaje técnico y moral, pero que en su raíz apelan a un sentimiento mucho más viejo. El problema aparece cuando la política deja de crear riqueza y comienza a repartir resentimientos. Convencer a un hombre de que otro es la causa de sus dificultades suele ser mucho más fácil que ayudarlo a prosperar. La envidia deja entonces de ser una debilidad humana para convertirse en un instrumento de poder.

No es casual, además, que muchos de sus principales predicadores rara vez vivan conforme a las reglas que proponen para los demás. Bernie Sanders pasó décadas denunciando a “los millonarios” hasta convertirse él mismo en uno, dueño de varias propiedades. Nada hay de reprochable en ello: una sociedad libre debería permitir precisamente que cualquiera prospere. Lo paradójico es convertir la riqueza en una falta moral cuando pertenece a otros y en un derecho perfectamente legítimo cuando es propia. Resulta igualmente ilustrativo un episodio de su juventud: según relata Kate Daloz en We Are As Gods, en el verano de 1971 Sanders visitó la comuna hippie de Myrtle Hill, en Vermont, y mientras los demás se deslomaban trabajando la tierra, él dedicaba el día a la “interminable discusión política”, hasta que la comuna le pidió que se fuera. Aquella pequeña comunidad hizo exactamente lo que describe Schoeck: identificó al que hablaba en lugar de trabajar y lo apartó.

Elizabeth Warren ha construido su carrera denunciando a las élites económicas, pero su biografía cuenta otra historia. Mientras era profesora en Harvard —donde llegó a cobrar cerca de 430.000 dólares anuales por dictar dos cursos—, ganó casi dos millones de dólares como consultora de corporaciones y firmas financieras, a 675 dólares la hora, incluyendo a Dow Chemical y a la aseguradora Travelers: exactamente el tipo de clientes que hoy vilipendia desde la tribuna. Su campaña presidencial, montada sobre la denuncia de “los ricos y poderosos”, gastó 871.000 dólares en jets privados en 2019 —el mismo año en que aseguraba volar “mayormente en clase comercial”—, y quedó para la posteridad el video en que, al bajar de uno en Iowa y advertir una cámara, intenta esconderse detrás de un asistente. Alexandria Ocasio-Cortez, por su parte, terminó simbolizando la contradicción al asistir a la exclusiva Gala del Met —cuya entrada supera los treinta mil dólares— con un vestido que proclamaba “Tax the Rich”. El problema no es que prosperen o vivan bien; sería absurdo reprochárselo. El problema aparece cuando el éxito deja de ser condenable si es propio, pero continúa siendo sospechoso cuando pertenece al vecino. La envidia funciona mucho mejor cuando quien la promueve consigue presentarse no como un resentido, sino como un benefactor moral. Así, un sentimiento profundamente humano adquiere apariencia de virtud pública y termina convertido en programa político.

Y no deberíamos dejarnos engañar por ese mecanismo. Deberíamos poder ver la realidad como es, y no a través de dogmas cuidadosamente empaquetados.

Porque cuando uno mira los datos, el dogma se resquebraja. En The Myth of American Inequality, Phil Gramm, Robert Ekelund y John Early muestran que las estadísticas oficiales exageran groseramente la desigualdad: la Oficina del Censo de Estados Unidos no cuenta como ingreso la enorme masa de transferencias —cupones de alimentos, Medicaid y Medicare— que reciben los hogares de menores ingresos, ni descuenta los impuestos que pagan los de mayores ingresos. Corregido eso, la brecha medida se reduce aproximadamente a una cuarta parte de la que proclama el relato. Buena parte de la “desigualdad explosiva” que alimenta la indignación es, lisa y llanamente, un artefacto estadístico.

El laboratorio en vivo de todo esto es hoy Nueva York. En enero asumió como alcalde Zohran Mamdani, socialista democrático, con un programa que constituye casi un catálogo de la política de la envidia: congelamiento de alquileres, transporte público gratuito, cuidado infantil universal, todo financiado con mayores impuestos sobre quienes invierten y producen. Suena generoso. La economía, sin embargo, es implacable: congelar alquileres no crea viviendas, las hace escasear; castigar al capital no lo redistribuye, lo ahuyenta. No hace falta esperar el resultado: Argentina ya corrió ese experimento. Su ley de alquileres de 2020, dictada para “proteger al inquilino”, desplomó la oferta y disparó los precios, hasta que su derogación a fines de 2023 produjo exactamente lo contrario: la oferta se multiplicó y los precios reales cayeron. Nueva York está por hacer lo que Argentina acaba de deshacer.

Y el fenómeno ya no es de personajes aislados: tiene organización, sede y carnet. Los Socialistas Democráticos de América (DSA), el partido-movimiento al que pertenecen Mamdani y Ocasio-Cortez y que impulsó las candidaturas de Sanders, anunció el pasado 4 de julio haber superado los 120.000 afiliados, convirtiéndose en la mayor organización socialista de la historia de Estados Unidos —más grande que el partido de Eugene Debs en su apogeo de 1912—. Su membresía se duplicó en apenas año y medio, y sus candidatos vienen de ganar primarias demócratas en Nueva York, Pensilvania y Colorado, con una alcaldía socialista en camino en Washington D.C. Hace una década eran seis mil militantes testimoniales; hoy son la fuerza ascendente dentro del Partido Demócrata. La envidia, que en la aldea era un sentimiento individual contenido por la mirada de todos, tiene ahora aparato, finanzas y estrategia electoral. Eso es exactamente lo que significa que haya perdido su freno.

Hay aquí una dificultad humana que conviene reconocer con honestidad. Seguir a la moda es fácil; trazar el propio camino es peligroso. Evolutivamente, seguir al grupo era más seguro que arriesgarse a la disidencia, y por eso las ideas de moda se propagan con tanta facilidad. Pero quienes se dan cuenta tienen una obligación: ver la realidad y nombrar las cosas por su nombre, no por cómo se las percibe ni por cómo conviene llamarlas.

La importancia de nombrar bien excede a la economía. En el Reino Unido, durante años, la explotación y violación organizada de menores por bandas fue suavizada bajo el rótulo de “grooming gangs”, un eufemismo que ocultaba violaciones sistemáticas de niñas. Hicieron falta investigaciones oficiales y voces incómodas para volver a llamar a las cosas por su nombre. Es un terreno distinto del económico, pero la lección es idéntica: cuando el lenguaje reemplaza a la realidad, el daño se multiplica.

Chile no es inmune; al contrario, es quizás el caso más ilustrativo. El mismo dispositivo —la envidia bien presentada como justicia— alimentó el relato de la desigualdad que acompañó al estallido de 2019 y al proyecto refundacional que los chilenos terminaron rechazando. La consigna “no son 30 pesos, son 30 años” condenaba, precisamente, las tres décadas en que el país sacó de la pobreza a millones como pocos en la región: el período de mayor progreso material de su historia quedó reescrito como agravio. Es la operación que describe Schoeck llevada a escala nacional: el resentimiento de algunos, amplificado por voceros que nadie podía identificar ni acotar, convertido en dogma colectivo. Y como en el resto de los casos, buena parte de quienes predicaban la refundación desde la superioridad moral pertenecían a la élite educada y acomodada que decía combatir.

Los chilenos frenaron ese proyecto en las urnas, dos veces, y la elección de José Antonio Kast confirmó el giro. Pero sería un error creer que la derrota electoral disuelve la emoción: la aldea contenía al envidioso con el conocimiento mutuo; la sociedad moderna solo puede contenerlo con instituciones. Reglas que eliminen la discrecionalidad, protección constitucional del derecho de propiedad, disciplina fiscal que no dependa del humor del gobernante de turno: ese es el equivalente contemporáneo del freno que la comunidad pequeña ejercía cara a cara. La tarea de quienes ven con claridad no es negar los problemas reales —que existen—, sino impedir que el dogma envidioso los secuestre y blindar, con reglas, aquello que la envidia siempre buscará expropiar: el crecimiento, la inversión, el trabajo y el mérito.

La ventaja demócrata de noviembre puede ser pasajera. La emoción que la alimenta no lo es. Mientras la envidia siga presentándose como compasión, la redistribución como justicia y el resentimiento como virtud, seguirá encontrando nuevos portavoces. La verdadera disputa nunca fue entre ricos y pobres, sino entre una cultura que admira el mérito y otra que sospecha de él. Comprender ese mecanismo es indispensable para defender una sociedad libre. Y el primer paso consiste, simplemente, en volver a llamar a las cosas por su verdadero nombre. (El Líbero)

Eleonora Urrutia