Con motivo de la captura de Nicolás Maduro, Donald Trump hizo referencia a la Doctrina Monroe, de más de doscientos años de antigüedad, y realizó el siguiente comentario: “La hemos superado ampliamente, de verdad ampliamente. Ahora la llaman la ‘Doctrina Donroe’”. Precisando luego que “el dominio de Estados Unidos en el hemisferio occidental nunca más volverá a ser cuestionado”.
Trump aludía a la doctrina de política exterior que se originó en la declaración del Presidente James Monroe en diciembre de 1823, según la cual cualquier intento por parte de una potencia europea de “extender su sistema a cualquier parte de este hemisferio” debía considerarse “peligroso para nuestra paz y nuestra seguridad”. Esto también se aplicaba a los nuevos Estados latinoamericanos: cualquier intento de oprimirlos o controlarlos sería considerado “una actitud hostil hacia los Estados Unidos”.
Esta doctrina, en esencia defensiva, recibió a comienzos del siglo XX una interpretación más agresiva e intervencionista a través del llamado Corolario Roosevelt. Como lo formuló el Presidente Theodore Roosevelt en diciembre de 1904, Estados Unidos tenía derecho a intervenir en los asuntos internos de otros Estados americanos cuando existiera un “mal funcionamiento crónico, o una impotencia que conduzca a una disolución general de los vínculos de una sociedad civilizada”. En tales casos, la aplicación de la doctrina Monroe obligaría a los Estados Unidos a “ejercer un poder de policía internacional”.
La nueva doctrina de política exterior estadounidense fue resumida por el mismo Roosevelt en la máxima “speak softly and carry a big stick, you will go far”(“habla suavemente y lleva un gran garrote, así llegarás lejos”). Fue esta interpretación de la Doctrina Monroe la que guio la “diplomacia de la cañonera” (gunboat diplomacy) estadounidense en Centroamérica y que -aunque hoy de forma mucho más estridente- capta un componente esencial de la Doctrina Donroe.
Sin embargo, esta va mucho más allá. El derecho de intervención no se limita a países caóticos o a Estados donde la libertad esté amenazada y se violen los derechos humanos, como en el caso de Venezuela, sino que se extiende a cualquier lugar del hemisferio donde se considere que los intereses políticos, económicos o geoestratégicos de Estados Unidos así lo exigen. America First se aplica plenamente también en política exterior.
En este contexto, Trump ha mencionado a Panamá -con la amenaza de “recuperar” el Canal de Panamá-, así como, entre otros, a Colombia y Cuba. También Groenlandia ha sido mencionada reiteradamente y de manera cada vez más imperativa y amenazante, a pesar de que una anexión estadounidense de Groenlandia pondría en peligro toda la cooperación dentro de la OTAN. Ante ello, Trump ha dejado claro que apoderarse de la gran isla danesa tiene prioridad ante cualquier eventual futuro de la alianza militar atlántica.
Comprender plenamente esta dimensión de la Doctrina Donroe es crucial. Bajo el liderazgo de Trump, Estados Unidos está dejando atrás los principios y las instituciones que se forjaron durante la Guerra Fría, cuando la OTAN fue creada y desempeñó un papel central. Se trataba entonces de una confrontación global entre dos superpotencias que representaban dos sistemas sociales diametralmente opuestos: el capitalismo democrático y el comunismo. Que los motivos ideológicos a menudo sirvieran de cobertura para otro tipo de intereses fue algo evidente, pero el conflicto giraba en última instancia en torno a dos visiones del mundo mutuamente hostiles con aspiraciones hegemónicas globales.
En ese sentido, la Guerra Fría recordaba a las antiguas guerras de religión europeas, que finalmente -tras conflictos apocalípticos que devastaron gran parte de Europa Central- condujeron a la Paz de Westfalia de 1648. Esta sentó las bases de un orden mundial europeo basado en el principio de la no intervención mutua en los asuntos internos. Cada gran potencia europea tenía, en función de su fuerza, una esfera de influencia que las demás respetaban mientras se mantuviera la correlación de fuerzas.
La Doctrina Donroe aspira a un orden global “postideológico” similar, en el que varias superpotencias se reparten el mundo y se abstienen de intervenir en los asuntos internos de las demás, en particular en cuanto se refiere a los sistemas sociales que representan. En términos claros, esto significa que, de acuerdo a la actual correlación de fuerzas, Estados Unidos reclama el derecho a dominar todo el hemisferio occidental, incluida Groenlandia; que China obtiene el derecho a dominar Asia Oriental, incluida Taiwán; y que Rusia hace lo propio con su entorno de Europa oriental, incluida, entre otras regiones, el este de Ucrania.
En este orden neowestfaliano, Estados Unidos se bastaría en principio con su propia fuerza, mientras que la OTAN aparece como un actor cada vez más obsoleto: un vestigio del pasado que Estados Unidos no está dispuesto ni a priorizar ni a financiar, y mucho menos a permitir que obstaculice sus aspiraciones hegemónicas hemisféricas.
Para la Europa democrática la cuestión es absolutamente decisiva y al respecto reina en la actualidad un gran desconcierto que a veces linda en el pánico. De manera sorpresiva tanto la Unión Europea como otros Estados democráticos europeos se ven obligados a asumir plena responsabilidad y pagar por su propia seguridad, sin que haya existido una preparación ya sea mental o material para hacerlo. Esto obliga a repensar Europa en función del nuevo orden mundial planteándose seriamente la pregunta acerca de cómo la Europa democrática puede sobrevivir atrapada entre una Rusia agresiva con amplia capacidad nuclear y unos Estados Unidos cada vez más distantes e indiferentes.
Desde esta perspectiva, parece no existir otra vía que no sea la drástica profundización de la cooperación intraeuropea apuntando hacia la formación de los Estados Unidos de Europa con una capacidad de defensa geoestratégica propia, incluido un paraguas nuclear independiente del estadounidense. En un orden mundial dominado por superpotencias, resulta difícil ver otra alternativa realista para la Europa democrática que convertirse, basada en sus propias fuerzas, en un actor de ese calibre.
Para América Latina el desafío no es menor. Volver a ser “el patio trasero” -“backyard”, término despectivo que parecía en desuso, pero reutilizado por el ministro de Defensa estadounidense Pete Hegseth ya en mayo de 2025- de la gran potencia norteamericana, sometido a los designios poco predecibles de Washington, es un futuro poco envidiable.
La hegemonía estadounidense no es, por cierto, nada nuevo en la historia latinoamericana y ha dado pie a diversas respuestas con consecuencias de gran calado. La historia de México -resumida en gran parte en el dicho “pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”- nos da muchos ejemplos de ello. Un caso paradigmático en América del Sur es la disputa entre Brasil y Argentina por la supremacía regional durante y después de la Segunda Guerra Mundial, de la cual Brasil salió victorioso al alinearse decididamente con Estados Unidos. En la actualidad se perfila un desarrollo exactamente inverso, con la Argentina de Milei perfilándose como el principal aliado de Estados Unidos en la región lo que para Chile es una variable de capital importancia, no menos en términos geoestratégicos.
Un aspecto central es esta perspectiva será la respuesta al hegemonismo estadounidense del principal socio comercial de nuestro país, China, cuya creciente presencia en la región ha sido reiteradamente definida como una amenaza por los representantes de Estados Unidos. Ante ello, el vocero del ministerio de Relaciones Exteriores chino, Guo Jiakun, declaró tajantemente a mediados del año pasado: “El continente americano no es el patio trasero de nadie”.
Este contexto pone a Chile en una posición delicada. No es tiempo de bravuconadas ni de darse gustitos personales, sino de ser profundamente conscientes de la pequeñez y vulnerabilidad de nuestra embarcación en este mar cada vez más turbulento en el que estamos navegando. Tal vez, nuestra divisa hoy podría ser una paráfrasis del dicho ya citado de Theodore Roosevelt: “Habla suavemente y lleva una gran dosis de pragmatismo, así llegarás lejos”. (El Líbero)
Mauricio Rojas