En 2016 -tres años antes del estallido social- el Reporte de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas posicionó a Chile en la primera posición entre los países de América Latina -liderazgo que por lo demás ha tenido invariablemente en ese importante estudio que elabora recurrentemente el PNUD-. Lo que interesa destacar aquí es que hace diez años nuestro país se posicionaba apenas dos posiciones por debajo de Polonia y superaba a un país de la comunidad europea como Portugal.
Esos resultados mostraban inequívocamente el progreso alcanzado en el período que ahora conocemos como los “30 años” -que fueron en realidad 24 si se suman los cuatros gobiernos de la Concertación, más los primeros de Bachelet y Piñera-. De acuerdo al PNUD el país estaba al nivel de naciones que se localizan en el corazón de Europa, que se benefician de su proximidad a los centros de consumo y de la industria del turismo más avanzada en el mundo, y, todavía más, del ahorro externo que ha nutrido generosamente sus presupuestos públicos a niveles que serían inalcanzables para nosotros (en el caso de Portugal se expresa en una deuda pública del orden del 100% de su PIB, más del doble de la nuestra, a tasas de interés de menos de la mitad de la que pagamos aquí).
Pero nada de eso le hacía sentido a quienes creían por esos días que Chile requería cambios profundos y urgentes. “Desiguales” -un trabajo del PNUD chileno publicado en 2016-, que mostró una significativa baja de la desigualdad en el país, no produjo mayor efecto en la izquierda. La consigna “la desigualdad más grande del mundo” era más fuerte y extraordinariamente eficaz desde el punto de vista comunicacional. Por cierto, la había hecho suya buena parte de la dirigencia progresista/concertacionista.
Fue entonces que se fundaron las bases del discurso refundacional que iba a impulsar la estrategia política de la nueva izquierda y del octubrismo al poder (este último a la mayoría de la Convención Constituyente). El estallido social, muchos lo creyeron, no habría sido otra cosa que la demostración palmaria de un país que no se parecía en nada a aquel que lideraba en materia económica y social en la región. El progreso que la mayoría de los indicadores mostraban era una para algunos nada más que una ilusión óptica de los sectores autocomplacientes que habrían profundizado el neoliberalismo durante los gobiernos concertacionistas.
Pero lo cierto es que transcurrida una década Chile ha retrocedido en el ranking de desarrollo humano antes referido. Polonia se nos ha alejado -ahora está una decena de posiciones más arriba-, y Portugal nos supera con largueza. Son las lastimosas consecuencias de las ideas que se impusieron desde el movimiento estudiantil de 2011 en adelante, recogidas en buena parte por el segundo gobierno de Michelle Bachelet, que imaginaron que los chilenos habitábamos en un país abusado y desigual como pocos en el mundo, y que lo que cabía entonces era refundarlo de raíz.
Hasta que los grupos medios acudieron a las urnas en septiembre de 2022, instados por el voto obligatorio, para rechazar sonoramente la propuesta refundacional de la Convención Constitucional. Fue el momento cuando se vino abajo la visión del país fallido que se había proclamado hasta la saciedad en la década pasada. La mayoría de los electores sabían más de lo que supuso la nueva élite progresista y prefería cuidar lo que Chile había construido laboriosamente durante los “30 años”. Valoraba el progreso y no parecía dispuesta a cancelarlo en aras de la refundación.
El triunfo de la derecha en la elección presidencial de diciembre pasado comparte esas motivaciones. Una mayoría de los chilenos desea recuperar el sueño de la prosperidad que los grupos medios avizoraron cuando salieron de la pobreza para gozar de los bienes de la modernidad. Quieren más, no menos. Incomprensiblemente, el progresismo y la izquierda le entregaron a sus adversarios políticos las banderas del crecimiento y la movilidad social, renegando de ellas desde que dieron por superada a la Concertación y apostaron por la refundación-.
Debido a esa insensatez el país perdió un tiempo precioso en el camino hacia el desarrollo pleno. Fue una década perdida sobre todo para los chilenos más vulnerables y para los jóvenes que iniciaron en estos años sus vidas laborales y profesionales. La que viene podría ser, debiera ser, el período de luces que suele suceder al estancamiento y a la desesperanza, que por momentos pareció que se alojarían sin remedio entre nosotros. (El Líbero)
Claudio Hohmann