Desde las trabas impuestas al camarón ecuatoriano hasta la búsqueda de capitales chinos, el viaje del presidente Daniel Noboa puede parecer una muestra de pragmatismo. Sin embargo, también deja al descubierto una debilidad fundamental de la política exterior ecuatoriana: sabe cómo congraciarse con Beijing, pero no necesariamente cómo negociar con él.
Una visita con resultados modestos
El presidente Daniel Noboa realizó una visita de Estado a China entre el 16 y el 23 de agosto. Se reunió con Xi Jinping, con el primer ministro Li Qiang y con otras autoridades, llevando una agenda que incluía ampliar las exportaciones de camarón, banano, cacao y café, además de atraer inversiones en energía, minería y tecnología.
Durante el viaje se suscribieron varios acuerdos y China anunció cerca de 42,7 millones de dólares en cooperación no reembolsable. Sobre el papel, el balance parece favorable. Sin embargo, una vez terminada la visita, Noboa sostuvo que la mayoría de las empresas camaroneras afectadas por restricciones ya habían sido rehabilitadas. La Cámara Nacional de Acuacultura precisó después que seis continuaban impedidas de exportar al mercado chino.
La diferencia no es menor. Obliga a preguntar cuánto trajo realmente Noboa en compromisos verificables y cuántas de las promesas quedaron envueltas en el lenguaje protocolar que suele acompañar estas cumbres.
Formado en Estados Unidos, pero sin leer la rivalidad entre las potencias
Noboa nació en Estados Unidos y estudió en instituciones como New York University, Northwestern, Harvard y George Washington University. Con semejante trayectoria, difícilmente podría ignorar que la relación entre Washington y Beijing ya no funciona bajo la antigua fórmula de separar el comercio de la competencia estratégica.
Ecuador no tiene por qué escoger mecánicamente entre Estados Unidos y China. Tampoco sería sensato renunciar a un mercado tan importante como el chino. El problema es otro: Noboa parece seguir mirando a China como si fuera un socio comercial convencional al que bastara ofrecer amistad para obtener compras, créditos e infraestructura.
Durante la reunión, Xi Jinping pidió que ambos países se respaldaran en asuntos relacionados con sus respectivos “intereses fundamentales”. No fue una cortesía diplomática. Es la expresión utilizada por Beijing para vincular la cooperación económica con la adhesión política en materias que considera sensibles.
Si Noboa sólo ve mercados y financiamiento, pero no calcula el precio político que acompaña esas palabras, está administrando la diplomacia como si dirigiera una ronda de negocios.
Mucha cercanía con China, poco conocimiento de China
Es posible que en el entorno de Noboa existan personas partidarias de estrechar relaciones con Beijing. Pero ser cercano a China no equivale a comprenderla. Conocer realmente al régimen supone entender su estructura de poder, sus restricciones económicas y la brecha que suele separar los anuncios de su capacidad efectiva para cumplirlos.
China enfrenta una prolongada crisis inmobiliaria, debilidad del consumo interno, desempleo juvenil, endeudamiento de los gobiernos locales y un deterioro demográfico cada vez más difícil de ocultar. Al mismo tiempo, las purgas dentro del Partido, el Estado y las Fuerzas Armadas muestran un sistema sometido a fuertes tensiones internas.
No es posible confirmar desde el exterior si Xi Jinping ya está preparando formalmente un cuarto mandato. Pero la concentración del poder, la eliminación de potenciales contrapesos y la creciente parálisis burocrática indican que la sucesión política ha dejado de ser un asunto institucionalmente previsible.
Esto no significa que China haya dejado de invertir en el extranjero. Significa que sus recursos son ahora más selectivos y se orientan hacia minerales críticos, energía, vehículos eléctricos, infraestructura digital y otros sectores de valor estratégico. La época en que Beijing podía financiar indiscriminadamente grandes obras latinoamericanas ha quedado atrás.
Si Ecuador no ofrece proyectos que China considere prioritarios y que, al mismo tiempo, protejan los intereses nacionales ecuatorianos, esperar grandes inversiones sólo en nombre de la amistad equivale a negociar con un libreto antiguo frente a una China que ya cambió de escenario.
La obediencia no genera beneficios adicionales
La política internacional no funciona como un intercambio de afectos, sino como un cálculo de intereses. Para Beijing, un país que se declara amistoso, guarda silencio en los temas sensibles y depende fuertemente del mercado chino no necesita ser cortejado con concesiones adicionales. Si Ecuador no tiene otra alternativa, ¿por qué China debería mejorar su oferta?
Ahí reside la principal contradicción de la estrategia de Noboa. Uno de los objetivos centrales de su viaje fue solicitar el levantamiento de las restricciones impuestas a empresas camaroneras ecuatorianas. En otras palabras, Ecuador sufrió primero una medida china y luego su presidente viajó a Beijing para pedir la recuperación de las condiciones comerciales que ya tenía.
Si el resultado consistió apenas en recuperar parcialmente el acceso anterior, cuesta presentarlo como un gran triunfo diplomático.
En Chile se dice que la guagua que no llora no mama. En las relaciones internacionales ocurre algo parecido. La amistad incondicional no constituye una carta de negociación: es un activo que la contraparte ya tiene en el bolsillo.
La lección panameña
La experiencia reciente de Panamá ofrece un contraste que Ecuador debería estudiar. Cuando Beijing exigió al gobierno panameño “corregir sus errores” e intentó presionarlo a propósito de una decisión judicial sobre dos puertos cercanos al Canal, la Cancillería panameña respondió públicamente que China debía respetar la Constitución y la independencia de sus tribunales.
Beijing reaccionó endureciendo las inspecciones a buques de bandera panameña. En mayo, alrededor de 140 embarcaciones llegaron a ser retenidas o demoradas en puertos chinos. Panamá soportó la presión, protestó y abrió negociaciones. En julio, la cifra había bajado a 16, mientras China terminaba reconociendo que la controversia portuaria correspondía a los tribunales y al arbitraje, no a una imposición entre gobiernos.
Panamá pagó inicialmente un costo, pero consiguió que Beijing entendiera que no estaba tratando con un subordinado. Esa firmeza construyó mayor capacidad negociadora que una sucesión de declaraciones sobre la amistad bilateral.
Ecuador no necesita fabricar conflictos ni utilizar el tema de Taiwán como una provocación oportunista. Sí puede exigir transparencia ante cualquier restricción comercial, defender la reciprocidad y mantener posiciones propias sobre la paz en el Estrecho de Taiwán, la independencia judicial y la soberanía nacional.
Una postura semejante elevaría el costo de ignorar a Ecuador y, al mismo tiempo, demostraría a Washington que Quito puede ser un socio con principios y valor estratégico, no un gobierno que cambia de dirección siguiendo el flujo del dinero.
La fuerza de un país pequeño está en sus alternativas
Ecuador no necesita una política antichina. Necesita abandonar la expectativa de que la buena voluntad de Beijing resolverá por sí sola sus problemas comerciales y financieros. Debe diversificar sus exportaciones hacia Estados Unidos, Europa, Japón, Corea del Sur y el Sudeste Asiático, crear mercados alternativos para el camarón y someter toda inversión extranjera a los mismos estándares ambientales, laborales, financieros y de seguridad nacional.
Un país pequeño no puede modificar la competencia entre las grandes potencias, pero sí puede decidir si posee algo por lo cual ambas deban competir.
El error de Noboa no fue viajar a Beijing. Fue permitir que Beijing llegara a la conclusión de que, independientemente de lo que China ofreciera, Ecuador terminaría llamando a su puerta.
El valor de la diplomacia no se mide por una fotografía estrechando la mano de Xi Jinping. Se mide por la capacidad de hacer comprender a la contraparte que Ecuador tiene otros mercados, otros socios y, sobre todo, la facultad de decir que no.
Cuando un país renuncia a sus alternativas, no pierde solamente pedidos de camarón. Pierde también su precio.
Andrés Liang
Analista en política internacional y relaciones Asia-Latinoamérica
