Ha sido provechoso el debate generado a raíz de la propuesta de reforma constitucional del gobierno para crear un nuevo estado de excepción, con poderes extraordinarios para el presidente de la República y sin control del Congreso. Permitió encender las alarmas respecto de la necesidad de impedir que se desnaturalicen los fundamentos del orden democrático que el país empezó a construir a partir del plebiscito de octubre de 1988. 

El gobierno de Kast se equivocó gravemente al propiciar tal reforma, y se justifican plenamente las voces críticas surgidas tanto desde las filas de la oposición como del propio oficialismo. La política de seguridad no puede debilitar las garantías constitucionales. La batalla contra el crimen organizado, contra el terrorismo o cualquiera otra forma de acción que erosione la legalidad, debe darse dentro del Estado democrático. Y no se divisa la necesidad de crear un nuevo estado de excepción, cuando el camino realista podría ser el perfeccionamiento del actual estado de emergencia. 

El paso en falso dado por La Moneda confirmó que existe una corriente de derecha en Chile que se siente interpretada o, por lo menos, política y afectivamente cercana, de las experiencias de Trump, Milei, Bukele y otros, que se inscriben en las concepciones de la llamada “democracia iliberal”, esto es, la peculiar forma de socavamiento de la democracia desde dentro de las instituciones, con gobernantes elegidos mediante el sufragio universal y que cumplen aproximadamente con las reglas de la competencia, pero que luego ejercen el poder de un modo que anula de hecho la división de poderes, desconoce los derechos de la minoría, lesiona las garantías constitucionales e instala la arbitrariedad como método.

El húngaro Víctor Orbán, derrotado hace poco, era considerado el ejemplo más representativo de la corriente iliberal, pero Donald Trump lo convirtió en un aficionado.

Hay que valorar que hoy sea muy amplia entre nosotros la voluntad de proteger los fundamentos de la democracia liberal. No estaba tan claro hace apenas 4 años. En los días finales de agosto de 2022, era enorme la inquietud nacional acerca de lo que podría pasar en el plebiscito constitucional del 4 de septiembre. No hemos olvidado que el propio presidente de la República hizo suyo el proyecto de Constitución aprobado por todas las corrientes de izquierda en la Convención, y que fue apoyado con entusiasmo por la expresidenta Bachelet.

En aquella encrucijada, fue toda una experiencia didáctica ver cómo se separaban las aguas y cómo se alineaban las fuerzas políticas. Recordamos que muchos que se autodefinen como progresistas cerraron los ojos y llamaron a saltar al vacío. Vimos cuánta liviandad y cuánto oportunismo político hubo entonces, por ejemplo, entre los antiguos aliados de Ricardo Lagos Escobar, que estuvieron dispuestos a falsear la historia con tal de ganarse el favor de Boric, elegido dentro de las normas de la Constitución que llevaba, y sigue llevando, la firma del gran presidente que fue Lagos.

Todos los parlamentarios del PS, del PPD, de la DC y del partido Radical llamaron a aprobar la Constitución “iliberal” de la Convención, no obstante que segmentaba a Chile en tantas naciones como etnias, dividía racialmente al electorado, anulaba de hecho la noción de ciudadano, validaba el pluralismo judicial, etc. No fue tan extraño. Fue la consecuencia de la turbia actitud que mantuvieron al alentar el “parlamentarismo de facto”, promover el derrumbe del sistema previsional por la vía del retiro de fondos, usar las acusaciones constitucionales para crear una crisis política y, lo más grave, asumir una posición cómplice frente a la violencia en los días de la más devastadora agresión a nuestra convivencia, en octubre de 2019

Aquella revuelta mostró sin caretas a todas las fuerzas políticas, y dejó al descubierto que la deslealtad con la democracia puede extenderse rápidamente cuando esta se queda sin defensores decididos y sin complejos. Como es obvio, el calificativo de “iliberal” se queda corto para referirse a quienes siguen reverenciando la dictadura cubana.

Para que el debate en curso contribuya al fortalecimiento de la democracia es obligatorio reconocer que las amenazas iliberales pueden ser de derecha o de izquierda, y corresponde mantenerlas a raya a ambas. Ello exige reconocer que las más graves de los años recientes vinieron desde la izquierda.

Necesitamos estar alertas. Al extravío de izquierda vivido por el país no puede seguirle ahora un extravío de derecha, entendiendo por extravío las diversas expresiones de integrismo ideológico, la actitud arrogante de poseer toda la verdad, el delirio refundacional, las viejas y nuevas formas del autoritarismo. Tenemos que defender la sociedad abierta a brazo partido. (Ex Ante)

Sergio Muñoz Riveros