Uno de los grandes misterios de la política chilena lo constituye la existencia, o inexistencia, de una derecha liberal. Y a él le sigue la incógnita de si los liberales de derecha, supuesto que los haya, se incorporarán al gabinete del futuro Presidente.
¿Cuáles son los principios de una derecha liberal? Responder esta pregunta puede ayudar a dilucidar el misterio y resolver la incógnita.
Si bien quienes dicen pertenecer a ese sector han sido más o menos mezquinos a la hora de darlos a conocer (nunca se había visto políticos más pudorosos cuando de ideas se trata) hay algunos que parecen obvios y sin adherir a los cuales el adjetivo liberal pierde todo sentido. El primero de todos lo constituye el respeto irrestricto por la autonomía o la esfera de autogobierno personal en materias tan relevantes como la moral sexual, o el inicio y el fin de la vida. Desde este punto de vista, un liberal debiera ser proclive a una razonable entrega de información en cuestiones de sexualidad en los programas escolares; no debiera tener injerencia, ni pretender tenerla, en la intimidad ajena; debiera esmerarse por conferir igualdad desde el punto de vista público a todas las formas de vida, incluidas las minoritarias (y especialmente las minoritarias); debiera, en fin, ser partidario de permitir el aborto al menos en las causales ya establecidas (y resistirse entonces a cambiarlas) y, desde luego, apoyar firmemente la eutanasia, la posibilidad de que cada uno pueda contar, para cuando la vida se haga dolorosa e insoportable a extremos indecibles, con una puerta de escape; y debiera, en fin, alertar de que en una sociedad decente las reglas no deben abandonarse nunca aunque el miedo, atizado por las noticias del día a día, se expanda.
No parece haber en Chile una derecha que endose, sin mayores restricciones, esos principios.
No lo parece. Y si la hubiera es poco probable que pudiera incorporarse al futuro gobierno del Presidente José Antonio Kast quien, como todos saben, rechaza esos principios, y si bien ha sostenido que no promoverá iniciativas inspiradas en ellos (puesto que, en su opinión, el suyo debe ser un gobierno de emergencia, una emergencia cuyas bases fácticas a la luz de la reducción de la pobreza y los indicadores económicos hay que poner en duda) es difícil imaginar a un liberal dando sustento a quien niega lo que él apoya y que constituye su supuesta identidad. No es imaginable (o lo es, pero constituiría una inconsistencia insalvable) un área técnica, como Obras Públicas, servida por alguien que se dice liberal, en medio de un gabinete donde él o la ministra de Educación son partidarios de omitir la educación sexual o transformarla en un esfuerzo normalizador. Algo así no sería simplemente comprensible. O el Ministerio de Transportes servido por alguien que se declare, o hasta ahora haya presumido, ser liberal, en un gabinete donde el Ministerio de la Mujer se reduzca a promover acciones asistenciales en vez de inducir cambios en la división sexual del trabajo.
Y así.
La conclusión de todo lo anterior es bastante sencilla: o en Chile hay liberales de derecha y entonces el gobierno de José Antonio Kast no contará con ellos; o quienes dicen serlo se incorporarán al gobierno y desmentirán, así, su propia definición.
El resultado de todo esto es bastante obvio y probará algo que todos saben con solo mirar el panorama político. Desde que cayó la dictadura hasta hoy, uno de los grandes déficits de la cultura política chilena es la ausencia de una derecha genuinamente liberal. Ha habido una derecha de origen gremialista, que aspira a conciliar el orden de mercado con un marcado conservadurismo (de la que de algún modo es heredero José Antonio Kast); una derecha nacionalista (que con componentes libertarios representa Johannes Kaiser); una derecha de marcado tinte plutocrático y tecnocrático (como es el caso de Renovación Nacional). Pero en medio de ese panorama no existe una derecha liberal, una derecha sin sentido de clase, convencida del valor moral de la meritocracia, crítica de veras de las ventajas de cuna, comprometida con la autonomía personal y el más amplio debate en la esfera de la cultura, consciente además de que las libertades se hacen sal y agua si nada material es capaz de sostenerlas, motivo por el cual un liberal de esa índole entra en rápido diálogo con la socialdemocracia.
Por eso será difícil ver en el gabinete del futuro Presidente José Antonio Kast a integrantes de la que presume ser una derecha liberal; aunque los liberales que pudieran sumarse (dando cuenta de cuán descafeinada es su convicción) ya cuentan para hacerlo con el pretexto (pretexto que los datos de estos días sobre la pobreza desmienten) de que ello se debe a la emergencia en que, en este tiempo, se vive. (El Mercurio)
Carlos Peña



