Aunque sin credenciales como crítica de cine, recomiendo no perderse la película “Imperdonable”, en Netflix. Además de la impecable actuación de Sandra Bullock, el guion permite visibilizar algo que normalmente aparece difuminado por la dificultad que tenemos, como sociedad, de mirar lo aparentemente malo o feo. Es cierto, el delito es horrible y las cárceles también. Pero detrás de ambos subyacen dramáticos problemas sociales como el que acabó con Ruth asesinando a un policía.

“Imperdonable” nombra un fenómeno real. Un paso por la cárcel es un camino sin salida, incluso después de cumplida la condena. No hubo perdón para Ruth: sus víctimas la persiguieron sin clemencia; quien debía acompañarla en su proceso de reinserción le recordaba permanentemente su condición de criminal, su hermana fue entregada en adopción y le negaban el derecho de reencontrarse con ella. Un castigo, como sucede también hoy en Chile, especialmente con las mujeres, y que no termina con el cumplimiento de la condena. A veces incluso comienza.

Llama la atención que el debate sobre la delincuencia, una de las preocupaciones permanentes de los chilenos, no penetre hacia la esencia del problema de la delincuencia femenina. Digo femenina porque son delitos menores, de hurto o microtráfico, asociados principalmente a pobreza, marginalidad, experiencias de violencia familiar y sexual, abandono de sus parejas y responsabilidad exclusiva sobre los hijos. Una mujer que entra a la cárcel a cumplir una condena “corta”, tres a cinco años por un delito menor, significa, en promedio, tres hijos que permanecen a la deriva, mal cuidados y con serio riesgo de convertirse también ellos en delincuentes.

En Chile hay aproximadamente 45 mil personas privadas de libertad; de ellas, poco más de tres mil son mujeres. Un número no significativo, pero de enorme repercusión social. La evidencia internacional ha demostrado que la inserción es posible, especialmente si la persona ha desarrollado un vínculo significativo con alguien, tal vez la primera persona que en su vida le otorga valor y esperanza. Los programas implementados hasta hoy no han dado los resultados esperados, justamente porque no consideran el desarrollo de ese vínculo ni cuentan con trabajo intrapenitenciario y luego pospenitenciario que permita seguir cultivando el contacto.

Las mujeres abandonan los penales a las 12 de la noche de su último día de condena. Más pobres, desconectadas, culposas, deben asumir los costos económicos y familiares del abandono de sus hijos. Afuera las espera probablemente la misma persona que la llevó a la cárcel ofreciéndole un nuevo paquete de droga para vender.

Con la contribución del Estado y de la sociedad civil apoyando a las instituciones que han logrado éxito en la inserción de mujeres, el problema tendría solución. En 2018, el Banco Interamericano de Desarrollo, en convenio con Gendarmería y el BancoEstado, contrató a la Corporación Abriendo Puertas para realizar un proyecto piloto de reinserción, financiando capacitación en empleabilidad y en microemprendimiento. Más de 100 mujeres se beneficiaron durante seis meses antes de su egreso y ocho meses después de salir en libertad. Además se les otorgó un capital semilla y un crédito. Todas han pagado, y ninguna ha regresado al penal. Hay otras experiencias de empleabilidad excepcionales. Días atrás, una exinterna recibió el premio como “operaria estrella” en la empresa textil que la recibió acompañada por Abriendo Puertas.

Sin embargo, aún el Estado no puede contratar a personas que han estado privadas de libertad y tampoco contribuye al financiamiento de las instituciones sin fines de lucro que trabajan voluntariamente cumpliendo una función que compete a la institucionalidad pública. Este es un llamado a una sensibilización que “Imperdonable” debiera convertir en acción. Es evidente que más cárceles no impiden la delincuencia femenina y causan un problema social mayor que el que se pretende remediar. Las rejas no clausuran un debate público urgente. (El Mercurio)

Ana María Stuven